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CULTURA
Marino con sus amigos
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
Las antologías de la Cuba actual, sobre
todo las referentes a la literatura del patio,
no sólo han sido víctima de caprichos
arbitrarios y juicios prematuros por parte de
sus autores, sino además del dogmático
proceder del gobierno, que a través de
autómatas policías portadores de
las más altas personalidades políticas
recomiendan, con miradas ásperas y opacas
a quiénes hay que echar al cesto de la
basura y quiénes tienen permiso para aparecer
en el papel.
Ni siquiera se salvó aquél famoso
Diccionario de la Literatura Cubana confeccionado
en 1980 por un grupo de intelectuales del Instituto
de Literatura y Lingüística de la
Academia de Ciencias de Cuba, y prologado por
el Dr. José Antonio Portuondo. Resultaron
tan bochornosas las ausencias, que dicho Instituto
se ha visto obligado a hacer una segunda edición
corregida y aumentada.
Hace unos días compré el libro
"Los Hechiceros de los cincuenta", de
la Editorial Oriente, 2005, una compilación
de poesía realizada por el ensayista y
poeta Marino Wilson Jay, nacido en Guantánamo
en 1946.
Según el criterio de Wilson, en la década
del cincuenta sólo se destacaron veinte
poetas. Ni uno más, ni uno menos. Un número
exacto. Ni siquiera entre ellos aparece una mujer,
como Carilda Oliver Labra, Pura del Prado, Nivaria
Tejera, Cleva Solís y tal vez otras.
Confiesa Wilson que tiene el privilegio de ser
amigo de todos los poetas que aparecen en su antología.
Eso quiere decir que no es amigo de los que faltan,
como Alberto Rocasolano, con numerosos libros
publicados, Luis Angel Casas, Jorge Valls, Angel
Cuadra, Gerardo Campanioni, Armando Alvarez Bravo,
David Chericián, Luis Pavón y tal
vez otros. Supongo que tampoco fue amigo de Otto
Fernández y José Martínez
Matos, ya fallecidos y ausentes también
en su libro.
A Marino Wilson, que cuenta con siete libros
de versos publicados, entre ellos "Peligro
aquí se habla de poesía", en
2000 y "Poesía funesta", en 2002,
le falta la experiencia de haber sido un lector
de literatura, precisamente en la década
del cincuenta. Esa experiencia, por desgracia
para él, no la tiene.
Por esa fecha, nuestro ensayista jugaba a la
quimbumbia o empinaba papalotes. Es por eso que
ni siquiera menciona en su libro, ya sea por ética,
respeto o amor a la verdad, quiénes fueron
los auténticos hechiceros de los cincuenta,
reconocidos, aplaudidos y queridos por el pueblo,
a pesar de que algunos de ellos le cantaron a
la Revolución.
En el libro de Marino no hay ni una breve referencia
para ellos: Agustín Acosta, Carilda Oliver
Labra, Francisco Riverón Hernández,
Rafael Enrique Marrero, Luis Angel Casas y tal
vez otros. En cambio incluye en su libro, seguramente
por error, a Rafael Alcides Pérez y Sigifredo
Alvarez Conesa, poetas que comenzaron conmigo
en los quehaceres de la poesía a partir
de 1960.
Decía que muy pocas antologías
de literatura cubana gozan de un verdadero rigor
a la hora de mostrar a los lectores el más
amplio y justo panorama literario que se plantea.
En esas pocas antologías las buenas intenciones
de sus investigadores han chocado siempre con
el iceberg de una política absurda y tonta,
característica del socialismo más
rancio. Sin embargo, creo que éste no es
el caso de Marino Wilson, quien ha excluido de
su grupo de amigos a significativos poetas que
no son disidentes ni se han marchado del país
y que sin duda pasarán a la historia irremediablemente.
Los tales amigos hechiceros de Wilson Jay son
buenos poetas. De eso no hay duda. También
muchos de ellos han sido mis amigos. Pero no por
eso voy a dejar de reconocer que los verdaderos
hechiceros de los cincuenta no fueron éstos
precisamente, sino aquellos otros que, vaya privilegio
el mío, también fueron mis amigos,
mucho más desde el momento mismo que murieron.
De todas formas el libro de Marino es bueno porque
refleja a excelentes poetas cubanos -menos mal
que no dejó fuera del juego a Heberto Padilla.
Lo demás, vamos a perdonárselo.
No olvidemos que cuando los genuinos hechiceros
de los cincuenta leían sus libros de poemas
en muchas partes del país, Marino Wilson
Jay se entretenía empinando papalotes o
jugando a la quimbumbia.
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