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HISTORIA
Con las mismas de matar
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Una
historia que pudo haber sido escrita a cuatro
manos y en concierto armónico por Edgar
Allan Poe y Stephen King, está calzada
con la firma de Carmen de Carlos. Su título:
La historia oculta de las manos del Che. Su tema,
el destino corrido por las manos del condotiero
y verdugo argentino luego de su muerte.
El trabajo pone de manifiesto la incapacidad
de los mandos militares bolivianos para lidiar
con situaciones políticas complejas. También
el acento de comedia de humor negro o la impronta
carpenteriana, en un suceso histórico y
verídico en todas sus partes.
La Sra. de Carlos relata cómo el general
Alfredo Ovando llegó incluso a ordenar
que le fuera cortada la cabeza a Guevara. Pensó
mandarla metida en formol a La Habana. Era su
forma de que Fidel Castro aceptara la muerte de
su lugarteniente en la selva boliviana.
Por suerte desistió, persuadido para ello
por Félix -el Gato-Rodríguez Mendigutía,
el oficial CIA cubano, que llevó este caso
a su conclusión satisfactoria. A Rodríguez
le pareció muy macabro eso de andar por
el mundo con la cabeza de alguien metida en formol.
Pero de todos modos, se impuso el horror -cosa
lógica tratándose de quien se trataba-
la solución fue cortar sus manos y echarlas
en un pomo con formol. Del lobo un pelo.
Según relata la Sra. de Carlos, el pomo
con las manos, junto a una mascarilla mortuoria,
cayó en poder de Antonio Arguedas Mendieta,
ministro de Gobierno de Bolivia. Ovando, aquejado
de una úlcera y de pésimo humor,
le dijo que "hiciera lo que le diera la gana"
con el paquete.
Arguedas, entre las cosas que hizo, envió
el diario del guerrillero al Comandante en La
Habana. Producto de este gesto, tuvo que marchar
al exilio en México, en donde vivió
de sus rentas. Aun es un misterio si "sus
rentas" fueron engrosadas de alguna forma
por alguien, a partir del gesto "generoso"
antes apuntado.
El ministro antes lo había enterrado todo
en su casa, en un hueco en su dormitorio. Todo
parece indicar que el hoyo se encontraba bajo
su cama. Se ignora cuánto tiempo durmió
sobre sus trofeos.
Es a partir de este instante que el relato de
la Sra. de Carlos alcanza sus puntos culminantes.
El comandante Ernesto Guevara recomendó
poco antes de morir que sus seguidores, o los
seguidores de sus ideas, debían convertirse
en "frías y eficientes máquinas
de matar".
Siguiendo la línea de este discurso y
siendo como fue, un extraordinario y rígido
esclavo de sus palabras, resulta fácil
inferir que antes de morir, él mismo se
convirtiera en la máquina de matar que
aconsejó. Sus manos en formol, por tanto,
serían las mismas de matar, -así
las cantó el trovador en jefe, curiosamente
también de apellido Rodríguez -
tan frías como el resto de la máquina,
aunque ya no tan eficientes.
Arguedas a través de terceros, contactó
a Víctor Zanier, quien tenía vínculos
con el Partido Comunista -PC- de Bolivia. El PC
designó a dos de sus militantes para llevar
adelante esta inquietante gira por Europa del
Este. Serían portadores de la mascarilla
y las manos de matar de Guevara.
Jorge Sattori y Juan Coronel, en aquel entonces
de 39 y 32 años, respectivamente, asumieron
la tarea. El periplo les llevó a través
de La Paz, Lima, Guayaquil, Bogotá, Caracas,
Madrid, París, Budapest y finalmente, Moscú.
Ninguna entre las aduanas de estos lugares se
percató de algo.
En Moscú contactaron con la embajada cubana.
No les trataron bien. En la embajada le dijeron
-a Coronel- que no sería bienvenido en
La Habana. Los castristas consideraban al Partido
Comunista de Bolivia traidor, por sus diferencias
y rencillas con Guevara.
Coronel se quedó anonadado, pero decidió
entregar el encargo. Pensó que el Che había
amado mucho al pueblo cubano (¿?) y además,
¿quién era él para negarse
a entregar el encargo?
Hoy, con 71 años, rememora los hechos
y quizás lamenta la oportunidad perdida
de conocer La Habana. A modo de compensación,
conoció en su tournée europea al
jet set del comunismo en aquel momento. Desde
Pasionaria, Berlinguer, Carrillo y el resto de
aquel elenco que tanto costó y aún
cuesta al mundo.
No ha vuelto a hablarse de las manos de Guevara.
Quizás estén en el mausoleo villaclareño,
en manos de algún coleccionista de objetos
macabros, en alguna nevera secreta o quizás
las enterraron. Cuando se puso en boga, allá
por los 90, el trapicheo del oro y la plata y
el gobierno lo vendía todo, escuché
decir que un coleccionista saudita se había
llevado las manos. Pero no me hagan caso, es una
historia no confirmada.
Las manos de Ernesto Guevara, las mismas de matar,
ocupan un lugar entre los mitos y la saga macabra
de los violentos. Es símbolo primado de
aquéllos que esgrimen la muerte ajena,
las banderas y las boinas negras como emblema.
¡Solavaya!
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