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CULTURA
Poeta nacional por decreto
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Muchos son los poetas que a lo largo de la historia
han sufrido prisión bajo gobiernos dictatoriales
o han marchado al exilio. Es el caso del poeta
Agustín Acosta, quién murió
en Miami en 1979 a la edad de 93 años y
fue despojado de su cargo oficial como Poeta Nacional
de forma cruel y lamentable.
Marchó de Matanzas, donde nació,
hacia Estados Unidos en 1973. Bastante tarde a
juzgar por el injusto tratamiento que sufrió
el poeta por parte de los organismos políticos
que atendían la Cultura en Cuba. Hoy, al
cabo de más de cuatro décadas, es
que se publica su libro Última poesía,
Ediciones Matanzas, 2005, que abarca una buena
parte de su obra inédita, gracias a la
licenciada Yolanda C. Brito Alvarez, compiladora
y amante de la poesía de Agustín
Acosta.
A su llegada a Estados Unidos se publicaron
algunos libros suyos, pero en Cuba tuvieron que
transcurrir 47 años, largos y turbulentos
y llamados revolucionarios, para que en un prólogo
-hecho para ese libro- se pudiera leer que
"un hombre que durante más de la mitad
del convulso siglo XX llenó los más
importantes espacios culturales e intelectuales
de Cuba e Hispanoamérica, no puede ser
ignorado."
Sin embargo, Agustín Acosta no sólo
fue ignorado por el gobierno castrista a partir
de 1959, sino tratado con desprecio. Fue el Poeta
Nacional durante los años cincuenta, un
título que se había ganado de forma
oficial por su obra poética, donde exaltaba
la cubanía y las ideas martianas. En 1961
supo que ya no lo era cuando un periodista, por
iniciativa propia, nombró Poeta Nacional
a Nicolás Guillén en una de sus
crónicas y ratificada en el Primer Congreso
de Escritores y Aristas de Cuba de ese año.
No voy a referirme a su poesía, fiel
seguidora del pos modernismo, y desconocida por
las actuales generaciones de cubanos de la Isla,
sino al poeta, víctima de dogmatismos estalinistas
y a quien sumaron a la lista de herejes, a pesar
de haber sido siempre un intelectual de honor.
Gracias a sus gestiones oficiales le debemos
que a partir de 1936 cada 28 de enero se celebre
en todo el país el natalicio de nuestro
apóstol José Martí. Escolares
de toda Cuba se sabían de memoria sus poemas
A la bandera, y 27 de noviembre, y no había
cubano que no conociera aquellos versos suyos
donde se escuchaba el rechinar de nuestras carretas
campesinas, llamados La zafra.
Pero hubo un 1ro de enero de 1959 y muchas cosas
cambiaron. Agustín Acosta, aquel poeta
tan querido por su pueblo, fue despojado de su
bien merecido título de Poeta Nacional
-también lo fue Bonifacio Byrne hasta su
muerte, en 1936- y se refugió en su casa,
donde muchos lo visitaban para que no se sintiera
solo y abandonado.
¿Hacía sombra acaso al poeta Nicolás
Guillén? No lo creo, el autor de Sóngoro
Cosongo ya contaba con una obra importante. Sin
embargo, no es por su obra que el gobierno cubano
le nombró Poeta Nacional, sino por su filiación
comunista, y sin importar que Agustín Acosta
ostentara ese título varios años
antes gracias a sus versos y a su larga trayectoria
como intelectual demócrata. Ni siquiera
valió su condición indiscutible
de hombre de honor patriótico para sacarlo
del escenario cultural de un simple plumazo.
A su casa esquinada de su querida Matanzas fui
llevada a finales de los años sesenta por
amigos poetas que se consideraban alumnos del
Maestro, Carilda Oliver Labra y Rafael Enrique
Marrero. Mucho me impresionó aquel hombre
tan delgado y pálido, de figura principesca
y maneras finas y suaves, anciano presumido al
que aún le brillaban los ojos. Me consta
que gustaba de las relaciones epistolares. Nos
enviamos cartas algunas cartas después
de aquella inolvidable tarde invernal, un poco
antes de su partida al exilio.
Era, como bien dice su prologuista e investigadora
Yolanda C. Brito Alvarez, un gentil-hombre. Lo
recuerdo todo un caballero educado, de pocas palabras,
de rostro noble y bueno; uno de esos seres humanos
que entran discretamente en el corazón
de sus amigos para no salirse jamás. Agradecidos
debemos de estar a la señora Brito por
haber contribuido a la salvación de nuestra
identidad nacional con la publicación de
esta obra inédita de Agustín Acosta,
una prueba irrefutable más de tantos actos
aviesos que ha sufrido nuestro mundo intelectual
en 47 años de castrosocialismo.
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