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SOCIEDAD
Llegar a Kabul
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - Los huesos
se desperdigaron a pocos centímetros de
la acera. Eran los restos del almuerzo que el
joven vertía desde el balcón: pollo,
arroz moro y vegetales. Entre los residuos sobresalían
tres rodajas de pepino.
El júbilo se materializaba en derredor
de las sobras arrojadas sobre el pavimento. Dos
perros, desgarbados y sucios, de la felicidad
inicial transitaban hacia una enconada disputa
por llevarse el "botín".
En lo alto, expectación. Nada más
reconfortante que un emperrado combate con el
estómago a tope. Esa es la tónica
expresiva del espectador, aún con el plato
sostenido en la diestra apoyada sobre la baranda.
Con el torso desnudo, el joven grita con desenfado,
inscribe en el éter una tormenta de groserías
en defensa del animal disminuido por su adversario.
Va al interior del recinto, que parece ser su
hogar. Regresa en segundos empuñando una
chancleta apenas reconocible por el deterioro
y el polvo, convertida en una pintura negra. Lanza
el artefacto para inclinar la balanza de la pelea
a favor del animal menos apto para el triunfo.
Falla el tiro, pero consigue ahuyentar al perro
mayor, que se lleva entre sus dientes el calzado
en una ligera estampida.
La mano que sostenía hace unos minutos
el muslo de pollo es la misma que, sin previo
aseo, catapulta la alpargata balcón abajo.
A resguardo de otro ataque, el perro justo al
lado de un latón de basura víctima
de una tenaz desbordamiento, huele la chancleta
y comienza a lamer con satisfacción.
El otro se escurre entre el gentío que
permanece en las antípodas del civismo
y a años-luz de la placidez. La rutina
es el arte por excelencia, los bordes de un cuadro
expresionista que se manifiesta en cada esquina,
en cada tragedia pintada por las realidades objetivas.
Resaltan la lobreguez, el embate endémico
de las incorrecciones, las miradas que visten
de lujo a la indiferencia y de luto a la racionalidad.
Los modales, la educación, la decencia.
¿Para que citar términos incomprensibles,
palabras de ultratumba? El país se degrada
porque las perspectivas son frágiles y
huecas como el bambú, y los cantos de sirena
quedaron en la condición de hijos bastardos
del murmullo.
Detrás de la miseria con antebrazos de
estrangulador profesional se parapeta el alcoholismo
y la locura, la falta de urbanidad y la vulneración
constante de las reglas de convivencia. Son salidas
de emergencia, refugios naturales para escapar
de las llamas del dolor, de todos los temores
con su inmediatez delirante.
El poder alumbra con sus promesas, sus estadísticas
rimbombantes, pero sólo es el anticipo
de otro eclipse, la puerta sin cerradura al infierno.
Ahí está el desastre, delante de
las narices, como un manotazo que siempre hace
diana.
Millares de familias sobreviviendo en tugurios
con la paciencia en quiebra, calles destrozadas,
inmundicias en parto múltiple y salarios
que invitan a todo menos a las alegrías.
Escribo esto desde la Habana Vieja, un sitio
donde las ruinas adquieren la formalidad de paisajes
posteriores a un bombardeo. Por cierto, la escena
descrita al comienzo nada tiene que ver con la
ficción. Lo atestigüé hace
pocos días en una zona del limítrofe
municipio Centro Habana. Suceso natural. Absolutamente
enmarcado en la cotidianidad de una nación
donde se soslayan, a menudo, las costumbres sanas
y el proceder racional.
No al azar un amigo que suele viajar regularmente
a Europa me asegura que le es imposible desembarazarse
de la sensación de llegar a Kabul en cada
retorno a la isla.
Yo me sumo a sus consideraciones. Esto va tomando
la configuración afgana. Y lo peor: en
el lugar inadecuado predominan los talibanes.
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