PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 6, 2006

CULTURA
Marino con sus amigos

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Las antologías de la Cuba actual, sobre todo las referentes a la literatura del patio, no sólo han sido víctima de caprichos arbitrarios y juicios prematuros por parte de sus autores, sino además del dogmático proceder del gobierno, que a través de autómatas policías portadores de las más altas personalidades políticas recomiendan, con miradas ásperas y opacas a quiénes hay que echar al cesto de la basura y quiénes tienen permiso para aparecer en el papel.

Ni siquiera se salvó aquél famoso Diccionario de la Literatura Cubana confeccionado en 1980 por un grupo de intelectuales del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, y prologado por el Dr. José Antonio Portuondo. Resultaron tan bochornosas las ausencias, que dicho Instituto se ha visto obligado a hacer una segunda edición corregida y aumentada.

Hace unos días compré el libro "Los Hechiceros de los cincuenta", de la Editorial Oriente, 2005, una compilación de poesía realizada por el ensayista y poeta Marino Wilson Jay, nacido en Guantánamo en 1946.

Según el criterio de Wilson, en la década del cincuenta sólo se destacaron veinte poetas. Ni uno más, ni uno menos. Un número exacto. Ni siquiera entre ellos aparece una mujer, como Carilda Oliver Labra, Pura del Prado, Nivaria Tejera, Cleva Solís y tal vez otras.

Confiesa Wilson que tiene el privilegio de ser amigo de todos los poetas que aparecen en su antología. Eso quiere decir que no es amigo de los que faltan, como Alberto Rocasolano, con numerosos libros publicados, Luis Angel Casas, Jorge Valls, Angel Cuadra, Gerardo Campanioni, Armando Alvarez Bravo, David Chericián, Luis Pavón y tal vez otros. Supongo que tampoco fue amigo de Otto Fernández y José Martínez Matos, ya fallecidos y ausentes también en su libro.

A Marino Wilson, que cuenta con siete libros de versos publicados, entre ellos "Peligro aquí se habla de poesía", en 2000 y "Poesía funesta", en 2002, le falta la experiencia de haber sido un lector de literatura, precisamente en la década del cincuenta. Esa experiencia, por desgracia para él, no la tiene.

Por esa fecha, nuestro ensayista jugaba a la quimbumbia o empinaba papalotes. Es por eso que ni siquiera menciona en su libro, ya sea por ética, respeto o amor a la verdad, quiénes fueron los auténticos hechiceros de los cincuenta, reconocidos, aplaudidos y queridos por el pueblo, a pesar de que algunos de ellos le cantaron a la Revolución.

En el libro de Marino no hay ni una breve referencia para ellos: Agustín Acosta, Carilda Oliver Labra, Francisco Riverón Hernández, Rafael Enrique Marrero, Luis Angel Casas y tal vez otros. En cambio incluye en su libro, seguramente por error, a Rafael Alcides Pérez y Sigifredo Alvarez Conesa, poetas que comenzaron conmigo en los quehaceres de la poesía a partir de 1960.

Decía que muy pocas antologías de literatura cubana gozan de un verdadero rigor a la hora de mostrar a los lectores el más amplio y justo panorama literario que se plantea. En esas pocas antologías las buenas intenciones de sus investigadores han chocado siempre con el iceberg de una política absurda y tonta, característica del socialismo más rancio. Sin embargo, creo que éste no es el caso de Marino Wilson, quien ha excluido de su grupo de amigos a significativos poetas que no son disidentes ni se han marchado del país y que sin duda pasarán a la historia irremediablemente.

Los tales amigos hechiceros de Wilson Jay son buenos poetas. De eso no hay duda. También muchos de ellos han sido mis amigos. Pero no por eso voy a dejar de reconocer que los verdaderos hechiceros de los cincuenta no fueron éstos precisamente, sino aquellos otros que, vaya privilegio el mío, también fueron mis amigos, mucho más desde el momento mismo que murieron.

De todas formas el libro de Marino es bueno porque refleja a excelentes poetas cubanos -menos mal que no dejó fuera del juego a Heberto Padilla. Lo demás, vamos a perdonárselo. No olvidemos que cuando los genuinos hechiceros de los cincuenta leían sus libros de poemas en muchas partes del país, Marino Wilson Jay se entretenía empinando papalotes o jugando a la quimbumbia.


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