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POLITICA
Los muros y la dialéctica
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Los muros
tienen grietas. No son lo que preconizan sus arquitectos.
Inexpugnables, resistentes, altos y gruesos a
la usanza medieval, joyas de una albañilería
que fundamenta su tesis en exclusiones y otras
maniobras contrarias a la pluralidad y la transparencia.
Esas son las interpretaciones, las saludables
categorías semánticas para esas
paredes que se levantan por doquier con el fin
de tapar la luz de la verdad.
Quieren institucionalizar las sombras, impedir
que lleguen personajes ajenos a un país
convertido en un castillo gótico, poblado
de hambres, miedos, temblores y otros fantasmas
que nacen a partir de una angustia casi unánime.
Las murallas son franqueables porque pude estrechar
la mano del húngaro Matyas Eorsy, el estonio
Andrés Herkel y el holandés Erik
Jurgens, tres legisladores que conocen el drama
dentro de estos recintos donde retumban decretos
alucinantes, discursos que dejan en el aire un
aura de desesperanza, voces que parecen de ultratumba,
cánticos a la confrontación, vítores
a un continuismo que despierta incertidumbres
y desgracias.
Ellos saben delimitar las monotonías
del poder absoluto, sus excesos, el sonido de
los candados en las cientos de prisiones y las
vicisitudes de sus moradores. Conocen que allí
languidecen más de 200 presos políticos
y de conciencia, personas que sus carceleros pretenden
transformar en piltrafas humanas con un odio tan
denso como suele ser la aurora en Groenlandia.
Pasaron sin levantar sospechas entre guardias
pretorianos, delatores de alta graduación
y policías que dicen oler a los intrusos
a la larga distancia.
No obstante se les vio desenvolverse como sólo
pueden hacerlo quienes frecuentan los ámbitos
de la solidaridad. Sencillos, locuaces, inmersos
en romper las barreras idiomáticas que
definitivamente no lograron impedir un debate
a fondo de cuestiones medulares del acontecer
nacional.
El Foro brotó espontáneo en los
bordes de una acera, contigua al parque Mahatma
Ghandi y justo a unas zancadas de la Iglesia de
Santa Rita, a pesar de las tensiones de una vigilancia
a todo rigor.
Era un encuentro necesario. Un contacto entre
demócratas ajenos a filosofías que
redundan en desfases históricos y negaciones
sin sustentos razonables.
Breve e intenso discurrió el intercambio
sin interferencias directas de los vigilantes.
Bajo el sol del mediodía hubo fotografías
que sellan la inmortalidad de un gesto de amplia
cobertura moral. Franquezas, diálogos que
la brevedad no pudo sepultar en las arenas de
la insignificancia, suceso que necesita de muchos
protagonistas con las mismas convicciones y similar
disposición a hablar sin solicitar permisos
a los discípulos de Stalin.
En la 5ta Avenida del barrio de Miramar quedó
inscrita una página memorable dentro del
libro rojo donde la mediocridad y el desatino
cobran dimensiones exóticas.
El poder no pudo evitar las letras que prestigian
el buen ejemplo, la mano tendida en son de un
auxilio fuera del círculo de las vanidades.
Los hechos que avalan una tendencia sin la ficción
de esos universos donde el socialismo ambiciona
ser más auténtico que una ola rompiéndose
entre los dientes de un acantilado, están
ahí en el recuerdo.
Eorsy, Herkel y Jurgens no hicieron alardes
de héroes, apenas actuaron en conformidad
con unos sentimientos desprovistos de toda jactancia.
Fueron tres hombres libres que vinieron a disipar
el oscurantismo que sirve de cemento para juntar
los muros con los que encierran a un país
de punta a cabo.
Hay fisuras, tal vez heridas mortales de un
sistema de gobierno que resiste el movimiento
de la dialéctica. Su audacia demuestra
que las piedras pueden convertirse en barro. También
es posible determinar que las fortificaciones
van perdiendo efectividad con el avance de las
grietas y la proliferación de otros flancos
permeables.
Cuba es un poco más libre con la metamorfosis
del miedo que poco a poco se desvanece al ritmo
del declive de los recintos amurallados. Las marchas
de las Damas de Blanco, sus demandas. Los disidentes
y los presos de conciencia con su perseverancia
y su irreductible firmeza. El arribo, por las
hendiduras, de amigos foráneos dispuestos
a sufrir las embestidas de la dictadura.
"Si nos expulsan, otros vendrán".
Eso dijo el diputado húngaro Matyas Eorsy
a la prensa internacional a instancias de las
amenazas, y el arresto y deportación de
un compatriota que servía de traductor.
Aquí, sin que quepan dudas, habrá
suficiente disposición para recibirlos
con los brazos abiertos.
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