|
CULTURA
En el mercado de los libros
Luis Cino
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) "Madrid
no nos entiende", se lamentó Borges
hace más de seis décadas. Algunos
autores cubanos se quejan hoy de lo mismo que
el escritor bonaerense. Ante las dificultades
para penetrar en el mercado editorial español,
dicen que Madrid no los entiende y tampoco Barcelona.
Para los autores latinoamericanos, los meridianos
editoriales siguen pasando inexorablemente por
Madrid y Barcelona. Las editoriales españolas,
para bien o para mal, obran como los filtros de
la literatura que se hace al sur del Río
Grande.
Varios autores residentes en Cuba triunfan en
España: Pedro Juan Gutiérrez, Ena
Lucía Portela, Leonardo Padura, Abilio
Estévez, Senel Paz.
Sin embargo, un grupo de quejosos de la UNEAC
adoptan poses de aldeanos acomplejados, paranoicos
y resentidos. Pretenden que no les interesa el
mercado editorial extranjero, para ellos fuente
de todas las perversiones ideológicas y
estéticas. Acusan de prostituir su arte
a los que logran triunfar "afuera".
Se proclaman creadores elevados e incorruptibles,
"ajenos a los premios pactados y a los intereses
comerciales y políticos" que, según
ellos, priman en las editoriales extranjeras.
Todavía a estas alturas, Iroel Sánchez,
el presidente del Instituto Cubano del Libro,
sigue repitiendo delirantes acusaciones contra
Emir Rodríguez Monegal y Mundo Nuevo por
"haber fabricado" a Cabrera Infante
y Vargas Llosa.
En su artículo "De Valencia a Babelia:
¿un viaje en primera clase?" (Revista
Casa de las Américas, número 246),
el inefable Iroel habla de tenebrosos planes de
la CIA respecto a los premios en 2006 de la editorial
barcelonesa Anagrama a Rafael Rojas y el venezolano
Alberto Herrera. De su suspicacia de comisario
libresco respecto a "los encargos de la CIA"
no escaparon ni autores de reconocida trayectoria
en la izquierda mundial como Jean Paul Sartre,
Carlos Fuentes o Manuel Vázquez Montalván.
De tales argumentos se nutrió, hace unos
meses, en el Centro Cultural Dulce María
Loynaz, de La Habana, un panel sobre el mercado
editorial en Iberoamérica. Lo que más
se escuchó fue críticas a "la
alfaguarización" y a "las historias
de Centro Habana que se venden como pan caliente
en el mercado ibérico".
Durante su intervención, la escritora
Laidi Fernández de Juan expresó
con amargura: "Me pregunto cuantos más
de nosotros caeremos en la tentación de
complacer a un mercado que nos desprecia, a fuerza
de mentir o de exagerar en aras de un efímero
éxito editorial, compitiendo a ver quién
la pasó peor, quién sufrió
más, quién fue más maltratado,
quién vivía en peores condiciones".
Los quejosos dicen que se niegan a utilizar el
uso de La Habana en los títulos de sus
libros como "reclamo publicitario".
No quieren dar la imagen de una ciudad en ruinas
y un país en desbandada. Las historias
de balseros, jineteras y alcohólicos les
aburren y les resultan decadentes y de mal gusto.
Opinan que el realismo sucio pasó de
moda. Prefieren los experimentos formales del
postmodernismo, descontextualizar sus historias,
bucear en la Queer Theory. Volver al banquete
lezamiano ahora que no entrañan riesgos
sus migas. Luego, se proclaman incomprendidos
y discriminados.
Hoy, para los autores cubanos, abordar el sexo,
la marginalidad y la sensación de desastre
es inevitable. Tan inevitable como para un escritor
brasileño escribir sobre las drogas, las
favelas y la violencia callejera y parecerse a
Rubem Fonseca o João Alberto Lins de Barros.
Ena Lucía Portela, Pedro Juan Gutiérrez
y Leonardo Padura no escriben para complacer a
sus lectores con lo que esperan leer sobre Cuba.
Reflejan la realidad que viven. No hay otro paisaje
posible que no incluya los escombros, las palabrotas
y la asfixia.
Lo contrario sería escabullirse. Escribir
cuentos de hadas tercer mundistas. Repetir los
invariables personajes positivos, los finales
optimistas y demás clichés del nefasto
realismo socialista del Decenio Gris.
El lector en Cuba apenas tiene opciones dentro
de la limitada oferta que le permiten. El mercado
internacional tiene otras reglas de juego. El
lector no es un cautivo, tiene derecho a elegir
lo que lee. Los editores no pueden ser ajenos
a ello. Determinadas adaptaciones no son concesiones
al mercado, como pretenden en la UNEAC, sino a
lectores pertenecientes a otra cultura.
Mientras los quejumbrosos encubren su mediocridad
y su miedo tras el manto de la incorruptibilidad
y las estrechas lealtades ideológicas,
se pierden lo que pudiera ser el nuevo boom de
la literatura latinoamericana. Se inició
a fines de los años 90 en España.
En él, hay varios autores cubanos (de la
isla y de la diáspora).
Tal vez el criterio más sensato que se
escuchó en el panel habanero sobre el marketing
editorial en Iberoamérica fue el del escritor
Senel Paz. Para Paz, "el mercado no es bueno
ni malo, sino algo que existe, con lo que hay
que trabajar. La solución no es darle la
espalda, sino escribir buenos libros," dijo.
luicino2004@yahoo.com
|