PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 4, 2007

POLITICA
Adornar el cementerio

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Oscar Niemeyer quiere cambiarle la fisonomía a un adefesio. Pretende matizar el lenguaje de las ruinas con un rapto de modernidad. Desde lejos observa el cementerio y elucubra una fórmula para que el influjo de la muerte no tenga el don de la ubicuidad.

Él confía en una complementación sólo alcanzable con el poder del ilusionismo. En los próximos años desea que en las pupilas de coterráneos y forasteros no sólo aparezcan los edificios en plena agonía, las cuarterías rindiéndole culto al desastre, los balcones a punto del colapso y los ventanales como anfitriones de la decadencia.

Traza en el mapa arquitectónico de La Habana un monumento, un teatro, un museo, entre otras obras que intenta concluir antes que se detenga su reloj biológico.

A sus 99 años, el afamado arquitecto brasilero se implica en uno de sus últimos proyectos. Desde sus estudios en Río de Janeiro sueña con quitarle vigencia al verdadero legado del comunismo en la isla.

Las familias que habitan en tugurios, pródigos en humedades y grietas, quizás constituyan mentiras de la propaganda imperialista. El ruido del súbito desplome de algún edificio, acontecimiento muy natural en el ambiente capitalino, podría ser una suerte de resonancia más cercana a los misterios del arte que a la tragedia pura y dura.

Así es Cuba, para los nostálgicos de la dictadura del proletariado, el centralismo democrático y la igualdad de clases.

Niemeyer es un bolchevique a ultranza, por eso Cuba es el espejo donde acude para ver, en tiempo real, la utopía. Aplaude el casi medio siglo de dictadura, insta a mantener el ideario que realza la retórica de la confrontación, legitima el descontrol interno, multiplica la debacle en todas las áreas y pone la mordaza y la fusta como símbolos imperecederos de la patria.

Solo atina a observar la "resistencia del pueblo" frente al enemigo externo. Dentro de su ángulo visual no aparecen las calamidades aumentadas por las políticas que conducen a la anarquía y a otros afluentes de la catástrofe.

Yo vivo en las catacumbas. Me aprendí de memoria las lecciones silentes de los escombros, el grito de dolor de numerosas familias que no saben, hace mucho tiempo, lo que es una casa. Su vida se consume en la promiscuidad de un albergue, bajo el estigma de las ansiedades y los demonios de una miseria avasalladora.

Morir aplastado por la fractura de un techo consumido por la falta de mantenimiento y la longevidad, es sencillamente una posibilidad en cualquiera de los municipios de la capital. Miramar, Cubanacán, entran en el terreno de las excepciones.

Los regidores del cementerio se encuentran a salvo. Las muertes en estos espacios son por causas ajenas a la indigencia.

Ver salir a un grupo de niños de un solar de la Habana Vieja, deja una sensación que excede a la tristeza. Son como cadáveres que salen del sepulcro, cuerpos de donde parten voces, sonrisas y también angustias petrificadas por la costumbre de ser un huésped de la desventura.

Ellos, junto a su parentela, forman parte de los cientos de miles de candidatos a morir de un certero derrumbe.

Son, sin quererlo, peones de un ajedrez hecho a la medida del poder absoluto. Aquí no hay margen para el empate, ni dilaciones propias del sosiego. Solo derrotas sazonadas con el abandono.

Vigas para demorar el derrumbe, parches para engañar la erosión, un pedazo de tabla con comején que suplante las persianas. Toda la parafernalia que prodiga el infortunio.

Oscar Niemeyer no tiene tiempo para tales nimiedades. Ya tiene el esbozo de las edificaciones que tratarán de cambiar el aspecto de La Habana.

Deben ser arduos sus esfuerzos por hacer de una necrópolis un lugar acogedor y que invite a pensar en el futuro. Aquí, en intramuros, el pasado es un retrato gris de actualidad.

Hay quien preconiza que la involución cobrará un ritmo más intenso. No sé, pero si se concreta tal dinámica, muy pronto no habrá ni sepultureros.

Antes de concluir valga una aclaración. Lo de bolchevique tiene su basamento en dos asuntos que despejan el camino a los incrédulos. Niemeyer es un simpatizante del líder de la "revolución" cubana y entre sus proyectos engavetados figura un edificio para la embajada de Brasil en Cuba que imitan la hoz y el martillo. ¡Solavaya!

 


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