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Obama
en lo cubano
Daniel Morcate, El
Nuevo Herald, 30 de agosto de 2007.
El precandidato presidencial demócrata,
Barack Obama, ha demostrado una gran valentía
al lanzar al centro del debate electoral el espinoso
tema cubano. Con sus recientes declaraciones en
Miami, en una columna de opinión primero
y luego en el auditorio del condado de Miami-Dade,
Obama rompió el silencio que rodeaba el
drama de Cuba en esta primera fase de la contienda
presidencial, especialmente entre los aspirantes
demócratas. Lamentablemente, el senador
por Illinois denotó en sus comentarios
cierta ingenuidad y superficialidad que muchos
cubanos han llegado a asociar con las posturas
tradicionales de los presidenciables demócratas
en las últimas décadas.
No le reconozco a gobierno alguno el derecho
a decidir a dónde pueden viajar sus ciudadanos
ni cuánto dinero pueden gastar en los lugares
que visitan. Un gobierno democráticamente
instituido a lo sumo puede intentar disuadir a
los gobernados de realizar visitas frívolas
a países esclavizados. Pero nunca debería
impedírselo con métodos coercitivos,
salvo tal vez en ciertos casos de guerra declarada.
De modo que mi objeción de fondo a la postura
de Obama no es que favorezca el suavizar las actuales
restricciones en los viajes y envíos a
Cuba que pesan sobre los norteamericanos, incluyendo
aquellos de origen cubano. Más bien le
critico que haya caído en la simpleza de
plantear en términos esencialmente económicos
la posible solución a los complejos males
políticos de la isla.
Obama sostiene que ''el principal medio'' de
que dispone Estados Unidos ''para fomentar un
cambio positivo en Cuba es ayudar al pueblo cubano
a ser menos dependiente del régimen de
Castro''. La afirmación puede debatirse,
pero es fundamentalmente válida. El problema
es que la forma de independencia táctica
para los cubanos que propone Obama es demasiado
estrecha, pues se limita a que puedan recibir
más visitas y dinero de sus familiares
en Estados Unidos. Fuera de la ecuación
el senador demócrata ha dejado, al menos
hasta ahora, el apoyo oficial norteamericano a
los diversos sectores de la isla que se esfuerzan,
en condiciones muy adversas, por revivir una sociedad
civil. Esos sectores incluyen grupos de derechos
humanos, el movimiento de periodistas independientes
y organizaciones políticas a las que la
dictadura desconoce de manera arbitraria.
Si desea articular una política hacia
Cuba sustantiva y coherente, Obama debería
explicar asimismo cómo enfrentaría
el reto del éxodo indetenible de la isla.
Esto es vital porque la dinastía que forjan
los Castro está diseñada para garantizar
un continuismo que con toda certeza impulsará
las salidas de Cuba por cualquier vía posible.
Obama reconoce con acierto que el mismo ''principio
de la libertad'' que trajo a su padre a Estados
Unidos desde Africa anima a muchos cubanos. Pero
debería reconocer también que los
cubanos tienen el mismo derecho a huir de su país
mientras allí reine la opresión,
algo que tácitamente dejaron de admitir
los presidentes Bill Clinton y George W. Bush
cuando aceptaron la interceptación y deportación
de balseros.
Obama podría ser un amigo consecuente
de la libertad de Cuba si se comprometiera a ejercer
liderazgo internacional, en caso de ser electo
presidente, para contener el actual expansionismo
en América Latina de la modalidad castrista
de tiranía y para minar políticamente
la dinastía de los Castro en favor de la
democracia y el pluralismo en la isla.
En la educación ''cubana'' de los candidatos
jugarán un papel determinante los inevitables
asesores. Por eso, en lo que respecta a Cuba,
los aspirantes probablemente serán tan
sensatos, consecuentes y lúcidos como lo
sean sus asesores. Creo que, cuando llegue el
momento de votar, la mayoría de los electores
cubanoamericanos, y muchos otros familiarizados
con la problemática cubana, favorecerán
al candidato que mejor refleje en sus planes de
gobierno los diversos matices de esa problemática.
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