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REPRESION
No
te olvidaremos, Nelson
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Nelson
Rodríguez Leyva nació en la provincia
Villa Clara el 19 de julio de 1943, y fue fusilado
en 1971 en la fortaleza habanera de La Cabaña
por intentar el secuestro de un avión (ver
nota ), en busca de libertad.
En 1964, adolescente aún, el afamado escritor
Virgilio Piñera le publicó su libro
de cuentos El regalo, en ediciones R; 3
mil 200 ejemplares fueron convertidos en pulpa
de papel seis años más tarde, por
orden expresa del gobierno cubano.
La noche de su muerte no le dieron tiempo a mirar
por última vez las estrellas, a ver editado
el libro de poemas que preparaba, a escribir una
carta de despedida a la mujer amada, tal vez nombrada
Elena Parente, a quien dedicó su libro
de cuentos. Ni siquiera pudo tener una defensa
eficaz en el juicio. Lo mataron así, de
pronto, con una ráfaga de balas que rechinaron
sobre el paredón, mientras el poeta, con
las manos atadas y los ojos vendados, pensaba
en la crueldad de los hombres.
Cuando el pelotón de fusilamiento recibió
la orden de: Apunten, ¡fuego!, no sabía
que mataban el corazón de un poeta, de
un artista de gran sensibilidad y talento.
Alguien que fue su amigo me dice que Nelson
era un joven apuesto, elegante, de fuerte personalidad,
e inconforme. Un buen samaritano muy sincero,
sentimental, y reacio a las órdenes de
disciplina.
En los breves relatos de El regalo, tan
breves como su vida misma, el elemento más
recurrente es su propia muerte, demasiado temprana,
la que gravita como una obsesión entre
sus páginas. ¿Acaso la presentía,
temeroso del tiempo, de la vejez?
Le siguen y sobresalen el mundo subconsciente
de su infancia, enlazado con lo fantástico,
su imagen, que se le escapa del espejo, la angustia,
la pasión por todo lo que ama.
En su obra literaria en ciernes no aparece para
nada la llamada Revolución Cubana. Ni siquiera
la menciona, como si presintiera el joven creador
que esa Revolución lo llevaría al
cadalso.
Nelson Rodríguez Leyva, a los 20 años,
ya era un excelente aprendiz de este género
literario más antiguo que Cristo. Es posible
que sus inspiradores fueran Kafka o Jorge Luis
Borges y por eso nada tiene que envidiarle a la
principal cuentística del antiguo Oriente,
tampoco al realismo mágico de Isabel Allende,
porque se le adelantó a la autora de La
casa de los espíritus. Su buena carga de
poesía en la atmósfera de sus narraciones,
su hondo pensamiento de adolescente precoz, son
sus mejores virtudes, sus dones más preciados;
todo lo supo utilizar para así mezclar
lo real con lo sobrenatural. En su cuento titulado
Pesadilla, dice:
"Según iba subiendo la escalera,
me notaba más pesado. A cada peldaño
que debía vencer era una parte de mi esfuerzo
que escapaba inútilmente. Las piernas se
tendían hacia los escalones como plomos
colgados de una soga. Y sentía que todo
mi cuerpo era atraído por la fuerza de
la gravitación. Los temores no se alejaron
de mí, sino que, al contrario, obraron
más ímpetu, pareciendo que perdería
la razón si no lograba encontrarme. Las
manos adheridas a los huesos, como engomadas,
me daban miedo y no podía olvidar que yo
estaba muerto. Caminé frente al espejo.
En vano busqué mi rostro".
"Ya he perdido gran parte de la piel del
pecho; y con temor contemplo el orificio de bala
en mi corazón. Con más intensidad
que antes siento que mi cuerpo arde, o lo que
queda del mismo, y ese dolor punzante me crea
un vacío en el cual vago, y noto que camino
sin moverme. Miro mis manos. Ya no queda nada
excepto los huesos. No me acostumbro a la idea
de estar muerto".
Seguramente la Unión de Escritores y Artistas
de Cuba no pidió clemencia para el creador
Nelson Rodríguez Leiva. Transcurría
el largo y lamentable tiempo de Nadie escuchaba.
Durante la guerra de los mambises en el siglo
XIX, el Mayor General José Maceo habría
intercedido en su defensa. Cuando uno de sus bravos
subalternos situó a la banda de músicos
en un lugar riesgoso, José Maceo exclamó,
molesto: "Si usted o yo morimos, nada importaría:
se corre el escalafón y nos sustituyen
fácilmente; pero si muere un artista, no
podríamos hacer lo mismo ".
La vida de este artista a nadie importó.
Su mayor pecado, mientras sufría el totalitarismo
castrista, fue sentirse dueño de sus decisiones.
El, que sólo era romántico y a veces
lloraba, cometió un error: usar la fuerza
que no poseía realmente en pos de la libertad,
pero mayor error fue haberlo matarlo aquella noche
de 1971, durante el apogeo del estalinismo en
Cuba.
El otro día, cuando tomé su libro
entre mis manos, salvado del holocausto por manos
generosas, aún con sus páginas blancas
y limpias, como recién salido de la imprenta,
sentí una gran angustia, un raro dolor.
Su destino fue morir, pensé; el mío,
a pesar de haber sentido una vez mi muerte en
un paredón de fusilamiento, fue seguir
aquí, para que un día, mientras
un sol inmenso y hermoso de abril pudiera asomarse
por entre los framboyanes de mi calle, yo abriera
la puerta de mi casa para recibir de manos de
un amigo el libro de Nelson, con su portada color
naranja, igual que el sol de esa tarde y las impresionantes
palabras que aparecen en uno de sus relatos:
"Me doy cuenta de que soy levantado en peso.
Ya no oigo nada. Debe ser por lo hermético
de mi encierro. Sé que dentro de un rato
todo habrá pasado, y acabará con
unas paletadas de tierra. Era bueno, dirán".
O esas otras que escribió tal vez como
epitafio: "Ahora sí estoy convencido
que me queda poco. Y por tanto deseo dejar un
recuerdo. No quiero que me olviden".
NOTA
DE LA REDACCION
En el primer párrafo: "por
intentar el secuestro de un avión", es preciso
aclarar que se trataba de una avioneta de fumigación,
y no de un avión comercial.
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