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CULTURA
El favor de las telenovelas
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - La
telenovela, sobre todo en su temprano horario
nocturno, sigue siendo el principal entretenimiento
del cubano. Yo diría que el único,
por no mencionar otros que vienen del Génesis.
Y digo sigue siendo, porque la novela radial ya
lo era durante los años anteriores a 1959,
principalmente en Cuba, donde existía una
buena cantidad de emisoras, por encima de algunos
países de América Latina.
En 1933 Cuba se situaba en el segundo lugar,
después de Estados Unidos, con cerca de
setenta radioemisoras, las que atrapaban a la
tele audiencia con excelentes adaptaciones dramatizadas
de grandes obras de la literatura universal.
Contábamos, además con buenos escritores
que dejaron profundas huellas en nuestra sociedad,
como por ejemplo, Félix B. Caignet, con
su novela El derecho de nacer.
Hoy, muchos en el Instituto de Radio y Televisión
alegan que esta institución carece de dramatizados
que reflejen los conflictos sociales actuales
de Cuba. Muy cierto. En casi medio siglo de castrismo
jamás hemos visto como protagonista de
una novela cubana a una mujer blanca en amores
con un negro. Ni siquiera se tocó durante
décadas el tema de las relaciones entre
homosexuales y bisexuales, como sucede en la reciente
novela La cara oculta de la luna, escrita por
Freddy Domínguez.
La televisión cubana ha representado desde
su fundación la única vía
gratuita de esparcimiento en nuestras casas, a
pesar de tabúes y prejuicios donde encaja
también la falta de libertad, consecuencia
de patrones impuestos por quienes la dirigen.
Mucho tenemos que agradecer a las telenovelas
extranjeras, más que a los discursos que
se han robado el mayor tiempo de su existencia
y de la nuestra.
Agradecerle es poco, diría cualquiera.
Aquella novela mexicana nombrada Gotita de Gente,
melodrama de los años ochenta, superfluo,
de factura barata y sentimentaloide, que fue capaz
de paralizar al país durante meses, a pesar
de que nuestra población ya estaba alfabetizada,
nos hizo descubrir esa palabra que se ha expandido
como la verdolaga porque gusta a todos: merolico.
Desde entonces, el régimen cubano se empeña
en evitar que proliferen los merolicos en el país.
O sea, personas que a espaldas de los impuestos,
inspecciones, multas, y jugándose hasta
la cárcel, insisten en tener su negocio
propio porque ¡quieren ser merolicos!
¿Y qué me dicen de esa otra palabrita
tan sonada como la anterior, que nos dejó
como legado la telenovela brasileña Vale
todo, que es nada menos y nada más que
paladares, restaurantes privados instalados en
la propia sala de una casa?
En 1990 surgieron los paladares en Cuba. Pese
a que el gobierno ha ido cerrándolos poco
a poco, molesto por la forma en que estos restaurantes
con un máximo de doce sillas prosperan
más que cualquiera de los estatales, aún
existen de forma discreta vendiendo cajitas de
comida bien elaborada y a precios populares.
En estos momentos el canal 6 de la televisión
cubana transmite Cabocla, producción brasileña
escrita a principios del siglo pasado, que ridiculiza
el autoritarismo patriarcal de los coroneles y
la sumisión e ignorancia de las masas.
El mensaje que ofrece a los cubanos esta novela
es muy interesante. En un país donde precisamente
mandan generales y coroneles, los que pagan el
jornal con vales que no sirven ni siquiera para
comprar en sus propias tiendas recaudadoras de
divisas, cualquiera puede descubrir fácilmente
lo absurdas que resultan las políticas
tiránicas, ya sean en el viejo Brasil,
como la que sufrimos a flor de piel los cubanos.
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