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SOCIEDAD
Los bandoleros de Cuba
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Estoy
por creer que una buena cantidad de mis compatriotas
gustan, en algún sentido, de ese espécimen
llamado bandolero que asalta caminos, roba solo
o en grupo a mano armada y secuestra en lugares
despoblados.
Hace una semana apareció en el periódico
Juventud Rebelde uno de esos buenos artículos
costumbristas que suele escribir cada domingo
mi viejo y querido amigo Ciro Bianchi Ross, titulado
El Indio Bravo. Leyendo entre líneas, sobre
todo cuando incluye referencias del historiador
camagüeyano Abel Marrero, autor del libro
Tradiciones camagüeyanas, de 1960, Bianchi
nos conduce a pensar que aquellos bandoleros de
principios del siglo XIX no eran tan mal vistos
por la población cubana.
El Indio Bravo, por ejemplo, a quien no se le
conoció el nombre verdadero, estuvo cometiendo
fechorías durante varios años, a
pesar de que por su cabeza las autoridades pagarían
la suma de 500 mil pesos, una fortuna en esa época.
Por las tierras del Camagüey, Indio Bravo
cortaba la lengua a cuanta vaca se le ponía
delante, porque su comida favorita era lengua
asada. Sus secuestros tenían como fin exigir
alimentos.
Eran los años, como advierte Bianchi Ross,
en que el lenguaje más elocuente era el
intercambio de tiros y puñaladas en plena
vía pública, mientras los esclavos
sufrían crueles castigos y el anuncio de
un ahorcamiento reunía en la plaza pública
a cientos de habitantes, para su diversión.
En 1804 dieron muerte a Indio Bravo, a quien
se le reconoció no sólo bravura
y rebeldía, sino que "noventa años
después -según el cronista- se asoció
con el enfrentamiento de los patriotas camagüeyanos
al colonialismo español", y un periódico
revolucionario, fundado en 1993, llevó
su nombre como muestra de sus ideas rebeldes,
sin importar que se tratara de un bandolero.
Recordemos al fundador del movimiento de derechos
humanos, Ricardo Bofill Pagés, quien, entre
los días 18 y 19 de marzo de 1988 fue objeto
de los peores adjetivos en las páginas
de Granma, órgano del Partido Comunista
de Cuba.
Sin derecho a la defensa, Bofill fue acusado,
a través de un extenso reportaje anónimo
titulado Anatomía de un fullero, de asaltos
a la sacristía de la iglesia de Madruga,
su pueblo natal, de estafas a campesinos, robos
a bodegueros, y por último, condenado por
conspirar a la edad de 12 años.
Fui testigo de cómo, a raíz de
esas acusaciones, y sobre todo porque comenzó
a ser conocido como "El hombre de los Derechos
Humanos", a las pocas semanas de publicarse
el reportaje ingresaron más de quinientos
simpatizantes de todo el país al Comité
Cubano Pro Derechos Humanos, que aún preside
Bofill desde el exilio; simpatizantes que contribuyeron
a la fundación del Partido Pro Derechos
Humanos de Cuba.
Ante este hecho insólito ocurrido dentro
de una sociedad reprimida, bajo un estado dictatorial,
cabe preguntarse por qué aquél "fullero"
resultó simpático a la población,
que lo buscaba ávidamente y, repito, bajo
muy difíciles condiciones.
El pasado martes, avanzada la noche, conversaban
un par de ancianos en la acera del edificio donde
vivo. Son conocidos por sus preferencias hacia
el ron y los chistes picantes. Horas antes, en
un programa de televisión, el gobernante
cubano se había defendido -algo que no
pudo hacer Bofill en 1988- de la información
de la Revista Forbes que lo sitúa como
uno de los gobernantes más ricos del mundo,
poseedor de una fortuna de 900 millones de dólares.
En el silencio de la noche presté atención
a lo que conversaban mis vecinos. Uno dijo:
- A mí me da lo mismo si Fidel es dueño
de la Isla completa o de la mitad, mientras yo
pueda beberme un traguito de ron.
El otro le rectificó:
- No dicen que es dueño de la Isla, sino
de millones, compadre
Entre risas, el primero ripostó
- Da lo mismo, compadre, ya la Isla no vale tanto
como los milloncitos que le achacan.
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