PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 25, 2006
 

SOCIEDAD
Siquiatra o carcelero

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Siempre lamenté no terminar mi conversación con el Dr. Bernabé Ordaz. Fue el único alto funcionario del gobierno de Fidel Castro que tuvo la decencia de escucharme, siquiera unos minutos. Con paciencia y respeto. Sólo que no sé si lo hizo en calidad de siquiatra o de carcelero.

En circunstancias normales, lo más probable es que nunca nos hubiéramos tropezado. Me refiero como normal a que un joven viva de acuerdo a sus opciones, aunque no coincidan con las razones y los intereses del Estado. A que un médico sea simplemente eso, y no un ex guerrillero devenido en miembro del Comité Central, además de dirigir un hospital.

No eran circunstancias normales. Yo era otro adolescente que se negaba a servir en el Servicio Militar Obligatorio. El Dr. Ordaz había transformado el "dantesco almacén de locos" que era Mazorra en un hospital siquiátrico con rasgos humanos. Sólo que una de sus salas fungía como prisión.

A la Sala de Penados Carbó Serviá, además de criminales perturbados, iban a parar desertores, disidentes, drogadictos y todo tipo de inadaptados. Los que no encajaban en la sociedad comunista no podían estar en su sano juicio.

Me encerraron en la sala de penados del Hospital Siquiátrico de Mazorra una tarde lluviosa de abril de 1975. No sé si era siquiatra un mulato gordo y bigotudo que tras llenar una planilla con mis datos y leer la hoja del Comité Militar, sonrió socarrón y me dijo: "Desertor, ¿no? Aquí te arreglamos, ya tú verás…"

Mis recuerdos de aquellos días son muy confusos. Me mantuvieron fuertemente sedado. Por las mañanas un enfermero repartía las pastillas a la fila de pacientes. Leía nombres de un papel. Tenía a su lado un cubo de agua y un jarro de aluminio. Todos tenían que beber de él. Quien se resistiera, era forzado a tragarse las píldoras, a golpes si era preciso.

La mente humana es sabia en lo que borra. Recuerdo a los pacientes atendiendo los jardines o jugando béisbol. Los veía de lejos, a través de una ventana enrejada. También los bastones de los "enfermeros" y de los guardias.

También recuerdo los gritos de los que recibían electroshock. Esta era la más temida entre todas las amenazas.

El requisito para salir de ese infierno no era la mejoría real o aparente. Los que lograban salir, lo hacían por la intervención de alguien influyente, que "resolvía" el alta o el traslado de ese antro.

Una mañana me vi sentado, como una apestosa alimaña, en el inmaculado despacho del Dr. Ordaz. Mi familia consiguió que un alto oficial del ejército en aquel entonces y amigo de Ordaz desde los tiempos de la Sierra Maestra, intercediera a regañadientes por mí.

Otros no navegaron con la misma suerte. Nicolás Guillén Landrián, aquel anónimo que sacó el cartel subversivo contra el jefe de estado en la Ciudad Deportiva, una buena cantidad de los primeros activistas por los Derechos Humanos, no tuvieron una oportunidad, como la que disfruté. Salieron luego de largas sesiones de electro-terapia, término eufemístico que usaban para no llamar al electroshock por su nombre.

Mi colega Juan González Febles me confesó que no se siente capaz de volver sobre ese tema. Pasó por allí en 1988, enviado desde Villa Marista. Fue la necesaria escala en su viaje hasta la prisión Kilo 7 en Camagüey. Lo acusaron de desorden público. Esto fue motivo para retenerle en Carbó Serviá durante una decena de días. Nadie en su sano juicio, discutía con violencia con la Seguridad del Estado. Técnicamente tenía que estar loco.

Ordaz me miró como si quisiera convertirme en piedra, luego trató de mostrarse comprensivo e inspirarme confianza. Sus manos no descansaban. Se rascaba la barba, sacó un tabaco, que no llegó a encender, del bolsillo de la guayabera. Se quitaba y se ponía los espejuelos. Cambiaba de lugar el sombrero alón que mantenía sobre la mesa. Sus dedos jugueteaban con el crucifijo (¡!) que colgaba de su cuello.

No recuerdo cuánto tiempo soportó mi chaparrón. Se suele ser impertinente a esa edad y yo lo era en demasía. Saltó de su asiento cuando le dije que yo no era un desertor, sino un objetor de conciencia, como los que se negaban a ir a Viet Nam. Entonces cerró una gaveta con violencia e interrumpió la conversación: "Mira, ¡No jodas más! -dijo- Te vas y dentro de unos días te quiero en la Unidad, sin excusas ni pretextos".

El comandante loquero lo tomó como un pacto de caballeros. No me comprometí a nada, no me trataban ni me sentía como un caballero. Por entonces, y todavía algo, para mí lo que dijera alguien del gobierno, valía tanto como la palabra de una bailarina obesa y muda.

Nunca regresé a la Unidad, fue un largo forcejeo, pero ésa es ya otra historia. Mi deuda con el Dr. Bernabé Ordaz, nunca se pudo saldar.

Su muerte ha hecho definitivamente imposible que termináramos aquella conversación de hace ya más de 30 años. Me hubiera gustado explicarle por qué no podía regresar a la unidad militar y unas cuantas cosas más. Presiento que hoy hubiera entendido.


Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba controla el acceso a Internet.
CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente
.

IMPRIMIR



PERIODISTAS EN PRISION

PRENSAS
Independiente
Internacional
Gubernamental
IDIOMAS
Inglés
Francés
Español
SOCIEDAD CIVIL
Cooperativas Agrícolas
Movimiento Sindical
Bibliotecas
DEL LECTOR
Cartas
Opinión
BUSQUEDAS
Archivos
Documentos
Enlaces
CULTURA
Artes Plásticas
El Niño del Pífano
Octavillas sobre La Habana
Fotos de Cuba
CUBANET
Semanario
Quiénes Somos
Informe Anual
Correo Eléctronico

DONACIONES

In Association with Amazon.com
Busque:


CUBANET
145 Madeira Ave, Suite 207
Coral Gables, FL 33134
(305) 774-1887

CONTACTOS
Periodistas
Editores
Webmaster