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SOCIEDAD
Absurdo
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Quizás
Rigoberto tenga que tomar clases de corte y costura.
No le queda otro remedio. Hace cerca de un año
que anda tras una bandera de su país y
no acaba de conseguirla.
Va a tener que acudir a la iniciativa individual
por dos cuestiones: La adquisición debe
realizarla a precios de lujo. La enseña
nacional se vende entre 7 y 15 pesos convertibles
de acuerdo a su tamaño en un país
donde el salario promedio apenas llega a 16 unidades
de esta moneda creada para sacar de circulación
al dólar estadounidense.
En la actualidad el dólar continúa
depreciado por decreto oficial, lo que maximiza
el importe a pagar por cada producto. De acuerdo
al 20 % de descuento, 10 dólares equivalen
a 8 pesos convertibles.
Al margen de acotaciones contables, el otro
motivo que impide los deseos del cliente es la
combinación de fintas burocráticas
con la presumible orden policial de abortar la
compra a precios módicos en una institución
del estado, pues Rigoberto es un discreto activista
de los derechos humanos. Una definición
que acerca a sus practicantes a una especie de
limbo existencial donde lo humano pasa al índice
de las materias invisibles.
Milagrosamente, obtuvo la autorización
para adquirir una bandera en los locales de la
Editora Política Abril, donde pudo descubrir
el almacenamiento de cientos de ejemplares. La
orden, por escrito, fue cursada por el Segundo
Secretario del Partido del capitalino municipio
de Regla, donde reside.
Al llegar frente al dependiente, en vez del
producto en cuestión, recibió una
respuesta negativa. El papel firmado por el funcionario
no tenía validez. Los procedimientos habían
cambiado. Ahora la venta era a través de
un cheque expedido por algún centro laboral.
Podría ser parte de un guión humorístico,
el tema principal para un teatro del absurdo,
el perfil de un relato tragicómico, pero
es una historia real que marca la impronta de
una época plagada de hechos que van contra
toda lógica.
Son síntomas de la descomposición
social, pequeños derrumbes que conforman
un panorama de desolación y falta de escrúpulos
en cuanto al respeto al prójimo.
"El barco está escorado y siguen
en la bobería", me dijo hace unos
días un paisano en alusión al desastroso
estado en que se encuentra el país y la
negligencia de los principales dirigentes de la
nomenclatura, anclados en las mismas utopías.
"Apenas queda la proa fuera del agua y
todavía hay quienes cantan victoria",
agregó el ex - marinero convertido en recolector
de botellas, en un tono marcado por la ironía.
Miles de cubanos están convencidos de
su condición de náufragos. Sus vidas
danzan entre los remolinos de las vicisitudes
diarias. Verdaderamente son muy pocos los que
cuentan con flotadores, a prueba de ponches, para
proclamar la salvación.
Los golpes llegan por muchos lados y de mil
maneras. Éste de la bandera, es uno más
para Rigoberto Rodríguez. Una bofetada
silente que factura la burocracia con una precisión
de reloj suizo o quién sabe un puntapié
etéreo de los que con tanta pasión
reparte la policía política.
No sé cual será su próximo
plan para poder ondear una bandera cubana donde
mejor lo estime, pero, es probable que Rigoberto
tenga que optar por soluciones que suelen darse
dentro de los recintos carcelarios donde la economía
de recursos es algo epidémico.
No le quedan más opciones que confeccionarla
con sus propias manos o con las neuronas de su
cerebro. Creo que la última opción
será la más asequible por el momento.
En definitiva el sabe que es prisionero de la
misma cárcel desde donde escribo estas
páginas sobre un acontecimiento que nos
brinda una clara perspectiva del absurdo.
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