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POLITICA
Invitación oficial
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org).
Mark Twain esta en Caracas. Lo invitaron para
que expusiera sus crónicas mordaces. Las
mismas que arrancan una sonrisa y ponen a la reflexión
en guardia. Su proverbial irreverencia, la sensibilidad
de sus reproches contra vicios y costumbres fuera
de los carriles de la racionalidad, el eficaz
discurso narrativo en función del realismo.
Por eso lo convidaron a reunirse en Venezuela
y juntar su obra a la del argentino Atilio Borón,
el franco-español Ignacio Ramonet y la
del cubano Roberto Fernández Retamar. Un
trío unido en un denominador común:
la descalificación del modelo capitalista
y el énfasis en criticar- con la mayor
virulencia- a los Estados Unidos.
Mark Twain no es un apátrida, ni alguien
que odia a su país. Simplemente cuenta
con el sagrado derecho de expresar sus puntos
de vista, de escribir sus historias al margen
de censuras y objeciones.
Con la sátira describe el mundo imperfecto
de la sociedad, los excesos derivados de las inextinguibles
bajas pasiones que medran en gran parte de la
humanidad, la discriminación. Todo ello
perfilado con la agudeza del talento y la voluntad
de reflejar los pormenores de una época.
¿Podría haber realizado su obra
en la Cuba actual? De haberlo intentado hubiera
terminado en la cárcel, el ostracismo o
el destierro. Tres itinerarios con una lista interminable
de viajeros.
Hugo Chávez le ha cursado una invitación
oficial porque es norteamericano y pone al desnudo
las faltas que observó en su tierra natal.
¿Oportunismo o manipulación?
Mark Twain dejó de existir en 1910, es
decir que el grueso de su literatura fue escrita
en el siglo XIX. Por tanto, de acuerdo a razonamientos
basados en la lógica, los problemas de
antaño nada tienen que ver con los de hoy,
a pesar de las intenciones de "trasvolarlos"
mecánicamente como arte de magia.
No es mi vocación inclinar la balanza
a favor de los Estados Unidos, pero nadie puede
abstraerse de que ahora-más que ayer- existen
voces disidentes tanto en la prensa y la sociedad
civil como en la intelectualidad y la política.
Parte de las crónicas del narrador anglosajón
se exhiben en la II Feria Internacional del Libro
de Venezuela donde Cuba ostenta la condición
de invitado de honor. Los libros presentados son
producidos por el fondo cultural de la Alternativa
Bolivariana de las Américas (ALBA). No
estoy seguro si Twain- en vida- hubiese aceptado
estar allí. De haber asistido, me vería
en la obligación de comunicarle varios
nombres de colegas cubanos, vivos y muertos, que
permanecen borrados de los catálogos de
escritores debido al contenido de sus obras.
Algunos son resucitados años después
de su fallecimiento. Tal práctica se inserta
en la modalidad que marca la impronta de un estilo.
Los cadáveres no molestan, son partes del
instrumental para legitimar políticas e
inyectarle nuevos bríos a la propaganda.
No es por gusto que me refería a Twain
en presente a inicios del artículo. Lo
hice porque prefiero memorizarlo en un paseo por
los bosques de Missouri, de donde fue oriundo
o en un plantel de la Universidad de Oxford recibiendo
el doctorado Honoris Causa tres años antes
de su deceso.
Sinceramente no lo imagino disertando- con sosiego-
en la feria caraqueña. Lo haría
en un país que cierra espacios de concertación
y desvirtúa la esencia democrática.
Su visión dista de congratularse con los
empeños autocráticos. El fue un
cronista de ley, un adalid del humor cáustico,
un creador genial de historias que perduran en
el tiempo.
¿Qué puede tener Twain en común
con el ALBA?, esa entelequia que ilustra el despuntar
de la luz, pero que en definitiva es una cortina
en el umbral de las tinieblas.
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