PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 31, 2006

SOCIEDAD
Henthron, Potter y yo

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Conocimos el leve silbido de las balas. El tronar de los cañones. Los insomnios que brinda la guerra. Estuvimos allí en el campo de batalla con la incertidumbre a cuestas y ciertos temblores en riña permanente con el coraje.

El lícito afirmar que el temple tiende a la metamorfosis, puede ir de la rareza primitiva a imitar los colores de un arcoiris que deja a la mediocridad en el olvido.

Fuimos soldados cargados de sueños, jóvenes propietarios de una inmadurez contigua a la creencia en la inmortalidad.

Así son los años mozos, cándidos y amigos fraternales de todas las utopías.

Henthron y Potter estuvieron en Irak como parte de un ejército que intenta cimentar una democracia. Los terroristas no quieren. Matan sin piedad con el odio convertido en su filosofía. Quieren el caos. Echan leños al fuego de las suspicacias entre chiítas y sunitas. Despedazan civiles con temeridad psicopática.

Se idean nuevas tácticas para eliminar sus incidencias, pero logran mantener su beligerancia escurridiza y de una letalidad que acerca los fantasmas de una guerra civil.

Supe que Henthron cayó fulminado por un balazo en la cabeza el pasado año. La depresión lo condujo al suicidio. Potter corrió igual suerte. Un disparo en la boca fue suficiente para que muriera en el instante.

Sus ánimos languidecieron en una atmósfera cargada de tensiones. El stress le tendió una zancadilla a unos pasos del abismo.

La naturaleza humana es una selva de contradicciones e impulsos en pugna por el dominio total de la mente, un embate de incógnitas que colisionan día a día, el jeroglífico para el que no aparece un exegeta.

Granma, el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, reprodujo recientemente el artículo aparecido en el Hartford Courant donde se pone en la palestra pública la situación de los soldados norteamericanos en Irak, según datos obtenidos por los autores Lisa Chedekel y Mathew Kaufman gracias a una ley de libertad de información que permite un generoso acceso a las fuentes.

Se aborda además de los desenlaces fatales descritos aquí, el recurrente uso de enfermos mentales en la contienda bélica que se libra en la antigua mesopotamia. Me cuesta trabajo creer en la veracidad de ciertos apuntes plasmados en el artículo.

Éste, unido al fárrago de propaganda antiestadounidense que si tiene visos de locura a tono con su estela de dramatismos y afanes sensacionalistas, sólo consigue darle un mayor puntaje a las dudas que a un incondicional asentimiento.

Yo también fui soldado durante 26 meses. Pude constatar, bien cerca, como es el tránsito de la sobriedad a la demencia. Sobreviví todo ese tiempo en túneles, en compañía de roedores, mosquitos infestados con el virus de la malaria, serpientes venenosas, bombardeos de la aviación.

Mi cerebro resistió las difíciles circunstancias. Otros se quitaron la vida o desaparecieron en las malezas de la alienación para siempre.

Fue en Angola que padecí los vaivenes de un torrente de adversidades que marcaron pautas en mi existencia. Tenía sólo 20 años.

Me familiaricé con el suicidio aunque nunca lo tuve entre mi inventario de soluciones. Ví a hombres ahogados por la depresiones muriendo de súbito con el arma aún humeante o atentando contra sus propios compañeros.

Después la cárcel donde la locura es un parámetro fijo y grotesco. Inmolaciones cumplidas al dedillo o evitadas a últimas hora.

En el horror estuve sembrado más de 20 meses por tratar de hacer lo que la Sra Chekedel y el Sr. Kaufman en el Hartford Courant. Es decir, periodismo a secas.

La historia del suicidio es larga y profusa en este territorio marcado por la insularidad. Cuba ostenta, en la actualidad cifras estelares en cuanto al fenómeno en cuestión. Aseguran especialistas en salud mental que ocupa uno de los primeros lugares en el área iberoamericana.

Al socialismo cubano le sobran médicos y suicidas. A estos últimos espero que por fin le abran un espacio en Granma.

Henthron y Potter están muertos y yo apuntando con mi bolígrafo a una dictadura muy parecida a la que ellos contribuyeron a desplazar. Doy por descontado que no me voy a suicidar. No les haré el trabajo a los asesinos.


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