|
HISTORIA
Aquella intervención norteamericana
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org)
- Está reflejado en numerosos libros de
la época. No hay historiador serio cubano
que no haya elogiado las ventajas que ofreció
a Cuba la primera intervención norteamericana,
ocurrida entre 1898 y 1902. Antonio Maceo, Lugarteniente
General del Ejército Libertador, con motivo
de su primer viaje a La Habana. escribió
sobre sus calles, "estrechas y asquerosas"
y las malas condiciones de su "desventurado
país".
Fue a partir de la intervención norteamericana
que se crearon las condiciones para hacer de la
capital cubana una ciudad moderna, comenzando
con el abasto de agua, el alcantarillado, el alumbrado
público, los servicios de teléfono
y gas, la recogida de basura, la pavimentación
de calles y el transporte público, condiciones
que jamás habían sido creadas por
los españoles. Pero sobre todo, limpiaron
el país de punta a cabo, con agua y jabón,
con miles de pipas de agua y cientos de cuadrillas
de limpieza, como bien señala Carlos Alberto
Montaner en uno de sus libros más recientes
sobre Cuba.
En 1901 comenzó a construirse el primer
tramo del malecón habanero, algo que contribuyó
a eliminar los focos del mosquito Aedes Aegypti
en los charcos entre los arrecifes y el efecto
de las olas durante las temporadas ciclónicas.
Destacan los cronistas de aquellos años
cómo la población cubana cooperó
con las iniciativas de los norteamericanos, las
que se llevaban a la práctica gracias al
trabajo de obreros y empleados nacionales. Tan
estrechamente laboraban unos y otros que Leonardo
Wood, el gobernador militar general, era visto
por los suyos como un fuerte simpatizante de los
cubanos.
La intervención organizó, además,
servicios administrativos relacionados con la
agricultura, la industria, el comercio y las obras
públicas que prácticamente no realizaban
labor alguna bajo la colonia, creando una gran
fuente de empleos. Uno de los servicios que más
prioridad tuvo fue el de la higiene. La orden
militar 159 tuvo como propósito trabajar
por la higiene pública en todo el territorio
nacional, bajo la dirección de la Junta
Superior de Sanidad, la primera con que contó
el país.
El provecho que trajeron para la Isla estos
cuatro años de intervención norteamericana
jamás podría ser olvidado. El paseo
del Prado, el lugar más visitado por los
habaneros, fue reconstruido y embellecido totalmente,
y a lo largo del litoral se llevó a cabo
el proyecto de W. J. Barden, ingeniero jefe de
la ciudad, el cual tuvo la iniciativa de crear
la avenida del Golfo, donde las familias cubanas
edificaron bellas viviendas de cara al mar, con
el fin de ensanchar la ciudad y darle la hermosa
visión que conservó largos años:
portales y amplias aceras con árboles y
césped, y lindas farolas iluminando toda
la avenida del Malecón, hasta la calle
Lealtad.
Fue labor de la ocupación estadounidense
demoler y reconstruir las casas que no siguieran
la línea trazada para el proyecto de la
avenida del Golfo. Varias décadas después,
en los años cincuenta, aquella iniciativa
del señor Barden continuó, pero
con edificios rascacielos, los primeros que se
construyeron en La Habana, y que terminan en la
entrada del túnel de Miramar.
Gracias a las iniciativas de los arquitectos
norteamericanos los cubanos conocieron por primera
vez una de las atracciones más gustadas,
convertida luego en costumbre a lo largo del siglo
XX, no sólo en la capital, sino en el resto
del país. Se trata de las glorietas, situadas
en medio de plazas y parques para bandas de músicos
que eran escuchadas por un público de pie
o sentado. La primera de estas glorietas, diseñada
al estilo clásico de forma circular y sostenida
por columnas, fue bosquejada por un famoso arquitecto
graduado en París. Fue construida al comienzo
del paseo del Prado, frente al castillo de la
Punta. Su inauguración ocurrió el
20 de mayo de 1902, precisamente el día
que finalizó la intervención, con
una gran fiesta popular.
En el Congreso de Estados Unidos, el senador
Henry M. Teller había logrado una resolución
aprobada bajo su propio nombre, por lo cual comprometía
a su país a una Cuba independiente. Más
tarde, y como un acto de buena voluntad, los interventores
norteamericanos convocaron a elecciones generales
para elegir al presidente de la república
de Cuba.
Fue un día de gran júbilo para
todos. Frente al castillo del Morro el Generalísimo
Máximo Gómez izó la bandera,
mientras miles de cubanos gritaban ¡Viva
Cuba Libre! La mayor de las Antillas obtenía
por fin su libertad.
|