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HISTORIA
Cuando veíamos películas rusas
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- La invasión soviética se nos vino
encima sin avisar. Primero vino Anastas Mikoyan
con una feria comercial, luego, el manual de Nikitin.
Los libros y las películas rusas fueron
el preludio de los misiles nucleares. Nosotros
no vimos los misiles, sólo veíamos
películas rusas.
Nuestros nuevos héroes de la pantalla
no peleaban en las playas del sur del Pacífico,
sino en las estepas del Caucaso o entre las nieves
de Leningrado. En los intervalos entre las batallas
devoraban papas hervidas y humeantes sopas de
col servidas en cuencos de aluminio. En vez de
refrescar la pausa con Coca-Cola bebían
vodka y gritaban hurra!
Los silbidos de La Marcha sobre el río
Kwai fueron apagados por tristes melodías
de acordeones y balalaikas. Nos daban la bienvenida
proletaria al reino de la estrella roja y la colectivización.
Un par de botas enfangadas, una hoz y un martillo
nos esperaban en la puerta.
Tuve las primeras noticias del reino rojo que
nos amparaba lejano en los cines de 40 centavos
de mi niñez: Victoria y San Francisco.
Siempre olían a orines, el aire acondicionado
estaba invariablemente roto y había alguien
que aplaudía cuando en el Noticiero ICAIC
aparecía el Comandante.
En la penumbra, picado por las chinches y las
pulgas, entre jamoneros, pederastas y parejas
que se besaban con desesperación, conocí
a los soldados del Ejército Soviético.
Hasta mi primera novia acudió de mi mano
a conocerlos. Ya no recuerdo bien su rostro, sólo
sé que el final de nuestra inocencia, saludado
en el cielo por las trazadoras, coincidió
con el cruce del Volga por una columna de tanques
T-34.
Al menos eso tenemos que agradecerle al cine
soviético. Las películas rusas,
cual afrodisíacos fílmicos, eran
las ideales para hacer el amor en las maltrechas
lunetas de los cines, las francesas e italianas
distraían nuestra atención, las
de samurai y toreros también, las americanas
se habían ido, parecía que, para
siempre.
De haber puesto más asunto a las películas
de Mosfilm, sabríamos que Stalin -aunque
en la escuela nos enseñaban que era el
Gran Padrecito y que había ganado la Gran
Guerra Patria- era una sombra negra que los congresos
del Partido Comunista Soviético no lograban
exorcizar del todo.
Aquellas primeras películas bélicas
rusas que nos llegaron con las heladas de la tundra
pertenecían al cine soviético del
deshielo. Algunas de ellas, como "El último
disparo", "Cuando vuelan las cigüeñas"
y "La balada del soldado", hoy son clásicas.
Los nombres de directores como Grigori Chukhrai
y Serguei Bondarchuk son pronunciados con respeto.
Debimos haber prestado atención. Chukhrai
nos mostraba historias humanas: soldados que amaban
más a su mujer que al Poder Soviético,
que sobornaban, anhelaban regresar a sus hogares,
hablaban más de la cuenta frente al samovar
y huían ante los tanques alemanes. Todo
inconcebible dentro del Ejército Rojo.
No tuvimos tiempo de reparar en esos detalles.
Estábamos muy ocupados en construir el
paraíso y a la vez, buscando grietas para
escapar de él. Aunque fuera sudados, jadeantes
y vigilando que no nos pillaran, en la butaca
de un cine en medio del tronar de las katiushkas.
Cuando volvimos a mirar a la pantalla, éramos
miembros del CAME y Siberia se había instalado
en nuestros barrios. Había llegado Brezhnev
y terminado el deshielo. Proyectaban las cuatro
partes de Liberación y la asistencia obligatoria
de los estudiantes a la proyección era
otra tarea revolucionaria.
La diferencia era que estaban regresando las
películas americanas y ya Solshenitzin
nos había susurrado como era un día
en la vida de Iván Denisovich en el Gulag.
Hace varias noches, viendo en la TV "La balada
del soldado", sentí nostalgia por
los cines de barrio de mi niñez. Desaparecieron
también, como tantas cosas más.
¿Vuelven las películas rusas?
Anuncian un ciclo televisivo de cine soviético
del deshielo. Tal vez sea del gusto de los generales
que hoy nos rigen. Nuestra helada aún no
termina.
luicino2004@yahoo.com
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