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ECONOMIA
INFORMAL
El pregón mudo del socialismo
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org).
Se equivocó Carlos Marx cuando dijo que
el hombre no tenía necesidad de salir a
la calle a ganarse el pan de cada día con
su trabajo propio bajo un Estado socialista. En
pleno socialismo soviético nadie ignoraba
los buenos salchichones y jamones que se vendían
misteriosamente en las escaleras de Moscú,
de Berlín y de otras capitales del Este
europeo donde se suponía que el Estado
totalitario aliviaba el hambre de todos.
Por ejemplo, el pregón en Cuba no ha
dejado de resultar una necesidad social, puesto
que se trata de una forma natural y humana de
ganarse el pan de cada día con honradez
desde que el mundo es mundo, desde que el hombre
se bajó de la mata y decidió crear
una familia y alimentarla como Dios manda.
Pero como todo lo que huele a socialismo y comunismo
va contra natura, es en el socialismo donde el
pregón se convierte en algo misterioso,
prohibido y delictivo.
En las primeras décadas del régimen
castrista, cuando el gobierno creyó que
por sus propios medios podía satisfacer
las necesidades de la población y nadie
por cuenta propia podía intervenir en la
economía del país, los campesinos
se las arreglaron para tener sus clientes fijos
en pueblos y ciudades. Llegaban a esas viviendas
cargados con frutas, legumbres y viandas que el
Estado no suministraba en sus unidades de venta.
Así fue como nació el pregón
casi mudo del socialismo.
Más tarde, a partir del desplome de la
economía socialista en Europa del este,
fue que se permitió que los campesinos
cubanos vendieran públicamente sus productos
en determinadas áreas instaladas para ese
fin. En cierta medida se reanudó entonces
el pregón por las calles de pueblos y ciudades
a pesar de los riesgos que esto representaba.
Fácilmente la policía decomisaba
los productos y el vendedor terminaba con las
manos vacías y pagando una multa.
Es por eso que el pregón socialista no
es como aquel otro que se hacía libremente
en el pasado, recordado hoy como un capítulo
imprescindible del folclor del pueblo cubano,
un pregón hecho con gracia y personalidad.
Tan arraigado estaba en nuestra cultura libre
de ayer, que destacados compositores se inspiraron
en el pregón callejero para crear canciones
que resultaron grandes éxitos en el mundo
como El manisero, de Moisés Simons, El
Yerbero, de Néstor Milli, Zun Zun, de Ernesto
Lecuona y muchas otras.
Hoy, en Cuba se vende de todo de forma oculta
y en silencio. Quienes venden lo hacen de forma
discreta para no llamar la atención del
régimen. Es la lucha de una gran parte
del pueblo contra el modelo económico establecido
que sufre el país. Es el grito ahogado
de la desesperación del cubano de a pie
que quiere sobrevivir al hambre y a la injusticia
del totalitarismo.
Estamos pues ante un pregón que pulula
en esquinas y escaleras, trillos y guardarrayas,
pero siempre sin hacer ruído. No necesitan
imaginación y mucho menos virtuosismo musical.
El secreto del pregón socialista es uno
solo: tener su clientela fija en las viviendas.
Es por eso que prescinde de campanillas, pitos
y cornetas.
El escritor Alejo Carpentier vio al pregón
tradicional como un hábito de origen remoto.
Nicolás Guillén, el poeta, nos dice
que los elegidos, los que escalan cumbres más
altas, alcanzan resultados sorprendentes. Y es
cierto. ¡Cuántos de aquellos pregoneros
cubanos terminaron con su comercio propio en una
calle importante de la ciudad! Algo humano en
una sociedad justa donde todos por igual tienen
el mismo derecho a participar de la economía
de su país.
Es por eso que durante 47 años de castrismo
no a valido ley, represión y cárcel
para el cubano que quiere libre su vida. No importa
que sea casi mudo su pregón. La fuerza
de la naturaleza humana ha podido más que
el precario socialismo.
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