|
SOCIEDAD
Columnas de humo
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Cambiar
la realidad es tan difícil como cambiar
la historia. Pero distorsionar los hechos y manipular
la vida de las personas es algo ya probado por
los personajes que envejecen en el poder mediante
el control de las instituciones políticas
y militares.
Tales mandatarios se hacen expertos en campañas
truculentas e insisten en la creación de
supuestos enemigos internos, siempre al servicio
de una potencia vecina que ha de cargar la cuenta
de sus errores y horrores. En el caso de Cuba,
la castradura tiene nombre y apellidos, y ha llevado
a nuestro pueblo al absurdo y a la simulación
como medios de sobrevivencia, lo cual nos recuerda
al Santísimo Tribunal de la Inquisición,
restituido por Torquemada en la muy católica
España del siglo XV. No en vano nuestro
egregio gobernante es hijo de un soldado español
que vino a luchar contra los independentistas
en la guerra de 1895.
Parece que el absurdo se ha adueñado de
la vida insular. Es una constante de los actos
cotidianos de muchas personas que deambulan por
las calles entre la apatía y la cautela.
El sentido repetitivo y la indiferencia se extienden
al hogar, las escuelas y a los centros laborales,
donde asume máscaras que encubren el desinterés
y disfrazan el juego de cada día: la gente
simula trabajar y la administración tolera
la pérdida de tiempo. Las causas son obvias:
las entidades carecen de recursos para producir
y los trabajadores adolecen de incentivo para
crear valores que, por demás, le aportan
muy poco.
La paradoja ha calado hondo en varias generaciones.
Una cosa son las intenciones y otra muy diferente
los resultados. El choteo popular alterna con
las consignas oficiales en un juego criollísimo
de convivencia que parece paliar el deterioro
de los símbolos y la ausencia de mercancías
por la supuesta disposición "ante
las tareas orientadas". Se ha creado un ambiente
de realidad virtual, pero es palpable la involución
en todas las esferas.
Se habla de patriotismo en medio de la apatía,
la indiferencia y la simulación. Los intereses
creados obligan a la nomenclatura a lanzar columnas
de humo que enmascaran sus verdaderos propósitos.
Se persigue el desvío de recursos y la
corrupción como si tales prácticas
no fueran habituales y necesarias para maniatar
a los funcionarios y sujetarlos al carro del poder.
Al régimen sólo le interesa su propia
existencia, pero aprovecha a los incautos para
enfrentar a unos contra otros manteniéndolos
a todos en una tensión continua.
Tal procedimiento es una vieja táctica
que sirve de pararrayos y da cobertura para desviar
la atención de asuntos de mayor altura.
El envejecido gobernante se pone ahora la capucha
de incorruptible, y lazan a un pequeño
ejército de jóvenes apaga fuegos
a despachar y controlar la gasolina, repartir
ollas arroceras y visitar los hogares empobrecidos
para detectar las necesidades y renovar las esperanzas
tiradas en el largo camino del socialismo.
Son nuevas columnas de humo para desviar la creciente
mendicidad, el aumento y la represión de
los opositores pacíficos, las condenas
internacionales por la violación constante
de los derechos humanos, y otros problemas que
se ocultan a la mayoría, como si la gente
no se percatara de las grietas del muro que los
separa del resto del mundo.
No nos sorprenden los tradicionales discursos
incendiarios del líder, ni los supuestos
héroes convertidos en noticia de cada día.
Da pena la difusión desmedida del quehacer
humanitario de los médicos enviados a recaudar
divisas en otros países, y la manipulación
de los jóvenes que despachan gasolina y
mantienen a raya a los "nuevos ricos"
en beneficio de la vieja nomenclatura. Nada podrá
contener los cambios que exige una nación
diezmada por un sistema ineficaz. Las nubes de
la razón borrarán del firmamento
insular a las nubes contaminadas por el miedo
y la simulación que aún destilan
las hogueras del Gran Inquisidor contemporáneo.
|