| Obama
o la sensatez Alejandro
Armengol, El Nuevo Herald, 27 de agosto de 2007. El precandidato
demócrata a la presidencia de Estados Unidos Barack Obama criticó
las restricciones de viajes a Cuba impuestas por el gobierno de George W. Bush
y prometió levantarlas si accede a la Casa Blanca en el 2008. Si bien esta
declaración causó el esperado rechazo de un sector del exilio, y
la correspondiente reacción republicana, no resulta tan importante por
lo que dice, sino por introducir en la contienda electoral el tema de Cuba, más
allá de las citas estereotipadas escuchadas hasta ahora. Una columna
de Obama publicada en The Miami Herald, y su visita a La Pequeña Habana
del sábado, no sólo intensificaron la presencia del tema cubano
en la campaña presidencial: abrieron la puerta para profundizar en un aspecto
que otros candidatos demócratas han preferido mantener en un segundo plano.
Que un comentario sensato como el de Obama despertara furia e inquietud, nos indica
el rumbo perdido por el que ha marchado la política norteamericana respecto
a la situación cubana. El senador por Illinois afirmó que
las limitaciones a los viajes y remesas a Cuba fueron un error ''garrafal'', que
prometió corregir si gana las elecciones. Poco ha influido el hecho
de que la política de gestos de Bush no haya brindado resultados. Sólo
Ronald Reagan supera al actual presidente norteamericano en popularidad entre
un sector del exilio cubano que se ha mantenido fiel al voto republicano. Esto
otorga una singularidad a la campaña electoral por la próxima presidencia.
En una contienda en que todos los candidatos --no sólo los demócratas,
sino también en buena medida los republicanos-- tratan de distanciarse
de Bush, respecto a la estrategia hacia La Habana se ha impuesto la promesa de
continuidad. La posición en favor del embargo y las restricciones
es dominante entre los aspirantes republicanos (en este sentido no hay diferencias
en las posiciones de Rudy Giuliani y John McCain), y si bien los demócratas
presentan ciertos matices, todos se oponen también al levantamiento del
primero. El fin de las restricciones se convierte entonces en el factor clave
que marca la diferencia. Hillary Clinton se opone al fin del embargo ''hasta
que la democracia no eche raíces en la isla''. Por su parte, John Edwards
ha expresado su respaldo a las sanciones ''que ataquen el régimen de Castro''.
Obama también se opone al levantamiento del embargo. Edwards y Obama
son los que se han manifestado más claramente en contra de las restricciones
de los viajes, y ambos han dicho que en un principio están dispuestos a
conversar con los jefes de Estado de Cuba y Venezuela. Sin embargo, Edwards advirtió
que antes de hacerlo se debe adelantar un trabajo diplomático, para que
el encuentro no sea utilizado con fines propagandísticos. Se trata
de una situación en que aparentemente no hay grandes diferencias en lo
que respecta a un enfoque general sobre el régimen de La Habana, sino variaciones
en las actitudes y una voluntad inicial de negociar en algunos que otros no admiten. Estas
''pequeñas'' diferencias adquieren una mayor magnitud cuando se las analiza
dentro de los estrechos límites en que se mueve la situación cubana.
Cualquier desviación de la norma que resulta más cómoda a
los aspirantes a la presidencia (Castro es malo, vamos a hacer todo lo posible
por la libertad de Cuba, etc.) debe ser saludada. El incremento de las limitaciones
a los viajes a Cuba, por parte del gobierno de George W. Bush, no fue más
que el intento de lograr una justificación perfecta: el tratar de hacer
ver que se estaba haciendo algo para derrocar al régimen de Fidel Castro,
ante un electorado y una comunidad que veía pasar los años sin lograr
el menor avance en sus aspiraciones respecto a la isla. Un ejemplo evidente del
empantanamiento en que se encuentra el gobierno norteamericano --y los dos principales
partidos de la nación--, en su enfoque sobre la situación cubana,
es que hasta el momento buena parte del debate político aún gira
en torno a estas medidas. Frente a la nulidad de esta política, la
única respuesta que se ha permitido la llamada ''línea dura'' del
exilio es empeñarse en silenciar las críticas y opiniones contrarias
con un argumento ideológico: quienes promueven el alivio a las restricciones
actúan en favor de Castro o al menos le hacen el juego. No por gusto
este mismo sector del exilio se ha lanzado al ataque de Obama. Al mismo tiempo,
en ese juego de espejos invertidos que caracteriza la situación cubana,
el régimen de La Habana ha salido en su defensa. De pronto, Obama,
con una declaración que le ha dado cierto impulso al tema cubano en la
campaña presidencial, se ha transformado en la figura predilecta para que
otros lo utilicen a la hora de expresar sus tradicionales posturas. Sin
embargo, ni Obama ha hecho una propuesta radical ni se aparta tampoco de un interés
demostrado durante otros gobiernos republicanos y demócratas. Apenas ha
intentado abrir una ventana. Tan acostumbrados estamos a respirar un aire viciado,
que nos ahoga un poco de frescura. |