PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 29, 2006
 

SOCIEDAD
Cóctel habanero: Yunier el Talibán

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - "El día más feliz de mi vida fue cuando nuestro querido Comandante en Jefe nos dedicó una sonrisa desde su posición en la tribuna. Los sonidos y fragancias de aquella mañana de mayo permanecerán por siempre en mi memoria".

Lo dice y le brillan los ojos con una extraña luz. Es un muchacho de Manzanillo, provincia Granma, en la región oriental del país. Como muchos otros, se encuentra en La Habana cumpliendo una importante misión del "Comandante en Jefe". Se graduó como trabajador social hace apenas un año, y "ya nuestro querido Jefe nos ha encomendado una importante tarea". Tiene 17 años.

Le digo que soy periodista, y él queda pensativo durante un rato, y luego me confiesa que de niño ésa era la carrera que quería estudiar. "¿Qué pasó?", le pregunto. Dice que se descarrió, que las malas compañías le hicieron tomar el mal camino. Dejó los estudios de secundaria básica y se dedicó a todo tipo de cosas ilegales para ganar dinero fácil. No me cuenta cuáles fueron esas cosas, pero su rostro refleja una gran tristeza.

"Gracias al Comandante pude salir del mal paso. Ingresé en los cursos integrales que creó la Juventud Comunista para los tipos como yo. En esas aulas había de todo: jineteras, jineteros, ladrones, chulos, vagos, etc. Teníamos una segunda oportunidad y la aprovechamos. Luego me hice trabajador social y me convertí en un soldado de la Revolución. Siento una profunda vergüenza por mi vida anterior, y haría cualquier cosa para pagar la gran deuda que tengo con la Revolución. Ahora soy un 'médico del alma', como dice Fidel".

Cuenta que un día los acuartelaron y les dijeron que la Revolución les necesitaba para cumplir una importante misión, que irían a la capital. Recibieron una intensa preparación política durante 15 días, albergados en una antigua escuela en el campo. "Estábamos dispuestos a cualquier sacrificio. ¿Qué significaba nuestro pequeño esfuerzo comparado con los sacrificios que tuvo que hacer la generación heroica e histórica que hizo la Revolución?"

Dice que una madrugada llegó a La Habana en compañía de varias decenas de sus colegas y les recibió Fidel Castro en persona. Le reglaron un reloj Orient a cada uno, y horas después tomaron por asalto las gasolineras del país.

Le pregunto por los trabajadores de esos centros, y responde que estaban robándole a la Revolución. "¿Todos?", insisto, y afirma convencido. Sus asesores son viejos militantes del Partido y cuadros de la UJC. Ellos comparten la tarea de salvar el socialismo en las gasolineras. Cuenta que sus asesores y tutores son gente de absoluta confianza, muy trabajadora y abnegada.

Caminamos por la calle 23, rumbo al Coppelia. Contempla admirado el hotel Habana Libre. Cuando le digo que ese edificio se construyó antes de la Revolución, no me cree. Cuando le digo que el Focsa, el Hotel Nacional y todos los edificios que se alzan en La Rampa son obra de la República de antes del 59, primero me corrige: "Seudo República", y después pregunta si estoy de broma, si yo pretendo embromarlo. Cuando además le agrego que la Plaza de la Revolución fue construida antes del 59, ya casi monta en cólera. Luego ríe: "Usted es un bromista, nagüe".

"¿Qué otra cosa, además de cuidar las gasolineras, hacen ustedes en la capital?, le pregunto, y la calma regresa a su rostro. "Participamos en todos los actos políticos para apoyar a Fidel, en las marchas, en las tribunas, donde quiera que la Revolución nos necesite, y en los mítines de repudio a los gusanos, a los mercenarios al servicio del Imperio".

Con gran orgullo cuenta que un día les hicieron pasar un gran susto "a unas viejas gusanas; ellas marchaban frente a una iglesia y en unión de varias compañeras las rodeamos y comenzamos a gritarles cosas". Son las Damas de Blanco, le digo, hijas, esposas, madres de prisioneros de conciencia. "Gusanas, compay, pura escoria, a esas mujeres les pagan para montar esas provocaciones, les paga la SINA, ellas son mercenarias, traidoras al servicio del Imperio".

"¿No te da vergüenza humillar, maltratar y golpear a mujeres indefensas? ¿De dónde sacas eso de que son actos montados por la SINA? Esas mujeres protestan porque sus esposos, hijos y hermanos están presos injustamente, y reclaman su liberación".

Ahora me contempla confundido. Su expresión pasa de la ira al desconcierto, y de ahí de nuevo a la ira. "¿Qué gran heroísmo?", le digo. "¿Cuándo en Cuba se ha sido visto como acto digno de un hombre ofender, maltratar, y mucho, pero que mucho menos golpear a una mujer. Más allá de consideraciones políticas, en Cuba el hombre que hace eso es un cobarde, un basura, un poco hombre y no merece ningún respeto".

Me mira confundido, profundamente confundido. Dice algo sobre la Revolución, pero no le entiendo, no escucho nada.


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