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ECOLOGIA
El árbol de la vida
Richard Roselló
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
No sabemos con exactitud cuántas hectáreas
de bosques en Cuba fueron taladas a merced del
uso en edificaciones, industria naval o para combustible
de nuestra devoradora industria azucarera pasada.
El azúcar -y sus dueños en sus
amplios deseos de producir más- fue la
principal causante, de la desaparición
del bosque cubano. Desde los primeros siglos,
con los colonizadores, hasta los primeros cincuenta
años de la Republica, durante la pasada
centuria, el bosque fue desbrozado indiscriminadamente.
Textos de nuestra historiografía, como
El Ingenio del desaparecido historiador criollo
Manuel Moreno Fraginals, demuestran con rigor
el exterminio del los campos del país.
Los primeros cronistas que arribaron a Cuba hablaron
con tanto orgullo del bosque cubano que llegaron
incluso a vedar su tala. De aquella ordenanza
quedó registrado para la toponimia de la
isla el nombre de Vedado. Por igual, los magistrados
llegaron a pensar que de un extremo a otro de
la isla se podía viajar bajo las sombras.
Hoy no podemos decir lo mismo. Sobre todo cuando
existen municipios y zonas de provincias huérfanas
de bosques y arbolados se han convertidos en desiertos.
El tema es para meditar. Sobre todo reflexionar
que también, como el bosque, podemos desaparecer.
Imaginemos que un solo árbol suministra
el oxigeno que respiran 13 personas diariamente.
Del bosque en Cuba nos queda únicamente
la nostalgia e imagen que relampaguean sobre nuestros
atisbos de preguntas.
¿Dónde están aquellas avenidas
de palmas que marcaron a ciertos pueblos y lugares
en su identificación? Ya no se ven los
nísperos y marañones que trepábamos
cuando niños. Faltan también las
palmas datileras, los caniteles, las acacias,
el roble de olor, los mangos filipinos y mameyes
de Santo Domingo. Las actuales edificaciones desconocen
el uso de la quiebrahacha, las del cedro para
muebles, el sabicú para horcones y ocujes
para soleras.
Al triunfo de la revolución el cuidado
del medio ambiente constituyó una prioridad,
tanto que se dictaron leyes para su conservación
y cuidado. Pero los buenos deseos estaban distantes
de las grandes realidades. Lo poco que quedaba
del bosque insular sufrió otra tremenda
agresión en las últimas cuatro décadas.
Errores bien pagados y que repercuten en muchos
días fueron los desbroces que el gobierno
creó para sembrar café, caña,
arroz, pangola y otros fracasos que desmontaban
kilómetros de hectáreas de árboles
con más de cien años de vida, en
diversas regiones del país.
La impunidad con que gozan en la actualidad ciertos
organismos estatales para justificar la muerte
de un árbol sigue haciendo de las suyas.
Aunque el mayor de los males radica en la falta
de aplicación de las leyes que condenen
y castiguen esos daños irreversibles.
Recientemente unas notas del rotativo Juventud
Rebelde del 10 de octubre señaló
que se emprenderá pronto en Cienfuegos,
un proceso de arbolado en su centro histórico,
desaparecido "por razones de índole
diversa".
La propuesta es valida. Pero sabemos que un árbol
no hace un bosque. Nos complaciera mejor que cada
municipio se proyectase un arbolado donde lo necesite.
Y en cada espacio, exista uno o donde sea necesario.
Asimismo conocimos que grupos pro naturaleza
de la Sociedad Cubana de la Protección
del Medio Ambiente poseen el llamado proyecto
del Bosque Martiano. Consiste en sembrar dentro
de ciertos municipios una pequeña área
de las 75 variedades de árboles y plantas
que Martí menciona en su diario de campaña
tras su desembarco en 1895 por Playitas en Santiago
de Cuba. Dicha propuesta es meritoria. Pero repito,
seguimos en la periferia y nos olvidamos del centro.
De modo que las verdaderas instituciones, las
que tienen el poder, recursos, especialistas,
las implicadas e involucradas en la forestación
de áreas desérticas y urbanas, las
del cuidado, ejemplo y mantenimiento con sus experiencias
debieran asumir un mayor protagonismo.
Las áreas por sembrar apremian. Bien por
la conservación de todas las especies,
pero la humana en lo fundamental. En tanto que
no se permita que otras indisciplinas sociales
y el exceso de tolerancia talen nuestra paciencia
ante ese sagrado regalo de la naturaleza.
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