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SOCIEDAD
A Lourdes le va
Shelyn Rojas
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Lourdes nació en un solar en Centro Habana.
Allí también vivían, hacinadas
y en perpetua bronca, más de 15 familias.
Todo era motivo de litigio, se peleaba por los
maridos o las mujeres, por el agua, por los niños
o por un espacio en la tendedera.
De allí Lourdes tomó sus modales
bruscos y chabacanos, nunca se pudo separar de
ellos. Cuando se esfuerza por ser distinta, lo
que logra es una caricatura. No vale el esfuerzo,
ella es como es y punto, y no le va mal, le dice
a sus amigas a ver si convence a alguna, porque
ni ella misma se lo cree.
A los 14 años la violó un vecino
del solar. El tipo, que casi podía ser
su abuelo, estaba borracho y apestaba a sudor.
Su madre le había advertido que no entrara
en su cuarto. Lourdes fue por curiosidad y porque
tenía hambre. No tuvo que forzarla mucho,
a ella, aquello ni le gustó ni le desagradó,
siguió acostándose con él
por dinero, durante varios meses, y con otros
del barrio, que le cuadraban o no pero resolvían.
Resolvieron hasta que descubrió que necesitaba
más. Empezó a jinetear acompañando
a una amiga. Sus clientes extranjeros, aunque
no eran muy espléndidos, le parecieron
bocaditos comparados con sus experiencias nacionales.
Una noche, por la Habana Vieja, conoció
a un italiano el cual se mostró muy interesado
y ella se hizo la enamorada.
El problema era que Harry era viejo, celoso y
majadero. Lourdes se lo tragaba como una medicina
amarga pero necesaria. Su madre le decía
que tenía que llevar la relación.
Su madre lo adoraba, aunque no podían conversar.
Ella no sabía italiano y el español
de él era una jerigonza. Pero siempre que
Lourdes se quejaba de algo, ella lo defendía.
No le importaba que su hija llorara en las penumbras
del sexo, la madre defendía a capa y a
espada, y a gritos, su derecho a un pequeño
televisor Sanyo a colores y a una bata de dormir
de satín de color azul oscuro. Con ella
paseaba orgullosa por toda La Habana, era su mejor
gala.
Harry iba y venía, vivía en Venecia
pero tenía negocios en Cuba. En uno de
los viajes, Harry anunció que venía
para llevársela, que ya había iniciado
los trámites pertinentes. Se le escapó
varias veces al viejo para verse con un trigueño
con dientes de oro de Marianao.
El viejo se fue para no volver jamás por
el solar y el trigueño de Marianao se convirtió
en el proxeneta de Lourdes. Lo fue hasta que se
llevó a vivir para su casa a una manzanillera
de 16 años que conoció en la terminal
de Ferrocarriles; tuvo que acudir la Brigada Especial
para terminar el escándalo.
Su madre se lo había advertido, que iba
a perder güiro, calabaza y miel, y de contra,
caer en la lengua de todos los envidiosos y chismosos
del solar. Pero nada de lamentos, la vieja buscó
una solución. Comenzó a visitar
a su tío, el de Santos Suárez. El
anciano vivía solo, estaba enfermo y sus
borracheras anunciaban su inminente caída
mortal. Logró convencerlo de la necesidad
de que lo cuidaran, para ello, era preciso que
las inscribiera en el registro de direcciones
y en su libreta de racionamiento.
El tío murió pronto, más
pronto de lo que ellas calcularon; heredaron su
pequeño apartamento y vendieron el cuarto
del solar de Centro Habana. En el apartamento,
Lourdes tuvo varios amantes, pero nada serio con
ninguno de ellos. Sólo cuando se acabó
el dinero de la venta del cuarto, comprendió
la urgencia de buscar un marido, tenía
que alimentar a su madre, y ella no disimulaba
para recordárselo.
Fue entonces que conoció, como caído
del cielo, a un joven, que trabajaba con productos
cárnicos. Colaboraba además con
la policía, que "lo dejaba vivir"
a cambio de sus informes. A sus amigos los expulsaban
o iban presos, pero él se mantenía
en su puesto y en su venta. Todo iba a pedir de
boca para Lourdes y su madre. Al tipo había
que amarrarlo para mantener segura la comida y
el dinero. La madre fue a consultar a los santeros,
le recetaron que para mantener al hombre en casa
Lourdes tenía que parirle un hijo.
Lourdes tuvo un varón, pero la llegada
del niño empeoró las cosas. Su marido
empezó a llegar tarde y a amenazar, cuando
ella protestaba, con recoger sus cosas y largarse
para casa de su hermano. La madre regresó
con los santeros, esta vez, Lourdes tuvo una hembrita
y le puso su nombre.
Pero no bastó, su marido se fue con una
muchacha del Vedado. Le dijo a un vecino que lo
que más le gustaba de su nuevo amor eran
sus buenos modales y lo femenina que era, Lourdes
lo tenía aburrido y sólo hacía
pedir dinero y "dar bateo por todo".
Lourdes ya no tiene edad para jinetear, le queda
poca juventud, necesita un marido dispuesto a
instalarse en su casa. Urgente, es cuestión
de vida o muerte.
La madre no para de reclamar por su estómago.
La situación está cada vez peor,
ahora son cuatro las bocas a mantener en casa.
Todos los hombres que se acuestan con ella se
espantan cuando ven el cuadro y se largan sin
dejar dirección.
Lourdes no pierde las esperanzas de conseguir
marido; su cuerpo todavía sirve para que
alguno caiga en el jamo. Como la madre esta vez
no halla soluciones, Lourdes tomó la iniciativa
y decidió dividir el apartamento. La vieja
y el niño en uno, ella con la niña
en el otro, puede que así sea más
fácil pescar un marido. A todos los vecinos
les dice que para que quería tanto apartamento;
su madre, mientras más vieja, más
majadera. Así están mejor, las dos
buscando marido, cada una en su cuarto. Nada,
que ya estaban extrañando el solar de Centro
Habana.
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