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POLITICA
Adornar
el cementerio
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Oscar
Niemeyer quiere cambiarle la fisonomía
a un adefesio. Pretende matizar el lenguaje de
las ruinas con un rapto de modernidad. Desde lejos
observa el cementerio y elucubra una fórmula
para que el influjo de la muerte no tenga el don
de la ubicuidad.
Él confía en una complementación
sólo alcanzable con el poder del ilusionismo.
En los próximos años desea que en
las pupilas de coterráneos y forasteros
no sólo aparezcan los edificios en plena
agonía, las cuarterías rindiéndole
culto al desastre, los balcones a punto del colapso
y los ventanales como anfitriones de la decadencia.
Traza en el mapa arquitectónico de La
Habana un monumento, un teatro, un museo, entre
otras obras que intenta concluir antes que se
detenga su reloj biológico.
A sus 99 años, el afamado arquitecto
brasilero se implica en uno de sus últimos
proyectos. Desde sus estudios en Río de
Janeiro sueña con quitarle vigencia al
verdadero legado del comunismo en la isla.
Las familias que habitan en tugurios, pródigos
en humedades y grietas, quizás constituyan
mentiras de la propaganda imperialista. El ruido
del súbito desplome de algún edificio,
acontecimiento muy natural en el ambiente capitalino,
podría ser una suerte de resonancia más
cercana a los misterios del arte que a la tragedia
pura y dura.
Así es Cuba, para los nostálgicos
de la dictadura del proletariado, el centralismo
democrático y la igualdad de clases.
Niemeyer es un bolchevique a ultranza, por eso
Cuba es el espejo donde acude para ver, en tiempo
real, la utopía. Aplaude el casi medio
siglo de dictadura, insta a mantener el ideario
que realza la retórica de la confrontación,
legitima el descontrol interno, multiplica la
debacle en todas las áreas y pone la mordaza
y la fusta como símbolos imperecederos
de la patria.
Solo atina a observar la "resistencia del
pueblo" frente al enemigo externo. Dentro
de su ángulo visual no aparecen las calamidades
aumentadas por las políticas que conducen
a la anarquía y a otros afluentes de la
catástrofe.
Yo vivo en las catacumbas. Me aprendí
de memoria las lecciones silentes de los escombros,
el grito de dolor de numerosas familias que no
saben, hace mucho tiempo, lo que es una casa.
Su vida se consume en la promiscuidad de un albergue,
bajo el estigma de las ansiedades y los demonios
de una miseria avasalladora.
Morir aplastado por la fractura de un techo
consumido por la falta de mantenimiento y la longevidad,
es sencillamente una posibilidad en cualquiera
de los municipios de la capital. Miramar, Cubanacán,
entran en el terreno de las excepciones.
Los regidores del cementerio se encuentran a
salvo. Las muertes en estos espacios son por causas
ajenas a la indigencia.
Ver salir a un grupo de niños de un solar
de la Habana Vieja, deja una sensación
que excede a la tristeza. Son como cadáveres
que salen del sepulcro, cuerpos de donde parten
voces, sonrisas y también angustias petrificadas
por la costumbre de ser un huésped de la
desventura.
Ellos, junto a su parentela, forman parte de
los cientos de miles de candidatos a morir de
un certero derrumbe.
Son, sin quererlo, peones de un ajedrez hecho
a la medida del poder absoluto. Aquí no
hay margen para el empate, ni dilaciones propias
del sosiego. Solo derrotas sazonadas con el abandono.
Vigas para demorar el derrumbe, parches para
engañar la erosión, un pedazo de
tabla con comején que suplante las persianas.
Toda la parafernalia que prodiga el infortunio.
Oscar Niemeyer no tiene tiempo para tales nimiedades.
Ya tiene el esbozo de las edificaciones que tratarán
de cambiar el aspecto de La Habana.
Deben ser arduos sus esfuerzos por hacer de
una necrópolis un lugar acogedor y que
invite a pensar en el futuro. Aquí, en
intramuros, el pasado es un retrato gris de actualidad.
Hay quien preconiza que la involución
cobrará un ritmo más intenso. No
sé, pero si se concreta tal dinámica,
muy pronto no habrá ni sepultureros.
Antes de concluir valga una aclaración.
Lo de bolchevique tiene su basamento en dos asuntos
que despejan el camino a los incrédulos.
Niemeyer es un simpatizante del líder de
la "revolución" cubana y entre
sus proyectos engavetados figura un edificio para
la embajada de Brasil en Cuba que imitan la hoz
y el martillo. ¡Solavaya!
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