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CULTURA
Memoria de Desnoes
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Decía Soren Kierkegaard: "Tengo
que encontrar una verdad que sea verdadera para
mí
la idea por la que pueda morir
o vivir". Buscando esa verdad y esa idea
ha pasado su tiempo el escritor cubano Edmundo
Desnoes. Entre el temor y la angustia, la abulia
y el despiste, su búsqueda sigue siendo
infructuosa.
Un año en Venezuela, cuatro meses en un
islote desierto de las Bahamas y cuatro años
en New York consumieron más de la mitad
de la década de los 50 sin que Desnoes
lograra encontrarse. Regresó a Cuba en
1960, convencido, según sus propias palabras
de que "nunca sería nadie fuera de
su país". Desarraigado, con pretensiones
existencialistas y escrúpulos de pequeño
burgués arrepentido, creyó que la
revolución de Fidel Castro era su oportunidad
de lucir y brillar.
Empezó por escribir un artículo
vitriólico contra la revista Visión
-la misma de la cual había sido redactor
durante su época neoyorquina- en cuanto
esta inició sus ataques contra el nuevo
gobierno cubano. En sus novelas "No hay problemas"
y "El cataclismo" reflejó el
desmoronamiento de la burguesía cubana
ante el ímpetu de la revolución.
No tuvo que esforzarse demasiado. Las contradicciones
de sus personajes eran las mismas que él
vivía.
Desnoes estaba ya plenamente advertido de que
el verdadero artista siempre será un enemigo
del Estado, pero eligió dejarse llevar
hasta ver adonde lo llevaba su compromiso con
la revolución. Decidió integrarse
al torrente verde olivo a sabiendas -alguna vez
lo escribió- que nadie se integra: "El
hombre es, siempre será, un desarraigado".
Edmundo Desnoes anduvo por sus años revolucionarios
como quien cruza un lago helado. El wei wu wei
de Lao Tsé fue su solución: actuar
sin actuar, eligiendo sin elegir, confiado en
su comprensión más elevada de intelectual.
Sólo que es muy difícil, casi imposible,
el dilema shakesperiano de estar y no estar, y
ser o no ser, en taumaturgia simultánea,
más aún con semejantes jefes.
Ante la imposible ubicuidad, Desnoes prefirió,
por su bien, hacerse insignificante, sentirse
en el socialismo un muerto entre los vivos, ser
nadie, como en sus días de New York. Ninguno
como el mismo Desnoes para ser crítico
consigo mismo. "¡Quien te ha visto,
Eddy, y quien te ve, Edmundo Desnoes! exclama
el protagonista de "Memorias del subdesarrollo"
cuando se desdobla para verse, maleado, lejos
de sus ideas, oportunista, fumando tabaco y con
la aprobación oficial, pontificando sobre
literatura revolucionaria.
"Memorias del Subdesarrollo", título
casi tomado prestado a Dostoievski de "Memorias
del subsuelo", retrata el clímax de
las contradicciones y desgarramientos de un intelectual
burgués que ve derrumbarse su mundo sin
lograr entender nada del paraíso proletarizado
que ve surgir ante sus ojos: ajeno, provinciano,
mugriento y peligroso.
Desnoes se obsesionó con el subdesarrollo
y quiso estar por encima de todos. Como en uno
de sus primeros cuentos, "Jack y el guagüero",
creyó entender a los dos, al cubano y al
americano. No quiso intervenir, quería
ver en qué paraba todo. Gozó la
situación, como Dios dejando a los hombres
actuar según su libre albedrío.
En el fondo, no nos perdonó ser subdesarrollados.
De la revolución sólo le quedó
la fascinación por Fidel Castro. Un Comandante
a la altura del mundo con mayúscula, no
del Tercer Mundo. El problema era que la revolución,
la patria, el socialismo y todo, el Comandante
lo rimaba con muerte.
Desnoes, antes que tanta grandeza, quiso vivir,
ir más allá de las palabras. Por
eso se fue de Cuba, como quien camina sobre un
lago helado. Se fue y no se fue, está y
no está, es y no es, Lao Tsé se
sentiría orgulloso de él, viéndolo
en La Habana del siglo XXI como jurado del premio
Casa de las Américas, coleccionista de
trastos para antologías revolucionarias.
Edmundo Desnoes es moderado, conciliador, objetivo;
lo que no es, no puede ser, es optimista, la culpa
fue del subdesarrollo, el culpable ahora es el
desarrollo. No se pierdan la nueva entrega: "Memorias
del desarrollo", que también fue llevada
al cine.
La versión cinematográfica de Tomás
Gutiérrez Alea de "Memorias del subdesarrollo",
de 1968, será lo que hará perdurar
la novela de Edmundo Desnoes. Olvidaremos los
desgarramientos existenciales y los cargos de
conciencia del escritor. Nos será difícil
identificar a un galán protagónico
devenido en anciano funcionario que propugna la
amistad de los pueblos con una dictadura añeja.
Lo que perdurará en el arte cubano de
las dubitaciones de Desnoes es lo que en la película
vio el actor Sergio Corrieri a través del
catalejo: el monumento al Maine con el águila
amputada, el mar, los techos de La Habana, la
ropa tendida en las azoteas, las palmas, los pinos
sucios y los álamos verdes de El Vedado.
Cuando pase la tormenta, al menos tendremos que
agradecerle a Edmundo Desnoes haber inspirado
a "Titón" la mejor de sus películas.
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