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La
adopción de la verdad
Andrés Reynaldo, El
Nuevo Herald, 30 de agosto de 2007.
Puesto que voy a hablar de la disputa legal por
la custodia de la niña de Cuba, no podría
obviar la referencia al caso de Elián González.
Entonces, comienzo por aclarar que aquel fue uno
de esos episodios cubanos que me impiden simpatizar
con cualquiera de sus protagonistas, incluido
el niño. Dicho esto, sigamos adelante.
Era imposible que la batalla por la niña
no se convirtiera en un circo mediático
y político. Por suerte, esta vez los líderes
del exilio no han saltado a envolver a la pequeña
de cuatro años en la bandera norteamericana.
En ese distanciamiento pudiéramos apreciar
un signo de madurez, al menos en lo tocante a
las relaciones públicas. No bajen la guardia:
desde Cuba un experto equipo le da seguimiento
a la noticia, dispuesto a capitalizar el mínimo
de nuestros disparates ante la opinión
nacional e internacional. En esas lides de la
manipulación, ellos son profesionales y
nosotros aficionados.
Como ya se ha repetido, la niña y su hermano
de 13 años fueron adoptados por Joe y María
Cubas, de Coral Gables, después que la
madre, Elena Pérez, intentara suicidarse.
Ante la circunstancia, el padre de la niña,
Rafael Izquierdo, aterrizó en Miami a reclamarla.
Si la justicia lo encuentra apto para hacerse
cargo de ella, los veremos volver a La Habana.
A mi juicio, Rafael lleva las de ganar. Sobre
todo, por la dificultad de probar desde aquí
su desempeño como padre, sin la colaboración
imparcial de las autoridades castristas.
Ahora bien, la prensa local y nacional no debiera
perder esta vez la oportunidad de hacerse las
preguntas pertinentes. De inicio, es obvio que
para Elena sus hijos han sido un descomunal estorbo,
diciéndolo con un giro benévolo.
No es necesario tener un doctorado en sicología
para comprobarlo. Según relató el
varón de 13 años ante una corte
de Miami, las palizas eran habituales y, en ocasiones,
viciosas. Abandonada por su esposo apenas llegar
al aeropuerto, sin familiares que la apoyaran,
Elena tiró la toalla. Tras una discusión
telefónica con el hombre, trató
de suicidarse con un cuchillo de cocina delante
de los chicos. Con ese acto, frente a esos testigos,
dio fe de una insondable desesperación,
así como de su absoluta falta de caridad
materna. Ni siquiera al castigarse pudo evitar
castigarlos.
Puede que Rafael sea un buen hombre. Sin embargo,
no tuvo reparos en dejar a la niña bajo
el fuero de Elena, en caso de que hubiera estado
al tanto de los abusos. Aparentemente, en la medida
de sus posibilidades, trató de sostener
en la distancia unos vínculos filiales
más o menos estables. A nadie escapa que
sus gastos van por cuenta del gobierno cubano,
o de sus clientes, simpatizantes o servidores
en Estados Unidos. Un mediocre conocimiento de
los procedimientos del castrismo permite asegurar
que se halla bajo estricta supervisión
de la Seguridad del Estado en Miami o desde La
Habana, o ambas. Cualquiera que fuera su previa
relación con el régimen, en esta
jornada le toca avanzar en la primera línea
de combate. Nada de esto disminuye su amor de
padre ni sus sagrados derechos. Pero sorprende
que ciertos sectores de la prensa, generalmente
agudos, hayan pasado por alto la exposición
de esa trama. Aunque sea para explorar las vicisitudes
de un hombre triturado por la triple tensión
de recobrar a su hija, no defraudar a sus carceleros
y proteger su futuro y el de sus seres queridos.
Porque si Rafael regresa con las manos vacías
su vida será una no-vida, un limbo social
certificado por el desprecio omnipresente de un
estado totalitario.
Por último, tenemos a Joe y María
Cubas. La adopción es un gesto de solidaridad
que pocos son capaces de concebir. Implica enormes
riesgos y sacrificios no siempre recompensados
con un final feliz. Tanto más cuando se
adopta a niños ya crecidos. Quien tenga
hijos sabe de lo que hablo. Amar, disciplinar
y (seamos sinceros) soportar a nuestras criaturas
exige una particular disposición, no exenta
de matices titánicos. Pienso que las dificultades
de lidiar con los propios han de multiplicarse
con los ajenos. Si en cada padre amante y responsable
hay un héroe, cada padre adoptivo manifiesta
una calidad superior. Además, en medio
del aquelarre, los Cubas han mantenido una elegante
y discreta entereza, avenida con esa noción
hemingwayana de que el coraje consiste en mantener
la gracia ante la adversidad.
Por eso, me parece frívolo que algunos
periodistas arremetan contra Joe Cubas, en particular,
como si fuera el malo de la película. En
ciertas firmas, para mí está clara
la raíz del encarnizamiento: les molesta
tropezar con un pudiente empresario, vestido con
trajes bien cortados y de maneras educadas, en
vez de un chulampín con una camiseta sin
mangas y un medallón de la Caridad del
Cobre ahogándose en un charquito de sudor
entre los pectorales de ayer y la barriga de hoy.
Otros comentadores, demasiado jóvenes o
con demasiada sangre hispana en el clóset
como para ser racistas, se dejan seducir por el
efímero oropel liberal de practicar un
pasatiempo políticamente correcto en Miami:
el tiro al exiliado anticastrista.
En el tumulto de los pasiones humanas, las disquisiciones
legales y unos medios con frecuencia dispuestos
a concederle al exilio anticastrista tan sólo
las folclóricas virtudes de su música
y su cocina, el futuro de una niña se juega
a cara o cruz. Como quiera que caiga la moneda,
nunca sabremos cuánto habrá perdido
en la apuesta.
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