PRENSA INTERNACIONAL
Agosto 31, 2007

El embarque de Oliphant

Nestor Diaz De Villegas, El Nuevo Herald, 31 de agosto de 2007.

La discutida caricatura que apareció en The Washington Post el 22 de agosto pasado muestra una playa y un bote que remonta las olas. En la esquina inferior derecha hay una boya que anuncia las famosas noventa millas. Al fondo, entre brumas, se ven edificios de condominios, quizás la zona conocida como Millionaire's Row en Miami Beach. Es decir: un balneario de lujo, para gente acomodada. Metido en el agua hasta las canillas, el Tío Sam da un empujón al bote, con el fin aparente de mandarlo de vuelta a Cuba.

Entre la mano estirada del Tío y la popa de la nave está escrita la palabra ''shove'' --es decir, ''empujón''-- como para subrayar el gesto. Y el barco que recibe el impulso va cargado de unos personajes grotescos --doce en total: nueve hombres y tres mujeres--, todos vejetes y todos furibundos. Los hombres están vestidos con anticuadas guayaberas y sombreros de pajilla. Las mujeres llevan joyas, tienen los cabellos recogidos en elegantes moños y los labios pintados de rouge. Mientras los unos levantan al aire sus coléricos bastones en señal de protesta, las otras son captadas en el momento de lanzar un improperio. Los rodea un surtido cargamento de maletas y maletines. Se trata, en pocas palabras, de nuestros viejos "batistianos'', los detestables old farts del ''antiguo régimen''. Por estribor, el bote ha sido inscrito (para que no quepa duda) con la mala palabra que identifica a esta clase de gente: Cuban-Americans.

Ofuscado por la petulancia de los intrépidos exiliados, el Tío Sam exclama: ''El señor Obama ha sugerido que ustedes, basuras, viajen libremente a Cuba, ¡y yo creo que es una magnífica idea! ¡Buen viaje!'', mientras que los ancianos argonautas demandan ''una oportunidad de interferir en las elecciones del 2008''. El clásico personajillo que comenta los hechos desde las esquinas de las caricaturas oliphantinas, provee el punch line: "¡Transmitidle mis saludos a Batista!''

El caricaturista es Pat Oliphant y no hay que tomárselo a pecho, ni escribir cartas indignadas a la redacción del Post, porque el hombre es una gloria del arte, y se ha metido siempre, indistintamente, con todo el mundo: desde los chinos hasta los árabes, desde los liberales hasta los republicanos. Más provechoso sería sacar las conclusiones que se desprenden de tan contundente imagen. Yo creo que, aparte de enterarnos de que hay simpatizantes de Castro en el Washington Post --y eso ya lo sabíamos-- la caricatura revela otras claves. La más urgente, para mí, indica que nuestra impopularidad ha llegado a convertirse en un tópico nacional. Somos acusados de reaccionarios y de falsificadores de elecciones. Pero, si nos detenemos un momento a reflexionar sobre estos dos estereotipos, veremos enseguida que en el país adonde nos manda de vuelta Oliphant gobierna una gerontocracia castrense, es decir, la más abyecta encarnación de la reacción, y que es allá, precisamente, donde cada sufragio de los últimos cincuenta años ha sido manipulado y robado por un partido único.

Es crucial entenderlo, porque la perogrullada nos permite observar el simple mecanismo por el que Castro proyecta en nosotros, en el exilio, sus peores crímenes: la esencia del castrismo consiste en incriminar a sus adversarios en los delitos que definen su dictadura. Así acusa a Posada Carriles de terrorista y a Ochoa de narcotraficante. El hecho de encontrarse los cubanoamericanos en un bote en alta mar, es ya la representación del éxodo al negativo, pues lo que está en juego no es la potestad de viajar a Cuba otorgada magnánimamente por Obama y el Tío Sam, sino las vidas de quienes durante cuatro décadas han hecho el recorrido en sentido contrario.

El ''contrasentido'' define tanto la dirección del castrismo como la de la barca de Oliphant: trocar víctimas en verdugos, y verdugos en víctimas; perseguidos en perseguidores, y perseguidores en perseguidos. Podrá negarlo vehementemente, pero queda claro que el castrismo del caricaturista es de alma, pues la conversión consistió siempre en participar de la naturaleza criminal del trueque. Esa nave cubana de los locos que pinta Oliphant es el anti-Mayfair, y uno de los emblemas más acabados del resurgimiento antidemocrático.

Su saludo a Batista, sin embargo, es una caricatura dentro de la caricatura. Todavía se nos asusta con el fantasma de un presidente fallecido hace más de treinta años, y que las tres cuartas partes del exilio nunca conocieron; pero no hay que olvidar que se trata del difunto que goza de mejor salud entre los liberales y que redunda en interés del liberalismo mantenerlo vivo indefinidamente. Como uno de esos relojes que dan campanadas en la Roma de Shakespeare, el Batista de Oliphant es otro conveniente anacronismo: pero es con Fidel y no con Fulgencio que el batistato se ha eternizado.

 



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