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¿El
nuevo camino del Mayabeque?
Rafael Del Pino. El Nuevo Herald,
25 de agosto de 2007.
No sé si será por la desesperación
que tienen los cubanos en la isla por salir de
la terrible situación que confrontan o
porque por idiosincrasia no se pueden aguantar
la lengua, pero lo cierto es que no han pasado
muchas semanas desde el último 26 de julio
sin que ya se hayan filtrado algunas de las medidas
de ''reformas'' en las que, según Raúl,
se estaba trabajando.
Se habla que por fin se autorizará libremente
a los cubanos a viajar a cualquier lugar que deseen,
sin necesidad de la famosa tarjeta blanca que
emite el gobierno. Se habla que los cubanos que
viajen podrán salir y regresar a la isla
cada vez que lo deseen sin necesidad de un pasaporte
y una visa y de pagar las altas tarifas que impone
el gobierno cubano a sus ciudadanos. Se habla
que la aberrante ley de que los hijos tengan que
pagar nuevamente al estado la vivienda que poseían
sus padres al fallecer estos será abolida.
Se dice que por fin dejarán de castigar
a los cubanos con multas de miles de pesos por
albergar a algún extranjero en sus viviendas,
que podrán vender o comprar sus viejos
automóviles sin el temor que se les confisquen
y que podrán trasladarse de un lugar a
otro en la isla sin necesidad de permisos ni registros
de direcciones. Se asegura que se liberaran algunos
sectores de la economía minorista. En fin,
que los cambios vienen en camino.
Todo eso me parece muy bien pues en definitiva
significa subsanar algunas de las inmensas injusticias
con que los cubanos han tenido que vivir por décadas.
Pero están todavía lejos de llegar
al corazón de los verdaderos problemas
de la sociedad cubana. El problema fundamental
es que en Cuba desde el comienzo mismo de la revolución
violamos los principios marxistas de la construcción
del socialismo. Cuando a Deng Xiaoping le preguntaron
qué era el comunismo, contestó:
"El comunismo supone el fin de la explotación
del hombre por el hombre y se basa en el principio
de cada cual según su capacidad, a cada
cual según sus necesidades. Pero darle
a cada cual según sus necesidades sólo
es posible con una enorme riqueza material, lo
que exige unas fuerzas productivas muy desarrolladas.
La tarea fundamental en la etapa socialista, previa
a la comunista, es el desarrollo de las fuerzas
productivas. Sin alta eficiencia el elevado ideal
socialista se convierte en un sistema de pobreza
común''. Y ese fue precisamente nuestro
gran error al comenzar la revolución en
1959. Basados en una coyuntura histórica
de la guerra fría pensamos que podíamos
construir el socialismo dependiendo de los generosos
subsidios de la Unión Soviética.
Empleamos una política populista en lugar
de concentrarnos a desarrollar al máximo
las fuerzas productivas y esto, como lo han descubierto
los chinos y los vietnamitas, sólo puede
lograrse con una economía de mercado verdaderamente
libre. Un siglo y medio antes Marx y Engels habían
planteado exactamente lo mismo.
El mismo líder carismático que
hizo posible el triunfo y consolidación
de la revolución cubana le tronchó
su camino al socialismo con su caudillismo. Y
nosotros, los que lo seguimos fielmente en las
victorias iniciales, pensamos que tenía
razón en las luchas posteriores sin percatarnos
que no era lo mismo ganar las guerras que ganar
la paz.
Los dirigentes chinos no quieren una democracia
de corte occidental, pero sí un país
rico y fuerte. Para ello tienen que desarrollar
las fuerzas productivas, creando una economía
de mercado. Los efectos sociales y políticos
de esta última son cada día más
evidentes: surgimiento de nuevas clases sociales,
retroceso de la propiedad pública y de
la planificación económica, amplia
difusión de la educación y las tecnologías
de la información, mayores cotas de libertad
individual. La confluencia de todos estos factores
supone una gran reducción del poder del
Estado, así como el surgimiento de un país
más abierto y plural. Hoy el sistema político
chino no es ya totalitario, sino autoritario.
Un sistema político autoritario proyectado
sobre una economía de mercado cada vez
más difícil de distinguir del capitalismo.
Corea del Sur y Taiwan, al igual que la España
de Franco o el Chile de Pinochet antes de su democratización,
compatibilizaron durante décadas la economía
de mercado y altos ritmos de crecimiento económico
con el autoritarismo político. Corea del
Sur celebró su primera elección
presidencial democrática en 1992 y Taiwan
en 1996. Las rentas per cápita respectivas
en el momento de la transición democrática
eran, en paridad de poder adquisitivo (PPA), de
11,146 dólares en Corea del Sur y de 12,760
dólares en Taiwan. La renta per cápita
de China era, el 2003, de 5,400 dólares
en términos PPA. Las experiencias de estos
países parecen indicar que el desarrollo
económico y la economía de mercado
acaban conduciendo a la democracia.
Puede haber economías de mercado sin democracia,
pero no puede haber democracia sin economía
de mercado. China, al crear esta última,
está poniendo las bases para que un día
pueda haber una democracia en China: clases medias
y burguesía, sociedad civil, más
educación, más información,
mejor conocimiento del mundo exterior. El tiempo
dirá si esta posibilidad se transforma
en realidad, como ocurrió en Taiwan o Corea
del Sur, o si la economía de mercado sigue
coexistiendo con un sistema político autoritario,
como en Singapur o Hong Kong.
La cuarta generación de dirigentes que,
encabezada por Hu Jintao, accedió al poder
en el 2002, tendrá que enfrentarse con
estos temas, y lo sabe. Hu Jintao declaró
el año pasado: ''China está desarrollando
la democracia socialista y ampliará la
participación ordenada de los ciudadanos
en los asuntos políticos''. ¿Qué
ocurrirá cuando la renta per cápita
llegue a los 2,000 o 3,000 dólares? ¿Y
cuando los chinos educados en el extranjero, dentro
de algunos años, lleguen a los órganos
de dirección del gobierno? El paso del
tiempo juega a favor del cambio.
¿Y qué podría pasar si el
nuevo camino de Yenán se junta con el del
Mayabeque?
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