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SOCIEDAD
Cóctel habanero: Propaganda capitalista
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Marisela
es enfermera, trabaja en el cuerpo de guardia
de un hospital de la capital. Es una muchacha
joven, bonita, de conversación fácil
y respuesta rápida, un poco mordaz a veces.
En el trabajo todos la respetan, es una buena
profesional, cumplidora y eficiente, siempre presta
a ayudar a los demás.
Cuando comenzaron las misiones en Venezuela fue
de las primeras que estuvo dispuesta a marchar
a cumplir con Barrio Adentro. Muchas de sus amigas
han marchado ya a ese país, y ella espera,
manda carta tras carta al MINSAP (Ministerio de
Salud Pública) pidiendo que la envíen
a cualquier parte, pero no sabe por qué
no la eligen. Le dicen que no se desespere, que
ya le llegará su turno. Hay oportunidades
para todos de cumplir una "honrosa misión
internacionalista".
Marisela vive en un albergue en el Reparto Río
Verde con su madre de 70 años y su pequeña
hija de cinco. La casa en que vivían en
Centro Habana se derrumbó hace cuatro años,
y desde entonces comparten albergue con otras
200 familias. El cuarto es pequeño, una
sola habitación que es dormitorio, cocina,
comedor y sala. El baño es de uso colectivo.
Son tres casetas para todas las familias.
El ambiente es malo: 200 familias en 200 cuartos,
unos junto a otros, techo de fibrocemento y paredes
de bloques sin repellar, juntos el ingeniero y
el carterista, el vago y el constructor, el proxeneta
y el religioso, la prostituta y la estudiante
de ballet. Las condiciones higiénicas son
deplorables. Escasea el agua, se amontona la basura.
Las reyertas son frecuentes y la policía
brilla por su ausencia. Las familias honestas
viven atemorizadas y enclaustradas en sus cuartuchos,
por temor a los delincuentes. En el albergue campean
el juego ilícito, la droga, la prostitución.
Marisela es una muchacha honesta y trabajadora,
de familia decente. Su abuela fue maestra normalista.
Falleció hace dos años. Su mamá
también fue maestra, y durante muchos años
dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas
en el municipio Centro Habana. Ahora está
jubilada y recibe una magra pensión. Al
padre apenas le conoció. Murió en
Africa hace muchos años, cuando ella era
pequeña, durante el cumplimiento de una
de esas aventuras militares internacionalistas.
La familia pasa necesidades. El salario de Marisela
y el retiro de la madre apenas alcanzan para pagar
la escuálida cuota que dan por la libreta
y la luz, el agua, el gas, y para nadie es un
secreto en la isla que la famosa cuota "subvencionada"
apenas alcanza para mal comer una semana, y eso
es lo que logra hacer la familia de Marisela,
mal comer los primeros días del mes. Después,
a inventar, como todos los cubanos. La madre vende
los cigarrillos de la cuota y unos dulces de coco,
unos coquitos que en realidad llevan más
col que coco. A veces hace unos tamales de calabaza
que los vecinos casi le arrebatan de las manos
o caramelos de menta hechos con pasta dental Perla.
Todo eso cuando logra que Felo, el administrador
de la bodega, le venda por la bolsa negra un poco
de azúcar prieta.
Marisela quiere ir para Venezuela. A los trabajadores
de la salud que salen a cumplir misión
les permiten traer algunas cosas. Además,
les pagan una parte del salario en divisas. No
es mucho, pero algo es algo. Además, Marisela
tiene la esperanza de hacer méritos para
que un día le permitan construir su casa
y escapar de ese albergue infernal.
Marisela no falta a una reunión del Sindicato,
del Partido o de cualquiera de los factores del
hospital donde trabaja. No se pierde una marcha
ni una tribuna. Ella no quiere señalarse,
no quiere buscarse problemas, mucho menos ahora
que tiene la posibilidad de cumplir esa misión
Barrio Adentro y resolver algunas cosas que necesita
la familia.
Dice que es revolucionaria. Me mira con desconfianza
cuando le empiezo a cuestionar algunos de los
"grandes logros". Se pone nerviosa,
dice que la gente como ella fuera de Cuba se muere
de hambre, que allá afuera sólo
hay violencia y explotación. Es de noche,
y el ambiente en el albergue es sofocante. Cruzamos
entre charcos de agua maloliente, ríos
de aguas albañales. Cuando llegamos hasta
la puerta de su casa nos sorprende un apagón.
Me dice con una sonrisa tímida: "Periodista,
espere un rato a que venga la luz, mire que esta
zona iluminada es peligrosa, imagínese
usted apagada". Acato su sugerencia, y pasamos
a su cuarto. El calor es tremendo y los mosquitos
apenas me permiten mantener la conversación.
Dice que si sigo criticando a la Revolución
da por terminada la entrevista. Ella es amiga
de mi esposa, de cuando era enfermera en el policlínico
de Boyeros. Me lanza un sermón sobre los
males del capitalismo y sobre los peligros de
la humanidad bajo ese sistema.
En el cuarto hay pocos muebles. No hay TV. Para
ver la televisión tiene que ir a casa de
un vecino. Un viejo radio Beff soviético
con mucha estática transmite una intervención
del Máximo Líder. Le pido por favor
que cambien la emisora. Se pone seria, pero al
final me complace. Cuando me acostumbro a la penumbra
descubro en la pared un cuadro de Fidel Castro.
A su lado, el Che contempla al futuro.
Marisela es una buena persona, una excelente
enfermera. Sus compañeros de trabajo la
admiran y respetan. Es licenciada en enfermería,
especializada en cardiología. Es la más
calificada y eficaz de sus colegas. Sueña
con ir a Venezuela a la misión Barrio Adentro.
Quiere un televisor para su hija, zapatos, ropa,
un poco más de dinero para alimentarse
mejor. Necesita materiales para construir una
vivienda decente, y algunas de esas cosas hermosas
que salen por las telenovelas brasileñas
que transmite la televisión. "Pero
eso es un sueño", dice. "Esas
cosas sólo un sueño. Nada de eso
es verdad, es pura propaganda capitalista, ¿verdad?",
pregunta no muy segura.
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