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HISTORIA
María Cepero
Lucas Garve, Fundación por la Libertad
de Expresión
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- La mención del nombre de María
Cepero despertó la curiosidad de un tan
buen lector y consejero. Dispuesto a servir a
los lectores decidí enrumbar por la calle
Obispo para completar mis averiguaciones del triste
caso. Ahora pienso satisfacer el deseo de Jorge
Dalmau por conocer el destino de María
Cerero, personaje del siglo XVI habanero.
Primero, vale recordar a una amiga ya fallecida,
de habanera raigambre. Mujer de claras luces,
amante de confidencias en la penumbra del bar
del desaparecido restaurante Lafayette. Allí,
Renée me contó, a manera de ejemplo,
cómo suceden episodios trágicos
en circunstancias imprevistas.
Otra mañana, el recuerdo nos llevó
a reiniciar nuestro paseo socrático por
la Plaza de Armas y saborear un café con
leche en un flamante establecimiento, abierto
justo en el sitio donde se encuentra la inscripción
que rememora a María Cepero. Junto a la
tarja escuché el relato.
Para comprender mejor el impacto del hecho en
aquella Habana del siglo XVI, sirva apuntar que
la vida de los habitantes principales de la Villa
era regida por ceremonias católicas. No
obstante, de otros testimonios extraemos rasgos
de la vida que bullía en las calles de
una Villa en expansión que importaba y
exportaba hacia España mercancías,
noticias, tesoros, nobles, siervos, esclavos,
animales, documentos y ordenanzas.
Según actas del Cabildo, fechadas en
enero, mayo y agosto de 1557, constaté
las prohibiciones que "muchas negras y otras
personas" sufrían, pues según
el documento, "andan por las calles bendiendo
longaniças e buñuelos e maiz molido...
e ainsí mismo benden pasteles e tortillas
de maiz e de catibias e conbiene que de aquí
en adelante en el bender de lo susodicho aya horden".
También expresan en otro texto "que
muchas negras esclavas en esta villa an tomado
por trato de tener casa para ospedar e tener taberna
e tabaco lo ques en mucho perjuicio desta Republica"
y condenan lo último con una pena de cincuenta
azotes a la infractora y dos pesos de multa al
amo que la permitiera. Hechos, aunque muy lejanos,
no carentes de un cierto viso de actualidad, por
la presencia de personajes subalternos en actividades
y escenarios emergentes.
De la importancia del comercio para las autoridades
coloniales hallamos también testimonio,
al examinar un dato donde anotan el acuerdo de
un salario de 36 ducados al año al flamenco
Juan de Emberas por anunciar a golpe de tambor
la entrada de barcos en la bahía.
Una vez en el ambiente de la época, vayamos
a los hechos que un día infausto de 1557
acaecieron a Doña María Cepero.
Resulta que la iglesia parroquial mayor, luego
derruida, estaba situada frente a la Plaza de
Armas en aquel entonces, y la señora Cepero,
perteneciente a una de las familias principales
de La Habana, vivía al cruzar la calle,
en la esquina de Obispo y Oficios.
Al salir de una ceremonia religiosa, un tiro
de arcabuz de la guardia utilizada para realzar
el oficio alcanzó a Doña María,
dejándola muerta en el acto.
Su familia, para recordar el fatídico
suceso, colocó una lápida que hoy
es el más antiguo testimonio epigráfico
del país. Consiste en una tarja en forma
de hornacina con una cruz, en altorrelieve y una
inscripción en latín en la parte
inferior a manera de pedestal: "Casualmente
herida por un arma aquí murió Doña
María Cepero. Año 1557. Padre Nuestro.
Ave María".
Al ser demolida la parroquial mayor, la tarja
estuvo instalada en un muro del Palacio de los
Capitanes Generales, después en el patio
del hoy Museo de la Ciudad y años más
tarde, con las obras de restauración de
la calle Obispo, pasó a un muro de la casa
de su familia, actualmente un Café restaurante
llamado La Mina. Así culmina la historia
referente al primer hecho trágico ocurrido
en San Cristóbal de La Habana que ha quedado
eternizado en una lápida.
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