PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 16, 2006

ECOLOGIA
El árbol de la vida

Richard Roselló

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - No sabemos con exactitud cuántas hectáreas de bosques en Cuba fueron taladas a merced del uso en edificaciones, industria naval o para combustible de nuestra devoradora industria azucarera pasada.

El azúcar -y sus dueños en sus amplios deseos de producir más- fue la principal causante, de la desaparición del bosque cubano. Desde los primeros siglos, con los colonizadores, hasta los primeros cincuenta años de la Republica, durante la pasada centuria, el bosque fue desbrozado indiscriminadamente.

Textos de nuestra historiografía, como El Ingenio del desaparecido historiador criollo Manuel Moreno Fraginals, demuestran con rigor el exterminio del los campos del país.
Los primeros cronistas que arribaron a Cuba hablaron con tanto orgullo del bosque cubano que llegaron incluso a vedar su tala. De aquella ordenanza quedó registrado para la toponimia de la isla el nombre de Vedado. Por igual, los magistrados llegaron a pensar que de un extremo a otro de la isla se podía viajar bajo las sombras.

Hoy no podemos decir lo mismo. Sobre todo cuando existen municipios y zonas de provincias huérfanas de bosques y arbolados se han convertidos en desiertos. El tema es para meditar. Sobre todo reflexionar que también, como el bosque, podemos desaparecer. Imaginemos que un solo árbol suministra el oxigeno que respiran 13 personas diariamente.

Del bosque en Cuba nos queda únicamente la nostalgia e imagen que relampaguean sobre nuestros atisbos de preguntas.

¿Dónde están aquellas avenidas de palmas que marcaron a ciertos pueblos y lugares en su identificación? Ya no se ven los nísperos y marañones que trepábamos cuando niños. Faltan también las palmas datileras, los caniteles, las acacias, el roble de olor, los mangos filipinos y mameyes de Santo Domingo. Las actuales edificaciones desconocen el uso de la quiebrahacha, las del cedro para muebles, el sabicú para horcones y ocujes para soleras.

Al triunfo de la revolución el cuidado del medio ambiente constituyó una prioridad, tanto que se dictaron leyes para su conservación y cuidado. Pero los buenos deseos estaban distantes de las grandes realidades. Lo poco que quedaba del bosque insular sufrió otra tremenda agresión en las últimas cuatro décadas.

Errores bien pagados y que repercuten en muchos días fueron los desbroces que el gobierno creó para sembrar café, caña, arroz, pangola y otros fracasos que desmontaban kilómetros de hectáreas de árboles con más de cien años de vida, en diversas regiones del país.

La impunidad con que gozan en la actualidad ciertos organismos estatales para justificar la muerte de un árbol sigue haciendo de las suyas. Aunque el mayor de los males radica en la falta de aplicación de las leyes que condenen y castiguen esos daños irreversibles.

Recientemente unas notas del rotativo Juventud Rebelde del 10 de octubre señaló que se emprenderá pronto en Cienfuegos, un proceso de arbolado en su centro histórico, desaparecido "por razones de índole diversa".

La propuesta es valida. Pero sabemos que un árbol no hace un bosque. Nos complaciera mejor que cada municipio se proyectase un arbolado donde lo necesite. Y en cada espacio, exista uno o donde sea necesario.

Asimismo conocimos que grupos pro naturaleza de la Sociedad Cubana de la Protección del Medio Ambiente poseen el llamado proyecto del Bosque Martiano. Consiste en sembrar dentro de ciertos municipios una pequeña área de las 75 variedades de árboles y plantas que Martí menciona en su diario de campaña tras su desembarco en 1895 por Playitas en Santiago de Cuba. Dicha propuesta es meritoria. Pero repito, seguimos en la periferia y nos olvidamos del centro.

De modo que las verdaderas instituciones, las que tienen el poder, recursos, especialistas, las implicadas e involucradas en la forestación de áreas desérticas y urbanas, las del cuidado, ejemplo y mantenimiento con sus experiencias debieran asumir un mayor protagonismo.

Las áreas por sembrar apremian. Bien por la conservación de todas las especies, pero la humana en lo fundamental. En tanto que no se permita que otras indisciplinas sociales y el exceso de tolerancia talen nuestra paciencia ante ese sagrado regalo de la naturaleza.


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