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SOCIEDAD
Llegar a viejo es un arte
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba, octubre (www.cubanet.org) -
Si alguien me preguntara por qué no me
gustaría recorrer las calles de California,
Madrid, Nueva York, México, Washington
y Miami, sería por no descubrir que los
amigos de mi juventud ya son viejos. Por esas
ciudades tengo a casi todos mis grandes amigos
y amigas, algunos octogenarios. No quisiera, sinceramente,
verlos tan viejos como yo.
Desde mucho antes de mis achaques y los malos
humores propios de la edad, es que descubrí
que había llegado a la recta final. Fue
cuando comenzaron a molestarme los besos de las
parejas en la calle y en la televisión
o cuando un día me sorprendió un
joven y bello taxista llamándome abuela.
Ese día comencé a sentirme una señora
de la tercera edad, pero no descangallada, como
dice el tango de Gardel.
Sin embargo, debo confesar que la vejez de otros
ha llegado a traumatizarme. Sobre todo, de esas
personas que resultaron fundamentales en mi niñez
y en mi juventud. A finales de los años
cuarenta, cuando mis padres me llevaban a la emisora
radial Cadena Azul, situada en la avenida del
Prado, en Ciudad Habana, vi muchas veces cantar
y bailar a Rosita Fornés, una de las mujeres
más bellas que recuerdo. Cada día
yo soñaba con parecérmele y ante
mis padres y vecinos intentaba cantar y bailar
como ella, usando los collares y los vestidos
de mi madre. Un día, no hace mucho, más
de cincuenta años después de aquella
fecha, me tropecé con Rosita Fornés
en una calle del Vedado. Llegué a mi casa
aguantando los deseos de llorar.
Con Alicia Alonso me pasó algo peor.
La recuerdo bailando allá por la década
del cincuenta y todavía me salta el corazón.
Más de veinte años después
sufría en mi butaca del teatro García
Lorca, viendo cómo Alicia hacía
grandes esfuerzos por demostrar que todavía
podía ser Giselle. En muchas ocasiones
me iba sin que terminara y abatida por la pena
de esa noche no podía conciliar el sueño.
Con la poetisa Carilda Oliver Labra, mi vieja
amiga, me ocurre lo mismo, sobre todo cuando la
veo presumir de joven a los ochenta, pintada como
una indescifrable máscara japonesa de Teatro
Noh, ocultando la modestia y la sencillez que
debe caracterizar a los ancianos. También
hay excepciones, hay hombres que aunque viejos,
no dejan de ser atractivos y como la voz es lo
último que envejece, conservan una voz
cautivadora. Los he conocido.
También la vejez, quién dice que
no, tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, la paz
que produce la ausencia de pasiones, especialmente
amorosas, esa posibilidad que nos proporciona
la experiencia de usar la razón para analizar
hasta lo más mínimo de la vida.
Pero señores, si tenemos en cuenta que
la sonrisa de los viejos se convierte en una extraña
mueca ¿por qué hay algunos que insisten
en mantener su imagen pública?
Llegar a viejo puede ser un arte, sobre todo
llegar con honor, dignidad y respeto a esa gran
cantidad de años que la vida nos obsequia
no se sabe por qué misterio. Una forma
de respetarla es retirándose a tiempo para
no hacer el ridículo. Sobre todo, aquellos
políticos que presumen de tipos duros.
Eso hizo la famosa y actriz de cine Greta Garbo.
Se retiró a tiempo y se ocultaba sobre
todo de los periodistas y fotógrafos. Hasta
el último día de su vida vivió
discretamente su vejez. Se sabía una de
las mujeres más bellas de su tiempo y quería
que la recordaran así. Hoy, Marilyn Monroe,
en sus ochenta años, tal vez hiciera lo
mismo.
Por lo pronto, aunque apenas tengo 67 abriles,
no me haré una foto más. Mucho menos
sonriendo entre los lindos helechos de mi balcón.
Las fotos no perdonan ni dicen mentiras.
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