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DISIDENCIA
Cuando
un amigo se va
Rafael Ferro Salas, Abdala Press
PINAR DEL RIO, Cuba - Mayo (www.cubanet.org)
- Recibí la llamada telefónica con
alegría. Desde California me llamaba René
Cruz. Ha sido para mí más que un
padre en la distancia, estaba ahí el motivo
de mi júbilo al escuchar su voz al otro
lado de la línea.
Pero cuando me dio la mala noticia, mi regocijo
se desvaneció. René me anunciaba
que el negro Peñalver había muerto.
En momentos como ése, uno se va dando cuenta
de lo breve que pasa la vida.
El negro Peñalver tuvo una existencia
entregada en plenitud a la causa por la libertad
de Cuba. Sufrió penas de cárcel
bajo el régimen castrista y después
marchó al exilio obligado. Desde allá
siguió haciendo patria. Cuba le dolía
en el centro de su pecho de viejo luchador.
René me dio la noticia y no me quedó
más remedio que entristecer en la soledad
del exilio interior que también estamos
sufriendo los cubanos que estamos del lado de
acá del mar. Peñalver se nos ha
ido definitivamente, pero queda entre nosotros
como ejemplo a seguir.
Me hubiera gustado acompañar a los hermanos
que en Miami le dieron el último adiós.
Poder llorar en el hombro de René, sacarme
todo el llanto conversando con Tobías o
con Ignacio Castro; pero el dolor en la distancia
se multiplica cuando faltan los amigos. La muerte
se ensaña en los que sueñan y muerde
con más dolor.
Terminé de hablar con mi padre René
y no me quedó apenas tiempo para escribir
todo lo que hubiera querido. Entre el dolor y
la impotencia, las palabras casi no salen. Peñalver
es como una voz que en la cresta de la ola mantiene
su renuevo constante, igual que las mareas de
este Caribe nuestro. No puede morir verdaderamente,
no estamos preparados todavía para permitírselo.
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