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SOCIEDAD
Las rimas perdidas de Alicia
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Vuelvo
a caer en otra trampa de la memoria. Hoy que soy
amigo de tantos buenos poetas, me acuerdo de Alicia
escribiendo versos que no conservé. Casi
de madrugada, mientras sus hijos dormían
en la barbacoa y las manchas de humedad seguían
extendiéndose por el techo.
Se llamaba Elena Montes de Oca, pero todos la
llamaban Alicia. No sé si era su segundo
nombre o si simplemente se lo inventó o
se lo inventamos.
Había nacido en Unión de Reyes.
Llegó a la Habana tan cargada de sueños
que, todavía sin descubrirse, carenó
en una cuartería de La Víbora con
tres niños y sin marido, y sus libros empacados
en cajones de cartón.
Trabajaba doce horas diarias y dos domingos al
mes en una micro brigada. Sus manos se encallecieron
y sus cabellos perdieron el brillo. Algunos decían
que no se veía femenina. Luego de varios
años y de varias obras sociales adicionales
exigidas por el partido o el Poder Popular, Alicia
perdió las esperanzas de que le dieran
un apartamento. Entonces, dejó el trabajo.
Se ganaba la vida haciendo zapatos o azulejando
baños y cocinas. De algo le sirvieron sus
años en la construcción. Lo que
no podía permitir era que sus hijos pasaran
hambre, decía. Pero nunca dejó de
escribir poesía, animada por desmesuradas
dosis de rabia y ternura en raro equilibrio.
Un libro suyo de literatura infantil había
sido premiado y publicado por la editorial Gente
Nueva. Ella prefería la poesía.
Nunca le habían vuelto a publicar.
Vagaba desconsolada por peñas y talleres
literarios. La consideraban irritante, inadecuada
e inconveniente. Aspirantes a comisarios culturales
municipales que evitaban mirarle a la cara, le
hacían severos señalamientos formales
e ideológicos a su poesía.
Fui a dar a su casa una noche que soplaban vientos
de Cuaresma. Nos presentó un amigo común.
Luego del tercer vaso del peor ron de la comarca,
Alicia se empecinó en confundirme con algún
Ernesto. En el tocadiscos, sonaba Vivaldi o Serrat.
O tal vez los Bee Gees aludían, una vez
más, a las luces apagadas en Massachussets,
casi 20 años antes de que mi amiga acudiera,
con los ojos aguados, en Miami, al concierto del
Milenio.
En noches así aprendimos que más
valía ser amigos duraderos que improvisar
un amor de náufragos. En vez de reproches
y de filosofar sobre decepciones, anotó
uno de sus versos en la tercera página
de mi libro de Whitman. Desde entonces, anunció
a todos que se acordaba de mí cada vez
que escuchaba a John y Paul cantar Help.
Una tarde que llegué a su casa la visitaba
Excilia Saldaña. Hacía confesiones
rimadas y sinceras. Su estrabismo no le impedía
ser la más brillante y ufana de las mulatas
bellas.
Hablamos de libros y de escritores. De William
Blake, bajando la voz, pasamos a Heberto Padilla.
Hacía poco habíamos hallado, entre
los escombros de un demolido almacén del
Instituto del Libro en Santos Suárez, un
deteriorado ejemplar de "Fuera de Juego".
Ellas preferían la poesía hecha
por mujeres. Mejor si eran proscritas, dijo Alicia
con un guiño. Por ejemplo, Belkis Cuza
Malé, comprando muebles viejos en el museo
de la vida o navegando, junto a todos los fotogénicos
de la isla de los vasos rotos, por todos los mares
del mundo.
De pronto, apareció, rodeado de misterio
y admiración, un poema copiado a máquina
de María Elena Cruz Varela.
Cuando nos quedamos solos, Alicia me dijo que
se había unido a Criterio Alternativo.
Me habló de registros y amigos arrestados
y me confesó que a veces sentía
miedo.
Alicia fue la primera disidente que conocí.
En carne y hueso, fuera de los libros de Solshenitzin,
y en sentido bíblico además.
La Unión Soviética, que no creía
en lágrimas, erguida, eterna e inamovible,
comenzaba a ser azotada por los vientos de la
Perestroika. En Cuba, el Comandante, una vez más,
rectificaba errores y anunciaba que ahora sí
iba construir el socialismo.
Hoy, la lluvia, a cántaros y con truenos,
me ha vuelto a recordar a Alicia, no lejana en
Miami, sino escribiendo poemas en un cuarto con
goteras de un solar en la calzada de 10 de Octubre.
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