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RELIGION
Día de la Merced en La Habana
Aimée Cabrera
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- El pasado 24 de septiembre fue domingo, para
beneplácito de los devotos de la Virgen
de la Merced, la venerada deidad Obbatalá,
del Panteón Yoruba.
Para los católicos, la Merced es la Patrona
de los Presos. Su traje blanco es sinónimo
de paz y pureza, por lo que muchos le suplican
su intercesión, con el fin de lograr un
sin fin de peticiones.
Los seguidores de la religión africana
la sincretizan como al Orisha heredero de Dios,
el cual interviene en la creación del mundo
y del hombre. Sus hijos lucieron impecables en
esta fecha, con sus mejores galas de blanco, sus
coloridos collares y pulsos.
La calle de la Merced, desde Egido hasta su otro
extremo, era un constante ir y venir de feligreses,
algunos, con ramos de flores comprados a los vendedores
estacionados en cada cuadra.
La entrada principal del templo estaba llena
de limosneras que se enojaban cuando la gente,
presurosa, las esquivaba. Hombres con atuendos
que mostraban su devoción por San Lázaro,
pasaban una y otra vez por entre el tumulto, implorando
la caridad ajena.
Este año, la peregrinación hasta
la Virgen expuesta en la parte más alta
de la iglesia fue suspendida cada vez que comenzaba
la misa; así cuando finalizó la
de las 9 de la mañana, cientos de personas
esperaban en una fila que excedía las tres
cuadras. Lo más relevante de la misma fue
la disciplina y el respeto de los que la hacían,
aspecto difícil de imaginar en estos tiempos
en los que el cubano tiene la tendencia de desesperarse
e ir contra todo orden.
También fue muy loable ver tantas familias
reunidas para dar gracias a la Santa. Los matrimonios,
con o sin sus hijos, esperaban con paciencia junto
a otras personas que se veían unidos por
vínculos de amistad.
Cuando llegó el momento de entrar por
la puerta lateral, pasadas las diez, los pasos
de una multitud de fieles se animaron para dejar
en la cima sus ofrendas y tocar los pies y las
manos de la bendita imagen.
Entre carencias, decepciones y silencios que
no ayudan a que el ciudadano medio acabe de encontrar
un sosiego y una estabilidad en sus vidas, ellos
encuentran, sin embargo, un deleite en este renacer
espiritual que los llena.
Se observa a modo general que poco a poco se
vuelve a incorporar a la vida cotidiana la asistencia
a la iglesia para hacer patente el respeto y el
amor por lo que está, gracias a Dios, más
allá de todo manejo imperioso.
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