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Viaje
al pasado y rescate de La Habana
Raúl Rivero, El
Nuevo Herald, 5 de noviembre de 2006.
M adrid -- En esta España que ante los
contratiempos dice todavía ''más
se perdió en Cuba'', acabo de volver al
pasado de Cuba. Me llevó en ese viaje Andy
García con el poder evocador del cine,
con una historia familiar desgarradora y una música
de coro griego que apuntaló cada episodio
para que la emoción no abandonara ni un
instante los recuerdos. Vi esta semana La ciudad
perdida.
La vi sin moverme de la butaca porque, desde
que empezó, yo entré en la pantalla,
en los escenarios queridos y cercanos de La Habana
que el gran actor y director cubano reconstruye
con vocación de poeta y precisión
de arquitecto sobre un guión de Guillermo
Cabrera Infante, el hombre que salvó esa
ciudad y la reinventó con un material que
no cree en el tiempo: la palabra.
Nadie debe creer tampoco en mi imparcialidad,
ni en la de ningún cubano que hable de
la película porque nos implica a todos
y nos hace perder distancia, imparcialidad y razón.
Nos pone frente a un época que cambió
la historia de la nación porque después
que se anunciaron todas las esperanzas de libertad,
la hundió en la pobreza y la mediocridad
y lanzó a la cárcel a miles de personas
y al exilio a casi un 20 por ciento de la población.
No se pueden volver a vivir --revivir-- esos
momentos si no es con un especial registro de
pasiones, entre otras cosas, porque ahora, en
pleno siglo XXI, sabemos todo lo que iba a pasar,
lo que ha pasado, a partir del momento en que
coinciden en el mapa de la isla una dictadura
que se acaba y otra que empieza.
Puedo decir que, en el plano personal, me queda
objetividad para decir que me parece auténtica
la atmósfera, creíble y habanero
el entorno urbano que facilitó Santo Domingo,
de primera línea la fotografía,
la dirección artística, el vestuario
y la actuación de Andy García.
Para Inés Sastre tengo un párrafo
aparte porque no la vi a ella en el complejo personaje
que le dieron. Vi en todas sus escenas a una muchacha
cubana, atrapada entre la confusión y la
muerte, como le pasó en la vida real a
una generación de muchachas que son por
estos días señoras que miran las
fotos empañadas de cómo eran ellas
cuando fueron como es Inés Sastre en la
película.
Andy García, el músico, tiene otro
sitio estelar en la película. Su sensibilidad,
su inteligencia al seleccionar las canciones y
los personajes y su maestría en la mezcla
de sonidos donde es importante la voz de Bola
de Nieve, Benny Moré y Rolando Laserie,
el llanto de un niño y el estruendo de
las ametralladoras.
Por estos días el filme invade los cines
de la península. Yo he recomendado a mis
amigos españoles no ver La ciudad perdida
en compañía de cubanos adultos porque
a mí esa experiencia me llevó al
recuerdo de una expresión devastadora que
era común en ciertos sectores de la población
criolla en los años 50: "¡Qué
buena estaba la película, cómo lloré!''
Andy García y su amigo Guillermo Cabrera
Infante han resucitado una ciudad y un tiempo
y ahí nos han puesto a vivir a todos otra
vez. Esa estadía a mí me hizo reflexionar
acerca de la imposibilidad de rediseñar
el tiempo que ya hemos vivido. Es verdad que no
se puede cambiar el pasado, pero se puede preparar
el porvenir.
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