PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 30, 2006
 

SOCIEDAD
Rampa arriba Rampa abajo

Aimée Cabrera

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Caminar por la calle 23, a la altura de La Rampa, en el Vedado, es casi un ritual donde se observa a los ciudadanos corriendo para tomar un ómnibus, o para llegar a la bodega antes de que la cierren. La calle, que se extiende hasta el Malecón, está desprovista de árboles. Entonces hay que de abrir el paraguas para cubrirse de los rayos del sol que lanza sus flechas incendiarias sobre las cabezas de los transeúntes desde el amanecer.

En las aceras de La Rampa destacan todavía las obras de famosos artistas plásticos cubanos, detalle en el que muy pocos se fijan.

Si antes del período especial los autobuses llegaban a las paradas de La Rampa casi vacíos, a las 9 de la mañana, hoy día, en las paradas del Coppelia o en la del Ministerio del Azúcar, el tumulto es portentoso. Las rutas de guaguas quedan vacías y se llenan al instante. Todos se quejan de que pasan ómnibus para los viajes interprovinciales y distintos transportes para garantizar otros servicios. Sin embargo, la querida guagua no llega.

Con esos ruidos quién duerme. Si las personas van desde La Rampa hacia algún punto en los municipios Plaza, Centro Habana, Cerro o Habana Vieja, se usa el V doble, y por lo menos se hace el viaje con algo de fresco, sin mirar, por supuesto, lo fea que está La Rampa en muchos de sus tramos. Esto es preferible a tener que coger una guagua alfombrada, con ventanas clausuradas (que no debe ser abordada por claustrofóbicos) para hacer el itinerario tipo sauna que acaba con el perfume, el efecto del desodorante y el maquillaje de las coquetas.

Coppelia dejó de ser la Catedral del Helado. Ahora se hacen dos colas: una para tomar helado Varadero, y otra para el Coppelia, que no tiene apenas crema, y del cual se ofertan dos o tres sabores, a mucho tirar.

El cine Yara abre por tandas, el hotel Habana Libre es sólo para extranjeros. El cubano entra al hotel sólo para ver algo de interés en las tiendas. El restaurante Polinesio tiene cerrada su entrada de 23, y hay que olvidarse de salas de teatro o exposiciones.

Siguiendo por esta senda se llega a la pequeña feria artesanal que nunca ha podido competir con la de la catedral habanera. En ella se venden principalmente calzado femenino y bisutería.

El edificio Alaska fue demolido y se acabó el torrente de aguas albañales que corría hasta la calle. Allí se levanta un parque cercado al que nadie tiene acceso. El Pabellón Cuba se utiliza para celebrar actividades de organismos estatales, que no satisfacen el gusto de la población. En la reciente bienal de Artes Visuales, la instalación lució desteñida con sus grandes colgantes de ropas recicladas. Atrás quedaron los tiempos del Salón de Mayo.

La antigua Casa de la Cultura Checa se convirtió en Centro Internacional de Prensa. Allí se venden refrescos y cervezas enlatados, perfumes y artículos electrodomésticos.

Clubes como el Tikoa, La Zorra y el Cuervo y otros bares- restaurantes tienen ofertas en dólares y en determinados horarios. El cine la Rampa perdió su entrada que lo comunicaba con la cafetería Wakamba, y sólo se ofrecen tandas en dos horarios.

Lo que fue la tienda Delta es una cafetería Rumbos, cerrada, con aire acondicionado, y sólo para los que posean moneda convertible. El restaurante Moscú sigue cerrado, y por allí pululan mendigos e "ilegales" de otras provincias, buscando un hueco donde pernoctar.

Los tiempos cambian, en la capital de Cuba suceden cosas inexplicables, como si la vida retrocediera a cada instante; como comprar un pasaje sin regreso a la comunidad primitiva. Si hace seis décadas los lugares de concurrencia de los habaneros eran el Paseo del Prado, el Parque Central, la Esquina del Pecado, los sitios de entretenimiento han cambiado según el gusto o la necesidad de los residentes capitalinos. Del Paseo del Prado se pasó a la Rampa, y de ahí al Casco Histórico en la parte vieja de la ciudad, área colmada de turistas extranjeros que toman fotos, regalan baratijas, gastan dólares y aceptan la compañía de jineteros y jineteras que ahora se llaman buscavidas.

La Rampa está ahí, perezosa, triste, esperando que alguien la vuelva a reanimar y la saque de su ostracismo.


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