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SOCIEDAD
Rampa arriba Rampa abajo
Aimée Cabrera
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Caminar
por la calle 23, a la altura de La Rampa, en el
Vedado, es casi un ritual donde se observa a los
ciudadanos corriendo para tomar un ómnibus,
o para llegar a la bodega antes de que la cierren.
La calle, que se extiende hasta el Malecón,
está desprovista de árboles. Entonces
hay que de abrir el paraguas para cubrirse de
los rayos del sol que lanza sus flechas incendiarias
sobre las cabezas de los transeúntes desde
el amanecer.
En las aceras de La Rampa destacan todavía
las obras de famosos artistas plásticos
cubanos, detalle en el que muy pocos se fijan.
Si antes del período especial los autobuses
llegaban a las paradas de La Rampa casi vacíos,
a las 9 de la mañana, hoy día, en
las paradas del Coppelia o en la del Ministerio
del Azúcar, el tumulto es portentoso. Las
rutas de guaguas quedan vacías y se llenan
al instante. Todos se quejan de que pasan ómnibus
para los viajes interprovinciales y distintos
transportes para garantizar otros servicios. Sin
embargo, la querida guagua no llega.
Con esos ruidos quién duerme. Si las personas
van desde La Rampa hacia algún punto en
los municipios Plaza, Centro Habana, Cerro o Habana
Vieja, se usa el V doble, y por lo menos se hace
el viaje con algo de fresco, sin mirar, por supuesto,
lo fea que está La Rampa en muchos de sus
tramos. Esto es preferible a tener que coger una
guagua alfombrada, con ventanas clausuradas (que
no debe ser abordada por claustrofóbicos)
para hacer el itinerario tipo sauna que acaba
con el perfume, el efecto del desodorante y el
maquillaje de las coquetas.
Coppelia dejó de ser la Catedral del Helado.
Ahora se hacen dos colas: una para tomar helado
Varadero, y otra para el Coppelia, que no tiene
apenas crema, y del cual se ofertan dos o tres
sabores, a mucho tirar.
El cine Yara abre por tandas, el hotel Habana
Libre es sólo para extranjeros. El cubano
entra al hotel sólo para ver algo de interés
en las tiendas. El restaurante Polinesio tiene
cerrada su entrada de 23, y hay que olvidarse
de salas de teatro o exposiciones.
Siguiendo por esta senda se llega a la pequeña
feria artesanal que nunca ha podido competir con
la de la catedral habanera. En ella se venden
principalmente calzado femenino y bisutería.
El edificio Alaska fue demolido y se acabó
el torrente de aguas albañales que corría
hasta la calle. Allí se levanta un parque
cercado al que nadie tiene acceso. El Pabellón
Cuba se utiliza para celebrar actividades de organismos
estatales, que no satisfacen el gusto de la población.
En la reciente bienal de Artes Visuales, la instalación
lució desteñida con sus grandes
colgantes de ropas recicladas. Atrás quedaron
los tiempos del Salón de Mayo.
La antigua Casa de la Cultura Checa se convirtió
en Centro Internacional de Prensa. Allí
se venden refrescos y cervezas enlatados, perfumes
y artículos electrodomésticos.
Clubes como el Tikoa, La Zorra y el Cuervo y
otros bares- restaurantes tienen ofertas en dólares
y en determinados horarios. El cine la Rampa perdió
su entrada que lo comunicaba con la cafetería
Wakamba, y sólo se ofrecen tandas en dos
horarios.
Lo que fue la tienda Delta es una cafetería
Rumbos, cerrada, con aire acondicionado, y sólo
para los que posean moneda convertible. El restaurante
Moscú sigue cerrado, y por allí
pululan mendigos e "ilegales" de otras
provincias, buscando un hueco donde pernoctar.
Los tiempos cambian, en la capital de Cuba suceden
cosas inexplicables, como si la vida retrocediera
a cada instante; como comprar un pasaje sin regreso
a la comunidad primitiva. Si hace seis décadas
los lugares de concurrencia de los habaneros eran
el Paseo del Prado, el Parque Central, la Esquina
del Pecado, los sitios de entretenimiento han
cambiado según el gusto o la necesidad
de los residentes capitalinos. Del Paseo del Prado
se pasó a la Rampa, y de ahí al
Casco Histórico en la parte vieja de la
ciudad, área colmada de turistas extranjeros
que toman fotos, regalan baratijas, gastan dólares
y aceptan la compañía de jineteros
y jineteras que ahora se llaman buscavidas.
La Rampa está ahí, perezosa, triste,
esperando que alguien la vuelva a reanimar y la
saque de su ostracismo.
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