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SALUD
PUBLICA
Como un hospital de guerra
Marcelo Jiménez Jiménez, Jóvenes
sin Censura
HOLGUIN, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- El hombre esta ahí, arrebujado en un
destartalado sillón del hospital. Ha viajado
sin dormir desde la madrugada haciendo el periplo
de Moisés en el desierto para venir desde
la ciudad de Sagua de Tánamo a kilómetros
de esta capital provincial. Su objetivo: conocer
al hijo que acaba de nacer. Lo ha intentado varias
veces sin conseguirlo. Cada vez que lo intenta,
choca contra el contén de supervisores,
guardias de piso y salón, jefas de turno
y cuanta autoridad tenga un solo carné
identificativo que lo acredite como parte del
ejército de funcionarios que están
autorizados a eso: pedirle la identificación
a los cientos de personas que pululan por el antaño
flamante Hospital General Vladimir Ilich Lenin
de esta ciudad.
En meses pasados, un vicedirector de ese centro
hospitalario hacía público que en
periodos anteriores los lunes y los viernes eran
los días críticos del hospital,
pero que en la actualidad, todos los días
se habían convertido en críticos.
Esto se debe a la falta de personal médico
y paramédico, debido a la alta cuota de
profesionales que Cuba canjea por petróleo,
dinero y otros insumos.
El deterioro de los servicios en esa instalación
de asistencia médica tiene su punto más
caliente en la falta de higiene en áreas
tan delicadas como la sala de partos, que tiene
manchas en el piso y abundancia de insectos como
cucarachas, mosquitos y otros. Lo mismo se puede
ver en los baños utilizados tanto por las
pacientes como por los acompañantes -los
que logran el salvoconducto y los que saltan el
muro de contención de la burocracia al
orden del día.
"A las once de la mañana, cuando
llegué para conocer a mi hijo, me comunicaron
que habían cambiado el horario de visitas
para los padres", dice con el desconsuelo
de un huérfano. "Ahora tengo que esperar
a las siete de la noche. Ahí nos dan un
pase de una hora y tengo que resolver cómo
regreso a Sagua o quedarme por algún rincón",
añade.
Mientras caminamos hacia la cafetería,
me comenta alguien que con algo de dinero fuerte
o un "engañito", que puede ir
desde jabones, una jaba con alimentos u otro artículo
de valor, podría pasar a verlos entre las
cinco y las siete de la noche cuando la vigilancia
se diezma un poco.
"En este país se le ablandan los
sesos a cualquiera", asegura. Después
del calor de las tres de la tarde no hay guapería
que se resista. Ahora parece más animado
y como el café está frío
y sin el sabor prometido del cartelito "café
puro", nos disponemos a bajar al área
de los vendedores particulares.
En el área de urgencias médicas
se aglomeran varias personas que indudablemente
han necesitado de la atención con rapidez,
pero que vienen porque en sus policlínicas
no hay médicos o están en curso
de maestría, especialidades, las consabidas
vacaciones de este verano y otras inclemencias
que el viento se ha de llevar, o la eficacia,
si algún día regresa.
Se aglomeran los necesitados. Los que vienen
acompañados del personal médico
pasan por encima de la enorme cola donde hay niños
y ancianos y donde indudablemente la mayoría
de las personas son de lugares lejanos, como Mayarí,
Frank País o Moa. "La obra de choque
de la juventud cubana", como rezaba la consigna
a toda pancarta allá por los años
80.
No hay nada más parecido a un hospital
de campaña, en campaña de guerra
o paz, pero en una campaña feroz contra
el tiempo o contra los pacientes. Contra los que
entran o requisando los bultos y paquetes de los
que salgan o los que parezcan sospechosos, todo
con tal de estar activos y alertas y trabajar
o parecer que se trabaja. Lo que importa es que
el tiempo pase, parecen decir sus caras.
Yo dejo el mármol gris del majestuoso
hospital y el hombre deambula cerca del parqueo
de bicicletas. Me vuelvo y está intentando
telefonear, pero desiste ante el aparato roto.
Lo veo sentarse, se arrebuja en un banco de los
exteriores y pasa una ambulancia. Si él
se va detrás de los que se asoman a urgencias,
la muchedumbre se lo traga.
Ahora pedaleo con más fuerza y no veo
el hospital y estoy a punto de olvidarme de este
infeliz. A las siete de la noche conocerá
a su hijo cuando le den el pase reglamentario
por una hora o tal vez sea alrededor de las cinco
de la tarde si un "engañito"
lo hace "invisible".
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