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CULTURA
Golpeando la memoria
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- "Golpeando la memoria", Ediciones
UNION, 2005, es un libro testimonio escrito por
Daisy Rubiera Castillo, investigadora y ensayista
cubana que narra la vida de la poetisa y escritora
de novelas radiales Georgina Herrera (1936), una
mujer, que, como dice el prólogo, es además
"una pequeña llamita ardiendo desde
hace setenta años".
Conocí a la poetisa en aquella famosa
Casa de los Poetas, situada en Cuarteles 52, en
la Habana Vieja, a pocos pasos de La Loma del
Angel, donde Cirilo Villaverde inmortalizó
en 1839 a su Cecilia Valdés. Allí,
pero en 1958, escuché a Georgina leyendo
con miedo y timidez sus poemas, mientras Francisco
Riverón Hernández, Carilda Oliver
Labra, Luis Angel Casas, Manuel Díaz Martínez,
Raúl Ferrer, Rafael Enrique Marrero, el
periodista de Bohemia Bernardo Viera, Angeles
Caíñas, dueña de aquella
casa colonial y muchos otros, nos reuníamos
cada sábado a las ocho de la noche para
leer versos y hablar de literatura.
Luego continuó nuestra amistad sin tropiezo
alguno durante largos años, porque Georgina
es uno de esos seres -así lo recuerdo-,
que no habla en voz alta, solitaria, equilibrada,
silenciosa, lenta e inspiradora de confianza.
Fue una amiga, lo confieso cerca del final de
nuestras vidas, a quien nunca llegué a
conocerle su universo interior. En una ocasión,
cuando me confesó que amaba secretamente
a su amante, un pintor mucho mayor que ella, no
dejó de sorprenderme, acostumbrada a ver
imperturbable su corazón.
Alberto Rocasolano, uno de nuestros mejores
poetas e investigadores literarios, destaca que
la poesía de Georgina "
veraz
y auténtica, transcurre como en silencio,
pero situada en sitio perdurable."
Si ha podido mantenerse en ese mundo convulso
de la intelectualidad cubana por espacio de 47
años, menospreciado por la nomenclatura
y saturado de policías políticos
que espían sobre todo al que tiene criterios
propios, ha sido porque mi amiga Georgina es también
una de esas personas que aguantan carretas y carretones
sin chistar, de las que se sientan en la última
fila de una reunión para no llamar la atención
de nadie.
En su libro "Golpeando la memoria",
no deja de confesar lo mucho que se ha sentido
rechazada por ser negra, a pesar del castrismo,
que tanto presume de haber abolido el cáncer
de la discriminación racial. Y era lógico.
La Sección de Literatura de la Unión
Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, a la
que pertenece, tenía entonces en su membresía
cerca de doscientos miembros -dicen que hoy son
más de quinientos-, mientras que los escritores
negros no pasaban de diez.
"Golpeando la memoria es un libro ameno",
lleno de vivencias que estremecen y desgarran.
Como toda muchacha pobre de pueblo, la vida de
Georgina transcurre igual o peor, sólo
que la suya es diferente: escribe poesía
y mira más allá de los pájaros
que vuelan.
Me dolió en lo más hondo cuando
leí que, de adolescente, se apretaba la
nariz con un palito de tender ropa para tener
una nariz de blancos, cuando la supe rebelde ante
la tiranía del padre, cuando reconoce la
necesidad infantil de creer en los Reyes Magos,
cuando su madre le aconseja que no escriba sobre
el amor, cuando recuerda con nostalgia los vagabundos
y los vendedores ambulantes de Jovellanos, su
pueblo natal. Pero sobre todo, me dolió
Georgina cuando un día me contó
en plena calle la muerte de su hijita, de mirada
y sonrisa vivaracha, que recuerdo.
Es por eso que le perdono cualquier cosa a esta
amiga, que al parecer ya no lo es, porque nos
separa la triste realidad de nuestro pueblo. Ella
se ha quedado del lado de los poderosos y yo del
otro. Hasta le perdono que en su libro "Golpeando
la memoria" no le agradezca a aquél
noble y generoso amigo que teníamos en
común, el poeta Francisco Riverón
Hernández, el hecho de haberla dado a conocer
en la Casa de los Poetas, como él también
hizo conmigo. Cuando menciona al amigo muerto,
de pasada, ni siquiera se acuerda de su nombre
completo. ¿Lo olvidó acaso porque
durante los primeros años de la Revolución
fue Riverón el primer poeta en escribir
poesía disidente, por haber sido reprimido
salvajemente -sólo por eso- por agentes
de la Seguridad del Estado?
Guardo con mucho cariño un libro deteriorado
y viejo titulado "Gitana", del poeta
y periodista independiente cubano Rafael Alcides.
Me lo dedicó así en 1962: "Gracias,
Tania, muchas gracias." Sólo él
y yo sabemos por qué estamos agradecidos
uno del otro. Es muy linda la gratitud.
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