PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 7, 2006

CULTURA
Acerca del fulgor de Beatriz

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - A Beatriz del Carmen Pedroso-Camagüey, 8 de mayo, 1952- me unen muchas cosas: el amor a la poesía, a la vida, a la libertad, e incluso al mismo signo zodiacal. Es por eso que pertenecemos al Movimiento de Derechos Humanos de Cuba. Somos pues, como se dice vulgarmente, mujeres de armas tomar, como lo fue Juana de Arco, la Manuelita amante de Bolívar y muchas otras, esas que a lo largo de la historia han preferido sentarse a horcajadas para cabalgar, en vez de usar albarda o silla.

El otro día Beatriz me regaló su libro de versos "El fulgor de la vida", publicado por la Editorial Carta de Cuba, en Miami, 2002. Anoche, sentada a la luz de mi lámpara, lo leí completo. Fue como escucharla decir su poesía, la primera que hace entre el fuego, el acoso y las amenazas de un gobierno que no cesa de llamarnos mercenarios en vez de verdaderos disidentes, para desgracia suya, pacíficos.

Hay muchos grandes poetas que no soportan que le mencionen su primer libro. Recuerdo a Heberto Padilla, con Las rosas audaces, a Fayad Jamís, con su libro La brújula y las incomodidades que sufría Nicolás Guillén cuando le recordaban un verso de su poema titulado Laca. El fulgor de la vida es el primer libro de Beatriz del Carmen. Sin embargo, estoy segura de que jamás tendrá motivos para arrepentirse de él.

Se trata de poemas con una fuerte dosis de sensualismo, serenidad y hondura de pensamiento. A partir de su "ciudad en ruinas que antaño fuiste luna", amante ella de la vida ante una ciudad enferma, Beatriz recorre la realidad de su país con verdadera inquietud, con mirada vital e inconforme, porque lo requiere con buena salud y dicha, casi perfecta.

Sufre esta poetisa, de alma sensible y tibia, la devastación de su entorno, la maledicencia social, el caos que se avizora a través de la ventana de su humilde apartamento en La Habana y quiere, con sus manos de hacer la poesía, ponerle punto final a la barbarie que le toca el corazón y la lastima.

Beatriz pertenece a esa gran legión de cubanos inconformes que ha tenido como valor y destino quedarse hasta el final. ¨ Hasta el último momento -dice-. Para darles vivas a los muertos y gracias al señor, para lanzar flores desde el mar hacia la tierra, para tomar tus manos y caminar en busca de la poesía perdida. ¨

Versos magníficos aparecen siempre: ¨ Aquella tarde el sol giró violento… "Por castigo de estrella me hice polvo…" O ese otro que nos dice que "En un tiempo lejano tal vez yo fui una estrella".

El poema titulado La loba loca herida es, posiblemente, donde más se retrata la personalidad de la autora: fiel, sobre todo a sus ideas, confiable y capaz de calmar al más neurótico. Tan sólida como los cimientos de su casa. Quien la abandona siente como si le faltara el apoyo de la tierra. Es por eso que este poema dice así: "Le aúlla a la Luna. Es una loba loca herida. La oscuridad rodea su cuerpo lastimado, guerras de la especie. Sobreviviente incansable, nunca claudica. Siempre la muerte es preferida."

Para esta valiente mujer que vive sola con sus hijos y tiene de amigos a los que necesitan más amparo, aconseja a esos amigos así: "Cuando sientas que todo está perdido, cuando veas tu vida pasar, cuando el camino te sea muy largo, piensa en el mar. Sólo en el mar." Aquellos que la pierden, nunca más encontrarán una como ella.

Estamos pues ante una mujer cuyo adversario más tenaz es aquel que no se sabe abrirse a los caminos del Bien, después de haber combatido los del Mal, ese que ha perdido la oportunidad de visitar su casa y llamar amiga a esta mujer diferente y capaz de decir en estos tiempos de odio y dictadura: "Posiblemente esta lluvia no pueda. Pero vendrán otras. Lloverá sal y torrentes de agua viva..."

Por si fuera poco, Beatriz le canta a ese lúgubre y claro resplandor de los amores que viven entre rejas, a la mujer del preso, al preso político cubano que sufre injustamente el encierro ordenado por su amo. La poesía de Beatriz brilla por sí misma como llamaradas de explosión y de luz en un país que necesita de tanta luz -es por eso que ella lo defiende y ama-. La poesía de Beatriz partió como fulgores desde sus manos, las mismas que tienen mucho más qué decir, para alumbrarnos.

 


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