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Los
moribundos tercos
Carlos Alberto Montaner, El
Nuevo Herald, 5 de noviembre de 2006.
El sábado 28 de octubre Fidel Castro llamó
a los corresponsales de CNN en La Habana para
demostrar frente a las cámaras de televisión
que estaba vivo. En realidad, casi demuestra lo
contrario. El espectáculo fue muy penoso:
vimos a un anciano senil, con el rostro desencajado,
que leía el diario con dificultades, decía
tonterías en tono grave (''vivimos en un
mundo muy complicado'') y caminaba como una momia
escapada de la tumba en una película mexicana
de Juan Orol. Además, para probar que seguía
al mando de la nave, notificó que estudiaba
por televisión los serios conflictos del
planeta y tomó el teléfono y simuló
que llamaba a un subalterno. Esto, seamos objetivos,
lo hizo bien. Se colocó el auricular en
la oreja y el micrófono en la boca. No
se equivocó.
Poco antes de conocerse el testimonio fílmico
del pésimo estado de salud físico
y mental del Comandante, el coronel Hugo Chávez,
que no se ahorra una sola oportunidad de decir
cosas disparatadas (¿será un siniestro
agente de la CIA?), probablemente con la intención
de animar a su amigo moribundo, afirmó
que Fidel Castro es un incontrolable viejo verde
(supongo que verde oliva) que enloquece frente
a las bellas azafatas del avión presidencial
y las ataca. Según Chávez, Fidel
es un atacón, nombre con que en la jerga
cuartelera de Venezuela se designa a los acosadores
sexuales. Chávez, claro, no señalaba
este comportamiento con ánimo de censurarlo,
sino con la mayor admiración. Pero ahí
no terminaba la historia: tras revelar los espasmos
de testosterona de Castro, Chávez agregó
otra supuesta hazaña, esta sí evidentemente
falsa: Fidel Castro --dijo--, ya recuperado, sale
de noche a recorrer los pueblos de Cuba. Algo
que no puede ser cierto: si Fidel Castro, en medio
de la oscuridad, caminando y moviendo los brazos
tal y como lo mostró la televisión,
se le aparece a un cubano desprevenido, lo mata
instantáneamente de un infarto.
Para Raúl Castro y el resto de los herederos
de la dictadura, la terca insistencia de Fidel
en seguir más o menos vivo, sin apartarse
totalmente del poder, comienza a ser un grave
problema. Durante los primeros tres meses del
traspaso de autoridad --que ya transcurrieron--
para ellos era conveniente que el Comandante continuara
respirando. Eso le dio espacio, tiempo y sosiego
a Raúl para ocupar las instituciones, colocar
a su gente y comenzar a gobernar. Comprobó,
además, que la ciudadanía no tiene
la menor intención de lanzarse a las calles
a protestar, y que en los cuarteles tampoco hubo
nada que se pareciera a un ruido de sables. Los
temores principales, pues, quedaron descartados.
Pero, a partir de este punto, Fidel Castro ya
ha dejado de ser un ángel tutelar y se
ha transformado en un inconveniente. No sólo
porque hay que consultarle las decisiones más
importantes (y hasta algunas insignificantes),
pese a que su capacidad de raciocinio, que nunca
fue excesiva, ha disminuido sustancialmente, sino
porque toda la cúpula de poder tiene que
tratar de descifrar qué es lo que haría
o hubiera hecho el Comandante ante cualquier problema
concreto.
En la historia contemporánea sólo
recuerdo tres casos parecidos. El primero fue
el del dictador portugués Antonio Oliveira
Salazar. Comenzó a gobernar con mano de
hierro e ideas fascistas en 1932, pero en 1968
se cayó de una silla y se dio un golpe
en la cabeza que prácticamente lo descerebró.
No murió hasta 1970, pero inconsciente
y en estado vegetativo, la inercia de su autoridad
continuó gravitando sobre su sucesor, el
pobre Marcello Caetano, impidiéndole efectuar
las reformas que el país necesitaba con
urgencia. En España, poco después,
Francisco Franco, aunque ya era un hombre enfermo
y sin reflejos, se negó a apartarse del
poder hasta su muerte (1975), hecho que acaso
de alguna forma contribuyera a acelerar la posterior
descomposición del franquismo. Pero acaso
el más significativo de los episodios del
fin de los dictadores tercos haya sido el del
tunecino Habib Bourguiba. El creador de la República
de Túnez (1957), declarado presidente vitalicio
en 1975, enloqueció de viejo en el poder,
hasta que en 1987 le colocaron una camisa de fuerza
y se lo llevaron dando gritos de la casa de gobierno.
Fue el primer golpe de Estado psiquiátrico
que recoge la historia. Es posible que a Fidel
Castro tengan que hacerle algo parecido. Es como
el perro del hortelano. Ni gobierna ni deja gobernar.
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