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CULTURA
Vientos huracanados
Aleaga Pesant
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) -
En medio de las turbulencias de la sucesión
y de la transición a la democracia, la
mirada reflexiva que la sociedad lanza sobre los
soportes de la dictadura del proletariado, y precedido
por la revuelta de los emails, se presenta en
el teatro Hubert de Blanck, Vientos huracanados,
de Julio Cid.
Como referencia, el propio Julio Cid nos dice
en las notas al programa: "De ciclones está
llena la historia de esta isla, su literatura,
su teatro, su cultura. Los vientos huracanados
nos azotan desde tiempos inmemoriales. Estos que
azotan en mi obra son esos, los que derrumban
árboles y hacen volar ventanas y los otros,
los que ponen en crisis a la familia, los que
laceran la sociedad, los que condenan o mutilan".
Al mejor estilo de Brecht, la tragicomedia con
tintes costumbristas y referencias de la cotidianeidad,
logra mantener sin estridencias el equilibrio
y la línea dramática. Recrea símbolos
y contextos para mostrarnos, quizás a la
ligera unas veces, o con profundidad extremas
en otras, el escenario en que nos movemos.
La intolerancia racial, la homofobia, el machismo,
el hambre y la decrepitud, son pinceladas de nuestra
tragedia, que desfilan por el escenario de Calzada
entre A y B, en el Vedado, sin lograr desmerecernos.
Aun así, consiguen tejer una historia de
amor íntimo y creíble, de una martirizada
familia cubana, llena de encuentro y desencuentros
diarios, de pasados y futuros.
Vientos huracanados es un fresco valiente, sobre
nuestras vidas y sus tormentas. Es un poco ese
estado casi natural del cubano, con el choteo
a cuesta, para poder salvarse de los huracanes
y las tragedias. Maruja, sus hijos Aníbal
y Gerardo, si nuera Zulema y su nieta Salomé,
se ven atrapados en la centrífuga de una
tormenta que pone en peligro a cada momento los
cimientos de su peculiar familia, y los remueve,
en ese momento crucial, tal vez para poner en
orden ciertas cosas.
Hay en la obra, como dice el escritor, referencias
más o menos claras a obras y dramaturgos
cubanos muy conocidos. No será difícil
encontrar en situaciones, personajes y atmósferas
alusiones a los grandes del teatro cubano Virgilio
Piñera, Héctor Quintero, Abelardo
Estorino, Nicolás Dorr o Alberto Pedro.
Vientos es, además, una vuelta al costumbrismo,
la historia y a la familia. Para ello el escritor
nos trae de regreso fenómenos que son pasado
y presente, que dejaron y dejan huellas muy dolorosas
en la vida de nuestros contemporáneos.
Como las "cartas amarillas" para los
militares que combatían en África
o para los artistas que fueron "parametrados"
por la homofobia y la intolerancia. Es necesario
entonces recordar. Sobre todo porque no podemos
permitir que sigan sucediendo, porque alguna deuda
hay con los afectados por esos ciclones, porque
recordar y reconocer será el primer paso
de la nación para perdonar.
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