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SOCIEDAD
Cóctel habanero: el guagüero
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Es
domingo en la tarde, son las seis y los excursionistas
se apresuran en regresar a la ciudad. Marcamos
al final de una larga cola, despreocupados, felices
después de pasar un domingo de excursión
en el Parque Lenin, de bañarnos en la piscina,
de respirar aire fresco. No nos apresuramos, se
cansaron de repetir por la televisión que
el transporte está asegurado, y efectivamente
varias guaguas esperan frente a la parada.
Nos llama la atención el grupo de choferes,
conductores e inspectores sentados sobre unas
piedras a un costado de donde se encuentran estacionadas
las guaguas. Fuman, conversan, jaranean. Al fin
un hombre con cara de gente responsable exige
una explicación. Los choferes lo ignoran,
ni siquiera le miran.
El hombre se molesta, pide una aclaración
por la demora. Uno de los inspectores se acerca
al hombre, y sonriente le dice que el problema
es que la persona que tiene que autorizar la salida
de las guaguas no ha llegado. El hombre se indigna,
dice ser militante del Partido, retirado de las
FAR. "Ustedes no saben quién soy yo",
amenaza. Los choferes no le prestan la menor atención.
"Ustedes son un atajo de irresponsables.
Miren a toda esta gente que espera para regresar
a sus casas. ¿Dónde está
el responsable?"
Es ahora el inspector quien se molesta, y echa
mano a la acostumbrada frase: "Mire a ver
lo que usted dice, compañero, no fomente
el caos, no cree problemas". Esta frase,
dicha de cierta forma, encierra una velada amenaza.
El tipo se rinde y regresa hosco a la cola.
El tiempo pasa. Uno de los choferes, no sé
por qué, repara en mí y se acerca.
Es un trigueño bajito, joven, de unos 25
a 30 años de edad. Lleva la camisa blanca
del uniforme por fuera, el cuello parado sujeto
con unas presillas y reforzado con una tela azul.
"No hay por qué coger lucha",
dice. "Berreándose no se resuelven
las cosas. El jefe debe de haberse empatado con
alguna jevita y a esta hora debe de estar durmiendo
la mona muy bien acompañado. Y nosotros
aquí, de bestias, locos por ir para la
casa".
"Pero eso es absurdo, compadre. Ese tipo
los tiene a ustedes embarcados. ¿Y si no
aparece?" Alza los hombros.
"¿Por qué no lo plantean en
el paradero?"
Me mira con asombro. "Yo soy un hombre,
asere. Hoy nos tocó perder a nosotros,
a lo mejor mañana necesito perderme unas
horas o faltar, y le toca corresponder a él".
"Pero, ¿qué dinero te puedes
buscar tú con una guagua de Ómnibus
Metropolitanos?" Sonríe: "¿Para
dónde quieres que te lleve? Te pongo la
guagua para ti solito. Dime, ¿para dónde?"
"Yo voy lejos", le digo.
"Si me enseñas el melón (dinero)
te dejo en la puerta de tu casa. Dame una cifra,
dime cuánto me ofreces, y la guagua es
toda tuya".
"Pero ¿tú no dices que hay
control, que si te cogen la chapa, que si el número".
Me mira como a un extraterrestre acabado de llegar.
"Aquí todos estamos en la lucha, hermano,
eso todos lo entienden. Si es para buscarme el
melón, todos son ciegos".
Le digo que no tengo dinero para eso, y termino
escuchando sus avatares y aventuras de chofer
de la ruta 298, sus inventos para buscarse unos
pesos. Me da su teléfono. "Si necesitas
una guagua un día me llamas. Si te hace
falta petróleo a ti o a algún socio
de confianza, igual".
Anochece. Al fin, aparece el famoso jefe, fresco
como una lechuga, perfumado. La gente aplaude.
El tipo saluda como un presidente. Sale la primera
guagua.
Asombra la pasividad de la gente. ¿En
qué animales mansos nos hemos convertido?
Se me hace difícil creerle al hombre lo
de la guagua. ¿Cómo va a alquilar
un ómnibus así como así?
Pero en esta isla de paradojas, todo es posible.
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