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REPRESION
Preso por un chicle
Tania Díaz Castro
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Bajo el
régimen de Fidel Castro la prisión
ha sido el segundo hogar de los cubanos, y son
muchos los que han sido enviados al "tanque",
como se dice en el argot popular, por cualquier
motivo insignificante.
Juventino Díaz, un repatriado que vivía
en calle 27 No. 72 , en el Vedado, cumplió
tres años de prisión porque manifestó
en una cola de la heladería Coppelia que
sólo en el socialismo había que
esperar dos horas para comerse una bola de helado.
En los años sesenta, la popular pareja
de cómicos Los Tadeos conocieron la prisión
cuando, luego de que el gobierno anunciara que
los entierros serían gratuitos en Cuba,
soltaron el chiste de que el colmo de un gobernante
era matar al pueblo de hambre y ofrecerle el entierro
gratis.
Muchos cubanos han ido a prisión por comentar
que se irían clandestinamente del país.
Por estos días tenemos el caso del colega
de la prensa independiente Santiago du Bouchet,
a quien le piden tres años de cárcel,
acusado de robar a una señora un pañuelo
autografiado por Fidel Castro en los años
sesenta.
Por último, está el caso de Yan,
quien a finales de la década del ochenta
estuvo dos días en un calabozo de la policía
por tener un chicle. ¡Sí, un chicle!
Entonces tenía quince años, y me
cuenta que fue preso cuando el jefe de la policía
de su barrio le preguntó de dónde
había sacado el "chicle yanki"
que masticaba.
El chicle, derivado del árbol chicozapoteque
que según descubrimientos arqueológicos,
tiene más de cinco mil años de antigüedad
y sirvió incluso como antiséptico
para tratar infecciones de encías, fue
visto por la nomenclatura castrista como un subversivo
símbolo del enemigo imperialista.
El chicle desapareció del mercado nacional,
así como gran parte de los productos de
primera necesidad, poco después del triunfo
de la revolución. Paradójicamente,
aunque para el gobierno el enemigo siga siendo
el mismo, hoy pueden comprarse chicles en cualquiera
de las tiendas que venden en moneda convertible.
Aquel dichoso chicle, recuerda Yan, fue la prueba
del delito. Un rato antes había compartido
en una casa con unos amigos y un matrimonio francés
le había regalado una caja con doce chicles
marca Adams. Del bolsillo, el policía le
sacó la caja y se la restregó rabioso
por la mejilla, diciéndole: "Yo sé
que andas con extranjeros muchacho, es inútil
que lo niegues".
Yan vive en la zona Micro 10 de Alamar con su
esposa, se ha hecho cristiano y se dedica junto
a su suegro a la pesca particular y venta de pescado
a la gente del barrio. Es un joven de treinta
y cinco años que tuvo la suerte, me dice,
de no haber tenido ningún contacto con
la vida militar; jamás ha tenido que matar
a nadie.
-Gracias a Dios pude escapar de lo más
malo de este país: la guerra en otros países.
Me cuenta que ha visitado la prisión un
montón de veces, pero por boberías.
Insisto en conocer esas boberías y responde:
-La primera vez fue por el chicle, luego por
vender un par de tenis en un parque, unas tijeras,
por tener unas monedas norteamericanas en el bolsillo,
y otras cosas que se me han olvidado. Pero lo
que nunca olvido, créame, es aquel policía
que me pasó con rabia la caja de chicles
por la cara.
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