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SOCIEDAD
Querida Habana
Aimée Cabrera
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - La
Habana parece una diva apuntalada y precosida
a golpe de tratamientos no siempre estéticos:
un palo por aquí, un montón de arena
por allá, están pintando una fachada,
qué será de los vecinos del edificio
a punto de ser demolido.
Esto sucede en cualquier calle capitalina. No
obstante, la ciudad cada día va perdiendo
su arquitectura, su gente. Ser habanero o descendiente
de habaneros es sólo comparable a ser piezas
de museo, o animales en extinción.
"El habanero se murió o se fue del
país", dice un señor que confiesa
haber nacido en otra provincia.
El habanero de ahora poco se parece al de hace
59 años. Se han cambiado medias y tacones,
trajes y corbatas por bermudas, minifaldas y chancletas;
el glamour se fue a Florida, hay que sobrevivir
en medio del choteo que mantiene la mente positiva,
porque la esperanza es lo último que se
pierde.
La frase "Meter La Habana en Guanabacoa"
para explicar que es mucho lo que se quiere meter
en poco espacio puede cambiarse en estos tiempos
por "Cuba en la Habana", o como dicen
los Van Van: "La Habana no aguanta más".
Por eso, la capital sufre aún más
su deterioro, provocado por quienes se esmeran
en reconstruirla, sin lograrlo.
Las calles habaneras parecen vertederos gigantes
de desperdicios, sus latones no alcanzan para
depositar tanta basura. Estas cuestiones son criticadas
por los que residen en otras provincias donde
sobra el espacio para sus pobladores.
Pero La Habana es muy buena gente, y nunca dice
no a los "ilegales" de otras provincias
que, como no tienen permiso, son deportados una
y otra vez por las autoridades.
La Habana, linda como la India del Prado, o como
la mulata que detiene el tráfico en La
Rampa, es sabia y reconoce que en su territorio
es donde único se puede alcanzar cierta
prosperidad. Los que llegan sin cama y mesa, se
las ingenian para ayudar al resto de la familia
que vive en el interior.
Otros visitantes la quieren, pero no son posesivos.
Llegan y van directo a las tiendas de ropa reciclada
o a las de "todo por un dólar",
para llenar tantos maletines como puedan y llegar
como Reyes Magos a los caseríos cercanos.
La Habana es siempre amistosa, con su Malecón,
sus balcones, rejas y columnas, su arquitectura
ecléctica, sus tiendas de las que no queda
más que el nombre, sus mendigos, orates,
borrachos y los autobuses repletos que paran cuando
pueden.
La ciudad languidece en abril, con temperaturas
de verano fuerte, sin lluvias, aguantando la tarde
con su orgullo que fue, pero manteniendo azules
y lilas que filtran el cielo anaranjado para que
no caiga la noche triste, que deja a La Habana
casi en penumbras, porque sólo se iluminan
algunos tramos de sus principales vías.
Mucho amor late en el corazón de mi Habana,
la del viajero que, desde un punto distante del
planeta quedó atrapado por su encanto,
¡Oh, La Habana! Emerge al compás
de cualquier canción de los Zafiros o de
la voz de Tito Gómez. Sus balcones y fachadas
se caen de la risa, mientras dan la bienvenida
a los turistas extranjeros y del patio, los que
tratan de sacar provecho de su estancia transitoria
o permanente en la que fuera villa de San Cristóbal.
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