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SOCIEDAD
Henthron, Potter y yo
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org)
- Conocimos el leve silbido de las balas. El tronar
de los cañones. Los insomnios que brinda
la guerra. Estuvimos allí en el campo de
batalla con la incertidumbre a cuestas y ciertos
temblores en riña permanente con el coraje.
El lícito afirmar que el temple tiende
a la metamorfosis, puede ir de la rareza primitiva
a imitar los colores de un arcoiris que deja a
la mediocridad en el olvido.
Fuimos soldados cargados de sueños, jóvenes
propietarios de una inmadurez contigua a la creencia
en la inmortalidad.
Así son los años mozos, cándidos
y amigos fraternales de todas las utopías.
Henthron y Potter estuvieron en Irak como parte
de un ejército que intenta cimentar una
democracia. Los terroristas no quieren. Matan
sin piedad con el odio convertido en su filosofía.
Quieren el caos. Echan leños al fuego de
las suspicacias entre chiítas y sunitas.
Despedazan civiles con temeridad psicopática.
Se idean nuevas tácticas para eliminar
sus incidencias, pero logran mantener su beligerancia
escurridiza y de una letalidad que acerca los
fantasmas de una guerra civil.
Supe que Henthron cayó fulminado por un
balazo en la cabeza el pasado año. La depresión
lo condujo al suicidio. Potter corrió igual
suerte. Un disparo en la boca fue suficiente para
que muriera en el instante.
Sus ánimos languidecieron en una atmósfera
cargada de tensiones. El stress le tendió
una zancadilla a unos pasos del abismo.
La naturaleza humana es una selva de contradicciones
e impulsos en pugna por el dominio total de la
mente, un embate de incógnitas que colisionan
día a día, el jeroglífico
para el que no aparece un exegeta.
Granma, el órgano oficial del Partido
Comunista de Cuba, reprodujo recientemente el
artículo aparecido en el Hartford Courant
donde se pone en la palestra pública la
situación de los soldados norteamericanos
en Irak, según datos obtenidos por los
autores Lisa Chedekel y Mathew Kaufman gracias
a una ley de libertad de información que
permite un generoso acceso a las fuentes.
Se aborda además de los desenlaces fatales
descritos aquí, el recurrente uso de enfermos
mentales en la contienda bélica que se
libra en la antigua mesopotamia. Me cuesta trabajo
creer en la veracidad de ciertos apuntes plasmados
en el artículo.
Éste, unido al fárrago de propaganda
antiestadounidense que si tiene visos de locura
a tono con su estela de dramatismos y afanes sensacionalistas,
sólo consigue darle un mayor puntaje a
las dudas que a un incondicional asentimiento.
Yo también fui soldado durante 26 meses.
Pude constatar, bien cerca, como es el tránsito
de la sobriedad a la demencia. Sobreviví
todo ese tiempo en túneles, en compañía
de roedores, mosquitos infestados con el virus
de la malaria, serpientes venenosas, bombardeos
de la aviación.
Mi cerebro resistió las difíciles
circunstancias. Otros se quitaron la vida o desaparecieron
en las malezas de la alienación para siempre.
Fue en Angola que padecí los vaivenes
de un torrente de adversidades que marcaron pautas
en mi existencia. Tenía sólo 20
años.
Me familiaricé con el suicidio aunque
nunca lo tuve entre mi inventario de soluciones.
Ví a hombres ahogados por la depresiones
muriendo de súbito con el arma aún
humeante o atentando contra sus propios compañeros.
Después la cárcel donde la locura
es un parámetro fijo y grotesco. Inmolaciones
cumplidas al dedillo o evitadas a últimas
hora.
En el horror estuve sembrado más de 20
meses por tratar de hacer lo que la Sra Chekedel
y el Sr. Kaufman en el Hartford Courant. Es decir,
periodismo a secas.
La historia del suicidio es larga y profusa en
este territorio marcado por la insularidad. Cuba
ostenta, en la actualidad cifras estelares en
cuanto al fenómeno en cuestión.
Aseguran especialistas en salud mental que ocupa
uno de los primeros lugares en el área
iberoamericana.
Al socialismo cubano le sobran médicos
y suicidas. A estos últimos espero que
por fin le abran un espacio en Granma.
Henthron y Potter están muertos y yo apuntando
con mi bolígrafo a una dictadura muy parecida
a la que ellos contribuyeron a desplazar. Doy
por descontado que no me voy a suicidar. No les
haré el trabajo a los asesinos.
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