PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 23, 2006
 

CULTURA
¿Donde están las esculturas de Sierra?

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - A consecuencia de la mojigatería que padeció la revolución cubana desde 1959 hasta bien entrada la década de los años noventa, nunca se conoció el destino de aquella extraordinaria colección de miniaturas de figuras humanas, esculpidas en maderas preciosas, perteneciente a Sierra, famoso escultor habanero, muy recordado por quienes pasamos de los sesenta años y tuvimos la suerte de haberlo conocido y visitar su casa, donde exhibía sus obras, de fuerte carácter erótico.

A finales de los años cincuenta visité la casona de Sierra en compañía del poeta Francisco Riverón Hernández y el periodista de la revista Bohemia Bernardo Viera. Era el cumpleaños del escultor. Nada extraordinario ocurrió en la fiesta, a la que acudieron decenas de sus amigos, que no fuera la presencia de tres o cuatro damas que le servían de modelos para su trabajo, vestidas para la ocasión como Dios las había traído al mundo.

Personas que jamás asistieron a las fiestas de Sierra, repiten que eran verdaderas bacanales donde irrumpía la policía con frecuencia. Eso es falso por completo. Sierra era respetado como artista, tanto como lo fue el resto de los escultores de la época.

Durante los años que lo visité, Sierra resultó ser una de las personas más refinadas y agradables que he conocido en mi vida. Tanto él como su compañera de siempre eran ya octogenarios. No tenían hijos, según recuerdo, razón por lo cual nadie se preocupó por tener a buen recaudo su obra escultórica, de la cual, en casi medio siglo, no se han tenido noticias.

En la planta alta de su vivienda, en un salón rodeado de ventanas, a todo lo ancho y largo del inmueble, Sierra exponía sobre pedestales cada una de las esculturas que representaban las más variadas posiciones de una pareja durante el coito: las tradicionales y las imaginadas por él, verdaderas obras de arte que sorprendían por su lirismo y belleza, donde el acto sexual correspondía a lo más puro y natural de la especie humana.

Las obras de Sierra no tenían más de doce pulgadas de alto y de ancho, y sólo en algunas esculturas podían verse ciertas escenas muy atrevidas, donde participaba más de una pareja.

Aquél salón no era visitado por todos los que visitaban su casa. Lo tenía reservado para sus amigos íntimos, casi todos artistas y periodistas de pensamiento liberal, para que no se confundieran erotismo y pornografía.

Sierra fue, sin duda, el Rodin cubano, desaparecido como por arte de magia con la llegada de los guerrilleros a La Habana en 1959.

Ni siquiera después que se ha conocido ampliamente la obra erótica del pintor Servando Cabrera Moreno, sacada de los almacenes del Ministerio de Cultura a comienzos de 1990, hemos vuelvo a admirar la obra escultórica de Sierra, porque lamentablemente se ha esfumado del ámbito nacional.

 


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