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El
fruto deleitoso de la justicia*
William Navarrete. Tinte
Literario, Octubre de 2006.
La publicación en un solo volumen de cuatro
ensayos magistrales del economista cubano Raúl
Maestri Arredondo (La Habana, 1908 - Manassas,
Virginia,1973) publicados hace más de medio
siglo, en Madrid el primero y en La Habana los
restantes, es, por varias razones, un acontecimiento
mayor para los historiadores y estudiosos del
pensamiento político en Cuba, y por extensión,
en el mundo hispánico.
Desde que entré en conocimiento, gracias
a mi amistad con Regina H. Maestri, viuda del
autor, de la existencia de las cuatro obras capitales
que hoy compilamos, temblé ante el abismo
que separaba al valor, el peso y la magnificiencia
del trabajo de Raúl Maestri y el desconocimiento
involuntario u olvido malintencionado, incluso
entre los corifeos de la cubanología, no
digo ya de la existencia, sino de la vida misma
de este hombre extraordinario. Debo aclarar que
un primer intento de rescatar a la figura de Maestri
se concretizó en un ensayo que le fuera
dedicado por su amigo, el escritor José
Ignacio Rasco y que quedara plasmado en el volumen
de estudios republicanos cubanos 1902-2002 Centenario
de la República Cubana (Ed. Universal,
Miami, 2002) que con motivo de esta magna conmemoración
publicó la asociación que para estos
efectos fundáramos Javier de Castro y quien
escribe en las postrimerías del Centenario.
Sin embargo, a la excepción del mencionado
ensayo y la generosa fidelidad de su autor, las
tintas no corrieron y nada más se oyó
decir, ni en meras citaciones, de la figura cimera
a la que con orgullo y sentido de responsabilidad
hemos entregado junto a la editorial Aduana Vieja
no pocas horas de intenso trabajo para su rescate.
Las obras de Raúl Maestri que volvemos
a abrir para Cuba y para el mundo son, siguiendo
el orden cronológico de sus ediciones príncipes:
El Nacionalsocialismo alemán (Ed. Biblioteca
Nueva, Madrid, 1932), Notas de la URSS (Ed. José
Montero, La Habana, 1936); Arango y Parreño:
el estadista sin Estado (Ed. Publicaciones de
la Secretaría de Educación, La Habana,
1937) y La prensa y los nuevos problemas de la
cooperación hemisférica (Ed. Diario
de la Marina, La Habana, 1941).
Tal vez quien mejor resume la razón del
incomprensible olvido de Raúl Maestri sea
el propio José Ignacio Rasco al recordar
en su ensayo que en medio de la abundancia o variedad
de temáticas cubanas "el bosque no
deja ver el árbol". Y de ello se trata
al hablar de este insigne cubano, de un árbol
cuyas raíces han bebido en la fuente del
saber, en la Alemania de entreguerras donde fue
alumno del profesor austríaco Joseph A.
Schumpeter, en la Universidad de Heidelberg; en
la propia España de Ortega y Gasset, con
quien se relaciona durante su paso por Madrid
y quien escribe un entusiasta prólogo e
insta al joven cubano a la publicación
de El Nacionalsocialismo alemán; o en la
propia Universidad de La Habana donde se gradúa
de Derecho y publica su tesis "El latifundio
en la economía cubana" (1929).
Árbol fructífero de su tiempo,
Raúl Maestri escondía sin saberlo
en el abundante follaje de su conocimiento al
enemigo celoso de su estrella. Entre cubanas querellas
El Nacionalsocialismo alemán, profundo
estudio de las bases de esta ideología
escrito en Colonia, valiente desafío que
desmantelaba antes de su triunfo el carácter
propagandístico de la misma y premonición
escalofriante de la fuerza destructora que significaría
para Alemania y para el mundo, fue, por así
decirlo, un libro que pasó con más
penas que glorias en la "piñita"
de la élite intelectual de la Cuba que
giraba sobre la sempiterna órbita de su
propio ombligo, siempre fuera de la órbita
que regía y rige el destino del orbe.
El Nacionalsocialismo alemán, siendo probablemente
el mejor libro en letras hispánicas que
hasta ese momento denunciara al nazismo, con instrumentos
tan precisos que aún hoy me parecen más
propios de la disección científica
que de sus remedos pamplinescos, quedó
soslayado, aún sin que se le leyera, por
el simple hecho de llevar en su portada la imagen
del Führer saludando (y saludado) por las
enardecidas masas poderosas y anónimas
de la Jugendbewegung y del Sturnmabteilungen alemanas.
En el follaje frondoso de la sabiduría
de Maestri se camuflaban, muy a pesar de él
y bajo éste u otro pretexto, los envidiosillos
de siempre: los que sabían que aquel cubano
había dado el salto que exige del pensador
tocado por la gracia el selecto círculo
de hombres universales, abarcadores y hacedores
de historia. Y le faltó tal vez valor al
autor para elevar, en medio de aquel recelo y
hostilidad rival, y con la misma fuerza con que
lo hizo en su libro en contra del embaucador nazi,
la voz de su propia defensa. Con ello quiero dejar
dicho que los cubanos no sólo perdimos
a Raúl Maestri entre las ramas oscuras
de revoluciones, censuras, éxodos y exilios
posteriores, sino que lo perdieron también
aquéllos, y nosotros, en lo que tal vez
hubiera sido el mejor libro sobre la ascención
y la caída de la Alemania Nazi, si se hubieran
abierto, como lo merecía, de par en par,
las puertas a El Nacionalsocialismo alemán,
premonitor y agudísimo.
Y es que leer en los albores de un nuevo siglo
el enjundioso ensayo que inaugura esta compilación
significa entender, desde sus inicios mismos,
al nacionalsocialismo en el contexto del existencialismo
del alemán, del pueblo que buscaba su derrotero
con una visión épica y una esencia
trágica de su historia entendida como avatar.
Ahí están, enumeradas y profundizadas
por Maestri las premisas de su éxito inicial,
de sus accidentes y lecciones superadas, de sus
estrategias y elecciones políticas, de
su ausencia de programa racional y de su panfletaria
promesa de desquite y mejoría, de su mella
gradual en la psicología del alemán,
de la estricta responsabilidad histórica
de un caldo de cultivos económico y social
generado tras la derrota humillante de una fallida
primera guerra, unido a una propensión
de carácter grosso modo nacionalista que
permitió que una ideología de escamoteo
germinara y floreciera en amplios sectores aparentemente
incompatibles.
Lo aclara Maestri en las primeras páginas
de su ensayo: "Alemania fue entusiásticamente
a la guerra, como a una cruzada o a una romería".
Con un análisis estricto del vacío
que gangrenaba a las diferentes fuerzas políticas
alemanas, el autor estudia con objetividad la
opción alentadora que podía significar
una ideología germanizante (esencialmente
antisemita), demagógico-idealista, "lirista"
y nacionalista de raíz étnica y
popular que amnistiara al sentimiento de frustación
y de dependencia de una nación de pasado
imperial. Cabe recordar, como lo hace Maestri,
que a las causas faltaban un cauce y un encauzador,
o sea, el héroe mítico, que a la
imagen de Federico de Prusia que se autodeclaraba
"Criado del pueblo", añadiera
la aspiración del hombre alemán
saturado de cultura (no necesariamente culto)
de satisfacer su debilidad "primitiva"
por la vía de los atributos marciales,
la disciplina y sobre todo, la obediencia ciega.
Al vuelo, Raúl Maestri roza, y en ocasiones
ahonda, en consideraciones que asombran por la
contemporaneidad de sus enunciados. Cito, por
ejemplo, la conciencia clara con que evoca la
vaguedad de criterios que definen como "izquierda"
o "derecha" a las fuerzas motoras de
la vida política de un país. También
la acuciante sospecha de la fragilidad de la democracia
desde su concepción misma y sus facilidades,
o aún la inercia de la masa de electores,
absorta por el caos político, y en consecuencia,
incapaz de ofrecer nuevas disyuntivas al tablero
político de una nación. En el caso
específico del nacionalsocialismo alemán
lo deja muy claro: "[...] ha alcanzado una
condensación de energías tal, que
no se disolverá fácilmente 'sin
intentar antes' su plena realización".
El entrecomillado dentro de la frase es mío,
por cuanto deseo recalcar que ese 'intento' que
destaca Maestri, no fue otro, pocos años
después, que la expansión y la guerra.
Con el segundo libro, Notas de la URSS, sucede
que se trata de una compilación realizada
por el propio Maestri de artículos publicados
en el Diario de la Marina, en el semanario Orbe
y en la revista mensual Grafos. Todos ellos frutos
del viaje de cinco semanas que, en 1932, saliendo
en tren desde Berlín, realizó por
las ciudades soviéticas de Leningrado,
Moscú, Rostov, Charkov y Kiev.
Los artículos de Maestri sobre la "revolución
de los Soviets", vistos desde la perspectiva
de nuestro tiempo, a más de una década
del desmoronamiento del comunismo y la apertura
de los archivos del horror estalinista, pudieran
tildarse, sin temor a equivocarnos, de ingenuos
e, incluso, connotadores de cierto entusiasmo
con respecto al sistema que se ponía en
marcha en la Unión Soviética de
entonces. Raúl Maestri reconoce en no pocas
ocasiones la incompatibilidad entre la aspiración
teórica del sistema que se intenta construir
y la realidad distante de sus resultados inmediatos.
Mas no se adelanta, ni se esclarece, en sospechar
que la maquinaria demoledora del régimen
soviético escondía una razón
dictatorial de mayor envergadura. Su viaje a la
extinta Rusia y su asombro honesto son, ideológicamente
hablando y a los efectos del periodismo resultante,
equiparables a los errores cometidos, en un inicio
también, por el filósofo francés
Jean-Paul Sartre después de sus dos viajes
a la Cuba de principios de los sesenta.
Ahora bien, de la misma manera que Raúl
Maestri, de educación y modo de vida burgueses,
conocía las deficiencias y estado crítico
del capitalismo incipiente cubano y las profundas
dificultades del mismo sistema en un orden internacional;
de la misma manera con que pudo predecir el movimiento
de fuerzas políticas alemanas que zanjarían
el camino para el triunfo devastador del fascismo;
no logró, tal vez falto de precedentes
o demasiado embuido por la lectura de teóricos
del marxismo, descifrar en medio de la demoledora
realidad soviética, las tenazas de hierro
que se cernían sobre la libertad del espíritu
y el derecho individual a la emancipación.
Tampoco así las ínfulas imperiales
del régimen de Moscú.
Al margen de estas consideraciones, me parece
justo anotar que al menos treinta y cuatro de
estos artículos, fueron publicados durante
los meses de noviembre y diciembre de 1932 en
el Diario de la Marina, bajo el consentimiento
de su director José Ignacio Rivero. En
cierta medida, semejante disposición en
las páginas de un diario tradicionalmente
tildado de conservador por la propaganda del totalitarismo
cubano de hoy, no puede resultar más que
sorprendente, a la vez que deja clara evidencia
de la saludable libertad de prensa en la Cuba
republicana.
Quizás en este sentido el artículo
más esclarecedor de cuantos integran este
segundo libro sea "Dictadura y democracia".
En él emerge la contradicción que
el joven Maestri, de apenas veinticuatro años,
no pudo resolver entonces. "La dictadura
soviética es férrea", nos dice,
y enumera el estado de constante sobresalto, de
miedo, de delación y de desconfianza en
que vive el hombre soviético, vigilado
día y noche, por las siniestras oficinas
de la GPU y por los propios ciudadanos. Nos cuenta
incluso que el material fotográfico del
que disponía tuvo que entregarlo a los
servicios de inteligencia para que censuraran,
sin justificación verbal alguna, las imágenes
que no deseaban dejar salir del país. Sin
embargo, al final de ese mismo artículo
incurre el propio autor en el error de considerar
que la democracia y la libertad, tal y como son
concebidas del otro lado de la cortina de hierro,
son un lujo que determinadas sociedades en perpetuo
estado de acoso, como la soviética, no
pueden permitirse. Es el mismo razonamiento que,
décadas después e incluso más
allá de la caída del muro de Berlín,
practican no pocos intelectuales de Occidente
con respecto a Cuba en su hipotética posición
defensiva con respecto a Estados Unidos.
Finalmente, otro artículo, "De puertas
adentro", describe sin subterfugio alguno
el estado calamitoso de la vivienda y de la vida
privada (inexistente) en la URSS. En él
descubrimos la naturaleza honesta de Maestri que
no oculta al lector cubano las inclemencias del
sistema describiéndolas de forma descarnada
y sin ápice alguno de simpatía.
Este artículo, y otros en los que aflora
ya el impacto de las garras del sistema político,
permiten crear un balance justo de la obra. No
creo que Raúl Maestri estuviera vendiendo
la imagen del sistema para que se implantase en
otras partes del planeta. Más bien me parece
que estaba intentando comprender y descifrar,
o a lo sumo justificar, el contexto en que había
surgido el mismo. Probablemente sea éste
el punto débil de la visión histórica
del eminente cubano, o sea, el hecho de recurrir
(en el caso de la URSS) a un método comparativo
que supone que cualquier desmán o atrocidad
inherente al sistema sería poco si se le
comparara con el régimen precedente, en
este caso, el zarismo. El mismo error lo siguen
cometiendo, décadas después, ilustres
del pensamiento universal cuando al referirse
a la Cuba contemporánea se aventuran en
similares balances restrospectivos.
El tercero de los ensayos de Maestri que publicamos
concierne directamente a Cuba y en específico
a la notoria figura de quien, de alguna manera,
puede ser considerado nuestro primer economista
de preclaro juicio: Francisco de Arango y Parreño
(1765-1837). Se trata de una conferencia conmemorativa
del centenario de la muerte del mismo y, en mucho,
deudora de las investigaciones emprendidas por
el autor para su tesis de doctorado.
Francisco de Arango y Parreño fue, en
su tiempo, el dueño del central azucarero
más grande del mundo. Además de
plantócrata de primer orden fue también
el primer gran estadista de América, cabal
conocedor de las leyes de la economía y
del efecto nocivo de las cláusulas monopolizadoras
de la metrópoli española sobre la
economía de las colonias. Medio siglo después,
otro brillante economista cubano, Manuel Moreno
Fraginals, apuntó que el Discurso sobre
fomento de la agricultura en La Habana (1787),
obra de Arango y Parreño, era "una
lección de economía, franca, sin
más preocupaciones éticas que el
dinero ni más objetivos que la producción
de azúcar a bajo costo". Fue también
el primer tratado en castellano que analiza técnicamente
el manejo de una empresa fabril.
Ignoro si Moreno Fraginals conocía el
trabajo de Maestri. En todo caso, no lo cita,
y sus fuentes parecen atenerse exclusivamente
a las bibliografías activas. Sin embargo,
una vez más, Raúl Maestri se adelanta,
sin por ello ser reconocido, a lo que luego se
ha dado por letra acuñada, y que no pocos
repiten como propia cosecha.
De este modo, el tercer ensayo de este libro
abarca la dimensión del homenajeado en
ámbitos relacionados con la economía,
la sociedad, la cultura y la política.
En ellos, sin proponérselo, por puro instinto
cívico y apego a su tierra, Arango y Parreño
disertó y dejó abundante material
que en sus inicios no había concebido para
la publicación. Maestri, conocedor de las
cuestiones de historia cubana, ofrece la muy aguda
apelación de "Estadista sin Estado"
al hombre que de haber crecido en otro contexto
hubiera podido aplicar y hacer aplicar sus ideas
novedosas y su amplio sentido pragmático
de la economía.
Finalmente, el cuarto trabajo aquí compilado,
La prensa y los nuevos problemas de la cooperación
hemisférica, resume la larga intervención
de Maestri en la Escuela de Periodismo de la Universidad
de Missouri, durante la trigésimasegunda
Semana del Periodismo, ocurrida entre el 13 y
el 17 de mayo de 1941. Desde aquella tribuna,
Maestri, también periodista, representaba
al Diario de la Marina, órgano de prensa
para el que trabajaba y del que fue su Vicedirector.
Resulta muy halagüeño constatar que
el representante del diario más importante
de Cuba aprovecha la circunstancia de aquella
reunión para crear un estado de opinión
entre sus congéneres americanos favorable
a la libertad económica de Cuba y el interés
de Estados Unidos de reestructurar la balanza
de comercio cubanoamericano en beneficio de ambos
países. Digo esto, porque lejos de proclamar
los méritos del diario que representaba,
olvidándose incluso de ensalzarlo como
cualquier periodista al servicio de su directiva
hubiera hecho, Maestri sacrifica la valorización
de las páginas cotidianas y de su larga
historia, para extender argumentos de interés
continental y de particular necesidad para el
bienestar económico de la Isla.
Y no sólo recalca y recava ayuda para
estos fines mediante lo que conscientemente asocia
a un instrumento de utilísimo "poder"
(la prensa), sino que expone criterios económicos
certeros que diversificarían la economía
cubana y evitarían un sismo económico-político
en la vida futura de la nación. Tal premonición
resulta admirable y sorprendente.
Hasta aquí, el hombre actor de la República,
siempre pendiente de Cuba y de la salud de las
relaciones internacionales con vista al progreso
y al desarrollo ascendente del hombre. Más
de una década de exilio, en la que también
se destacó como consejero para Asuntos
de América Latina del Banco Mundial, bastó
para que su extensa y válida labor se diluyera
en el fondo, a veces impenetrable, de ese cajón
de sastre de seres ilustres que ha dado Cuba,
de los que hoy apenas se citan nombres.
Por eso, al preparar este prólogo y rastrear
a través de lecturas y muchas horas de
conversación sobre la personalidad que
nos ocupa, me ha embriagado la certeza de que
este libro implica, como ciertos trabajos de arqueología,
un renacer civilizador para la verdadera historia
de Cuba y para los que desde décadas futuras
se enfrentarán a la reconstitución
de su lugar preponderante y de su enorme caudal
de ideas.
Ya no es Raúl Maestri aquel señor
agraciado por la sabiduría que paseaba
la soledad bajo las ramas secas de su exilio invernal
a la espera de los cerezos en flor. Del follaje
de ese tronco abaluartado de nuestra historia
han brotado, sin hojarascas, las ramas reverdecidas
de su propia labor. Puede el cubano insigne y
el humanista universal alcanzar ya, de su propia
mano, esté donde esté, el fruto
deleitoso de la justicia.
* Prólogo de la edición de Obras
Escogidas, de Raúl Maestri, Editorial
Aduana Vieja, Valencia, 2006.
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