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SOCIEDAD
Cóctel habanero: El luchador
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Es
un luchador. Eso dicen todos los que le conocen.
Así piensa él de sí mismo.
En su vida de 40 años ha hecho de todo,
pero su giro de verdad, donde es reconocido y
estimado por sus amigos y familiares son los almacenes.
Con sólo dar un vistazo a uno de ellos
sabe cómo van las cosas, si el trabajo
promete o no. Tiene un don natural para la contabilidad
y para la organización de los recursos
materiales y humanos. Es un excelente administrador.
Nació para los negocios, para hacer dinero.
"Nació en el país equivocado",
agrega él.
Freddy, como todos le conocen, escoge los trabajos
según el grado de control y organización
que encuentre en ellos. Mientras más desorden
y menos control, mejor. En cuestión de
días lo pone todo en regla. El antes irrentable
establecimiento se transforma en eficiente, y
en poco tiempo genera ganancias. Es un maestro
en esas cosas.
Su toque magistral está en lograr que
el almacén, fábrica o establecimiento,
genere ganancias para la empresa estatal a que
pertenece, pero sobre todo que genere ganancias
para él y su equipo.
¿Cómo lo logra? Bueno, ya dijimos
que era un maestro en esas cosas. No hay fórmula
secreta, su éxito se basa en la incapacidad
de los administrativos de la empresa, en el descontrol,
en la ignorancia de los cuadros técnicos.
Pongamos un ejemplo. El llega a una panadería
donde el robo es cosa común y corriente.
Allí roba todo el mundo, los jefes necesitan
a un tipo capaz que les organice la producción,
que les permita mayores ganancias lícitas.
Le contratan como jefe de producción. El
pone precio a sus servicios. Elevado, por supuesto.
Por la izquierda, ya saben. Inmediatamente detecta
que el método usado por los jefes-ladrones
es burdo. Espera una semana y paraliza la producción.
Detiene la fábrica y denuncia el método
utilizado para robar. Los administrativos se alteran,
cunde el pánico. Entonces él exige
una parte de las ganancias, la mayor parte, por
supuesto, y les promete que si le dan el mando
triplicará los ingresos y organizará
todo de tal forma que nadie podrá detectar
lo que ocurre. A las pocas semanas todo cambia,
la panadería termina convirtiéndose
en el mejor establecimiento del municipio, sobrecumple
todas las metas, gana gallardetes de centro destacado.
Freddy dice que es bien fácil, sólo
hay que conocer bien el oficio, dominar bien la
técnica. Pronto la fábrica estatal
pasa, de hecho, a ser propiedad de un equipo eficiente
de capitalistas, que adquiere materia prima por
la izquierda, aumenta cada vez más la producción,
establece sus propios circuitos de distribución,
adquiere equipos más modernos, medios transporte
propios. Muchas veces esos medios de transporte
son equipos que pertenecen a la empresa, pero
que han sido dados de baja técnica, y ellos
consiguen volverlos a poner en funcionamiento.
Mediante soborno involucran a dirigentes de la
empresa y poco a poco se van extendiendo a otros
establecimientos. El lema de Freddy y compañía
es "A Fidel lo de Fidel, y a Freddy lo que
es de Freddy".
Viven bien. Freddy vive bien, dentro de lo posible
en un país como éste. Son maestros
del mimetismo. Nunca faltan a una asamblea ni
a una marcha ni a una tribuna a las que son convocados.
Son cuidadosos en lo que dicen. En su cuadra,
Freddy es un tipo ejemplar, nunca falta a una
guardia del CDR. Es el que más comida aporta
para las fiestas del Comité, muchas veces
la bebida va por él. Es un tipo chévere.
Su auto, su Chevrolet del 58, en excelente estado,
siempre se encuentra a disposición de los
vecinos para cualquier emergencia.
Eso sí, evita por todos los medios que
la gente entre en su casa. "Por las miradas
indiscretas, aquí uno no sabe quién
es quién". Cuando le pregunto si es
comunista, me dice: "¡Deje eso, compadre!
Ni muerto. Lo mío son los negocios. Bisnes
son bisnes". Dice que no se ha ido del país
porque no ha podido. Lo ha intentado, pero le
ha resultado mal. Está seguro de que en
los Estados Unidos se hace rico en poco tiempo,
que es cosa de llegar allá y ponerse a
trabajar. "Yo nací en el país
equivocado", se queja. Le respondo: "Los
equivocados somos nosotros, éste es el
país correcto". Me mira y no entiende.
Pregunta: "¿Tú eres ñángara?"
"Primero muerto", le digo. "Pero
tú, yo, nosotros, la gran mayoría
de nosotros tenemos la culpa de que las cosas
estén como están. La solución
no está en irnos, compadre. El asunto no
está en fingir, la cuestión es que
cambiemos, enderecemos las cosas. Que se vayan
ellos, los que han jodido el país. Este
es el lugar equivocado para ellos".
Ríe. Le pregunto por qué. Dice:
"Me vi por un instante al lado tuyo, junto
a muchos otros con un gran cartel, frente a la
Plaza de la Revolución, un cartel que decía
QUE SE VAYAN".
Queda pensativo unos instantes. "Enderezar
las cosas, gritarles a ellos lo mismo que ellos
le gritan a ustedes. ¡Que se vayan!"
Hace una pausa. "Pero eso no es lo mío,
a mí no me gusta la política. Que
va, compadre, yo no quiero problemas. Lo mío
son los negocios. Al final te metes en política,
terminas jodío y todo sigue igual. Cada
cual a lo suyo, lo mío es hacer plata".
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