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SOCIEDAD
Cóctel habanero: Yunier el Talibán
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - "El
día más feliz de mi vida fue cuando
nuestro querido Comandante en Jefe nos dedicó
una sonrisa desde su posición en la tribuna.
Los sonidos y fragancias de aquella mañana
de mayo permanecerán por siempre en mi
memoria".
Lo dice y le brillan los ojos con una extraña
luz. Es un muchacho de Manzanillo, provincia Granma,
en la región oriental del país.
Como muchos otros, se encuentra en La Habana cumpliendo
una importante misión del "Comandante
en Jefe". Se graduó como trabajador
social hace apenas un año, y "ya nuestro
querido Jefe nos ha encomendado una importante
tarea". Tiene 17 años.
Le digo que soy periodista, y él queda
pensativo durante un rato, y luego me confiesa
que de niño ésa era la carrera que
quería estudiar. "¿Qué
pasó?", le pregunto. Dice que se descarrió,
que las malas compañías le hicieron
tomar el mal camino. Dejó los estudios
de secundaria básica y se dedicó
a todo tipo de cosas ilegales para ganar dinero
fácil. No me cuenta cuáles fueron
esas cosas, pero su rostro refleja una gran tristeza.
"Gracias al Comandante pude salir del mal
paso. Ingresé en los cursos integrales
que creó la Juventud Comunista para los
tipos como yo. En esas aulas había de todo:
jineteras, jineteros, ladrones, chulos, vagos,
etc. Teníamos una segunda oportunidad y
la aprovechamos. Luego me hice trabajador social
y me convertí en un soldado de la Revolución.
Siento una profunda vergüenza por mi vida
anterior, y haría cualquier cosa para pagar
la gran deuda que tengo con la Revolución.
Ahora soy un 'médico del alma', como dice
Fidel".
Cuenta que un día los acuartelaron y les
dijeron que la Revolución les necesitaba
para cumplir una importante misión, que
irían a la capital. Recibieron una intensa
preparación política durante 15
días, albergados en una antigua escuela
en el campo. "Estábamos dispuestos
a cualquier sacrificio. ¿Qué significaba
nuestro pequeño esfuerzo comparado con
los sacrificios que tuvo que hacer la generación
heroica e histórica que hizo la Revolución?"
Dice que una madrugada llegó a La Habana
en compañía de varias decenas de
sus colegas y les recibió Fidel Castro
en persona. Le reglaron un reloj Orient a cada
uno, y horas después tomaron por asalto
las gasolineras del país.
Le pregunto por los trabajadores de esos centros,
y responde que estaban robándole a la Revolución.
"¿Todos?", insisto, y afirma
convencido. Sus asesores son viejos militantes
del Partido y cuadros de la UJC. Ellos comparten
la tarea de salvar el socialismo en las gasolineras.
Cuenta que sus asesores y tutores son gente de
absoluta confianza, muy trabajadora y abnegada.
Caminamos por la calle 23, rumbo al Coppelia.
Contempla admirado el hotel Habana Libre. Cuando
le digo que ese edificio se construyó antes
de la Revolución, no me cree. Cuando le
digo que el Focsa, el Hotel Nacional y todos los
edificios que se alzan en La Rampa son obra de
la República de antes del 59, primero me
corrige: "Seudo República", y
después pregunta si estoy de broma, si
yo pretendo embromarlo. Cuando además le
agrego que la Plaza de la Revolución fue
construida antes del 59, ya casi monta en cólera.
Luego ríe: "Usted es un bromista,
nagüe".
"¿Qué otra cosa, además
de cuidar las gasolineras, hacen ustedes en la
capital?, le pregunto, y la calma regresa a su
rostro. "Participamos en todos los actos
políticos para apoyar a Fidel, en las marchas,
en las tribunas, donde quiera que la Revolución
nos necesite, y en los mítines de repudio
a los gusanos, a los mercenarios al servicio del
Imperio".
Con gran orgullo cuenta que un día les
hicieron pasar un gran susto "a unas viejas
gusanas; ellas marchaban frente a una iglesia
y en unión de varias compañeras
las rodeamos y comenzamos a gritarles cosas".
Son las Damas de Blanco, le digo, hijas, esposas,
madres de prisioneros de conciencia. "Gusanas,
compay, pura escoria, a esas mujeres les pagan
para montar esas provocaciones, les paga la SINA,
ellas son mercenarias, traidoras al servicio del
Imperio".
"¿No te da vergüenza humillar,
maltratar y golpear a mujeres indefensas? ¿De
dónde sacas eso de que son actos montados
por la SINA? Esas mujeres protestan porque sus
esposos, hijos y hermanos están presos
injustamente, y reclaman su liberación".
Ahora me contempla confundido. Su expresión
pasa de la ira al desconcierto, y de ahí
de nuevo a la ira. "¿Qué gran
heroísmo?", le digo. "¿Cuándo
en Cuba se ha sido visto como acto digno de un
hombre ofender, maltratar, y mucho, pero que mucho
menos golpear a una mujer. Más allá
de consideraciones políticas, en Cuba el
hombre que hace eso es un cobarde, un basura,
un poco hombre y no merece ningún respeto".
Me mira confundido, profundamente confundido.
Dice algo sobre la Revolución, pero no
le entiendo, no escucho nada.
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