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REPRESION
Detrás de la fachada
Juan Carlos Linares Balmaseda
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
El día 9 de octubre me citó la policía
política. A las 15 horas tenía que
presentarme en la sede nacional de la Seguridad
del Estado: la tétrica Villa Marista. Puntual
crucé el umbral de la verja; a sabiendas
que una vez adentro de este cuartel ya no podía
salir sin autorización.
Desde el interior de una pequeña área,
tapiada con mármoles y cristales, un militar
me ordenó esperar en el salón. Ellos
(los agentes "entrevistadores" que me
citaron) aparecieron una hora y media después.
Así iniciaban su labor conmigo, aplicándome
la técnica de la impuntualidad.
En casa yo pasaba por otro calvario hacía
seis días. Mi esposa había enfermado
con el virus del dengue. La fiebre no le bajaba
de 38 grados y los incesantes dolores de cabeza
y en otras partes del cuerpo hacían de
ella una postrada, y de mi, su cuidador. En la
mañana del 7 de octubre hubo que hospitalizarla
casi deshidratada. El mediodía del día
9 le dieron el alta; aún convaleciente
y con la prescripción médica de
que en el hogar debía hacer reposo absoluto.
En ese inoportuno momento llega la citación
de Ellos; cuando yo cotejaba la limpieza doméstica
y cocinaba, al tiempo que cargaba agua de la cisterna
hacia un primero piso, pues para completar la
tragedia nuestra turbina estaba en reparación.
Ellos sabían de mi dilema familiar.
Para Ellos, una disculpa al soslayo sería
suficiente en la tardanza de la hora y media de
espera mía dentro de aquel recinto de Villa
Marista. Acto seguido me condujeron a una edificación
contigua. Cruzamos una calle. Caminamos bajo un
portal techado con tejas metálicas, a las
sombras de una arboleda de mangos en alineación
con la edificación. Nos detuvimos ante
una puerta blindada. Uno de ellos marcó
un código numérico en un teclado
pequeño. Penetramos por un pasillo estrecho,
el cual comunica con varias habitaciones. Instantáneamente
percibí un frío muy fuerte proveniente
de los equipos de climatización. Entramos
en una sala bien pintada y amueblada, y encima
de una mesa de centro estaban los mismos objetos
que me quitaron el pasado 6 de septiembre.
El 6 de septiembre 27 periodistas independientes
en Cuba participamos en una tele-conferencia con
los periodistas en Miami Jorge Luis Hernández
y Clara Domínguez. Cuando salimos, alrededor
de las cuatro de la tarde, noté acechanza
en la mirada de dos patrulleros de la Policía
Nacional Revolucionaria. La colega Amarilis Cortina
y yo caminábamos despacio. Ibamos en busca
de la parada de ómnibus. Conversábamos.
Mientras, la patrulla nos seguía de cerca.
A unas cuadras de allí, en la intersección
de las calles L y 15, la patrulla nos interceptó
y me introdujeron en el auto.
Soy un cubano de a pie. Rara vez he tenido el
placer de andar por las calles del residencial
barrio El Vedado montado en un auto, y mucho menos
dentro de un Lada nuevo, pero reafirmo que prefiero
callejearlas hasta en un fúnebre -vivo,
valga la aclaración- antes que ir montado
en una patrulla y esposado.
Las esposas impedían recostarme al duro
asiento plástico; además, trozaban
mi muñeca izquierda. Unos minutos después
estaba dentro de la unidad policial en 21 y C,
donde me esperaba el oficial de la Seguridad del
Estado que planificó mi "captura".
Me quitaron las esposas. Luego trascurrirían
como dos horas metido en una oficina interrogándome
al estilo "conversación", para
finalmente quedarse con todo lo que me habían
obsequiado en la tele-conferencia: un pequeño
radio marca Tecsun, una linterna, fotocopias del
periódico El Nuevo Herald, una revista
Cubanet, una revista Casa de Cuba, una revista
Misceláneas de Cuba, un lápiz, dos
pegatinas que decían CAMBIO, un sobre con
algunos artículos periodísticos
bajados de Internet y dos libros. De todo, sólo
me devolvieron las cinco o seis galletitas dulces.
Tanto en el interrogatorio del día 6 de
septiembre como en el del 9 de octubre el plato
fuerte fue la intimidación, junto con un
caldo de filosofía arbitraria. Y de postre,
una empalagosa propuesta para que sirviera de
confidente de ellos. El postre no lo probé,
y mi abstinencia parte de dos simples razones:
por un lado prefiero ser fiel al principio ético
del periodista, y por el otro, que mi vocación
no es por el espionaje sino por el periodismo.
Asimismo desearía que este párrafo
fuese mi declaratoria testamentaria.
Durante el interrogatorio del día 9 en
la sede Nacional de la Seguridad del Estado otras
dos tentativas se sumaron a las expuestas en el
párralo anterior.
Primero: Ellos querían que yo firmase
un documento con varias incoherencias sobre mi
vida en el accionar opositor y en el periodístico;
y que incorrectamente perseguían una extraña
vinculación con la sección de Intereses
de los Estado Unidos en Cuba, en particular con
algunos funcionarios actuales y pasados. Esto
lo rechacé y sólo rubriqué
el texto con los detalles verdaderos. También
me responsabilizo con la firma de una nueva acta
de confiscación, o "acta de ocupación",
dicho acorde a la semántica penal oficial
según insistencia de ellos.
Segundo: Querían filmarme un video ante
el cual yo leía las tres cuartillas redactadas
por ellos, y nuevamente me negué. Accedí
a que filmaran mi interrogatorio.
Corroboro que nada tengo que ocultar. Ejerzo
el oficio de corresponsal independiente por voluntad
propia y no tengo ni jefes ni subordinados. Colaboro
con varios órganos de prensa, entre los
que están PayoLibre, Bitácora Cubana,
Misceláneas de Cuba, Radio Martí
y algún que otro medio informativo y especialmente
escribo desde 1999 para la página digital
Cubanet, de éste el único medio
que percibo una modesta ayuda monetaria. Dije.
Sin complejos de culpas, ni con aprensión
moral declaro sobre cualquier actividad derivada
de mi actual profesión. Empero, no descarto
que de estos interrogatorios se quiera manipular
o distorsionar el sentido de mis palabras en perjurio
mío, las cuales sostengo y mantendré
conforme a la responsabilidad íntegra de
lo expresado por mí; pese a cualquier riesgo
y consecuencia. Tengo la total convicción,
de que tanto los objetos incautados como la labor
que realizo son argucias jurídicas, tomando
de referencia los valores universales de nuestra
civilización moderna y de las sociedades
democráticas. Ellos no son mis enemigos,
son mis adversarios.
Próximo a las diez de la noche del 9 de
octubre ellos dieron por concluida mi retención,
porque según sus palabras textuales yo
no había sido detenido. Me entregaron un
salvoconducto y pude salir de Villa Marista; gravitándome
un presentimiento de que mis días en la
calle están contados.
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