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CULTURA
Padura: con guantes o sin ellos
Luis Cino
LA HABANA, Cuba -Septiembre (www.cubanet.org)
- Jugar pelota ocupó la mayor parte de
la niñez y la adolescencia de Leonardo
Padura. Jugaba a toda hora, en cualquier terreno
yermo de Mantilla, con equipo o sin él.
Lo importante era jugar. Al duro, con guantes
o sin ellos.
Padura quería ser pelotero. Cuando comprendió
que no podía, decidió estudiar periodismo
para, al menos, escribir crónicas deportivas,
fundamentalmente beisboleras.
Fue una elección difícil. Corrían
los años 70. En vez de Periodismo, tuvo
que matricular Filología Hispánica.
Como algunos otros de sus condiscípulos,
empezó a escribir colaboraciones en la
prensa para ganar algunos pesos. Así los
lectores cubanos ganamos un buen escritor.
Padura tenía a su favor sus voraces lecturas
de Hemingway, Sallinger, Faulkner, Vargas Llosa
y no se oculta en Cuba para decirlo, de Cabrera
Infante. Probó mezclarlos, puso su parte
y le salió bien. Tan bien que es hoy considerado
el escritor cubano vivo más leído,
aunque él no se lo crea (sí, la
modestia es una virtud, incluso en la UNEAC).
De su afición por el deporte, además
de su pasión por el equipo Industriales,
debe provenir su maña por anotar goles.
Olvidé el detalle de que no se jugara mucho
fútbol en Mantilla por entonces (no eran
los tiempos de Beckham y Ronaldinho). Tampoco
soñó nunca ser escritor.
El caso es que Padura anota goles en la más
difícil de las canchas: la de los censores
y los comisarios culturales. Lo logra hundiendo
lo político en el fondo de novelas policiales
que él mismo califica como "falsos
policiales". Son pretextos para decir lo
que quiere decir, sin moralejas ni esquiveces
post modernas y descontextualizadas, que vienen
siendo la forma más reciente y elegante
de esquivar el bulto y no buscarse problemas.
A Padura buscarse problemas con los comisarios
culturosos le preocupa sólo lo necesario.
Juega con reglas, pero es honesto. No se puede
ser de otro modo siendo hijo de una católica
y un masón y viviendo en Mantilla. Lo más
que puede conceder a la censura es frenar en alguna
esquina, sacar la mano y luego cambiar de tema.
Es bastante. Todo sea por un gol.
Padura lo ha explicado en varias entrevistas.
Ha dado la fórmula pero la receta no es
fácil de cocinar. Muchos se han quemado
en el intento, no por su culpa ni por la de Padura,
sino por los celosos censores y la elevada temperatura
de sus hornillas, eléctricas y chinas.
No me canso de decirlo. Aunque soy de los que
no logran descifrar la fórmula de los goles,
respeto y admiro a Padura y no me uno a los que
lo atacan. Si cada vez que anota un gol dice algo
y lo dice bien, vengan goles.
Aclaro a los mal pensados que no conozco personalmente
a Padura. Sólo disfruto sus libros y comparto
sus aficiones literarias y por cierta música
rock añeja. Somos casi vecinos, mi suburbano
y fangoso barrio está separado de Mantilla
por un pequeño y empinado poblado de resonancias
evangélicas: El Calvario. Pero jamás
hemos cruzado palabras. Si algún día
lo hiciera, no sería para reprocharle un
gol sino para agradecerle las historias de Mario
Conde (que para mi alivio, al fin se zafó
de la policía).
Me alegra que Padura no sea pelotero sino escritor,
que escriba cada día en Mantilla y que
tenga cosas que decir. Anote gol o no. Lo importante
es jugar. Al duro. Con guantes o sin ellos.
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