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CULTURA
Los años perdidos de Ramiro Guerra
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - La
ofensiva revolucionaria, nombre con que se conocieron
aquellos años de persecución política
que incluyeron la disolución de grupos
de teatro, danza y la marginación de escritores
y artistas, lo que dejó un vacío
en el mundo cultural difícil de recuperar,
se llevó a cabo a partir de 1968.
A través de aquel plan se cerraron cabarets,
clubes nocturnos, centros de diversión;
se suspendieron los carnavales, las navidades,
se recogieron libros y se llevaron a cabo redadas
masivas contra los homosexuales.
La Ley 50l permitía al estado separar
de sus centros laborales a todo aquél que
no fuera políticamente confiable, sin alternativa
de encontrar empleo dentro de su profesión,
ya que el gobierno era y es el único patrón.
Ramiro Guerra, bailarín, coreógrafo
y autor de una copiosa obra literaria sobre la
técnica danzaría, es uno de los
ejemplos más dolorosos y lamentables de
aquella legión de artistas marginados.
Pusieron grilletes en sus pies, como si sus movimientos
corporales pudieran perjudicar al régimen
político.
Ramiro Guerra no reunía las condiciones
para ser "el hombre nuevo" del socialismo.
Lo vi muchas veces por las calles habaneras. Caminaba
mirando el asfalto, tal vez porque no quería
encontrarse con amigos, y escuchar palabras alentadoras
como "ya verás que algún día
todo se arregla". Creo que así le
dije una vez cuando me saludó.
En 1968 lo entrevisté para la revista
Bohemia. Tenía 48 años. Estaba en
su mejor momento creativo. Había alcanzado
un gran éxito con las primeras obras de
su grupo: Mulato, Mambí, El milagro de
Anaquillé, Rítmicas, Suite Yoruba,
La Rebambaramba y muchas otras.
En su obra Medea y los negreros, una realización
antillana del mito griego, donde los toques congos
se integraban a las más universalizadas
formas musicales de esa época, Ramiro se
inspiró en la plástica egipcia y
griega del periodo arcaico a través de
una viva tradición afrocubana. También
en la escuela de danza moderna iniciada con el
siglo XX por la bailarina norteamericana Isadora
Duncan.
Diez años después, todo pareció
arreglarse para él. Como desagravio, Ramiro
fue llamado a hacer acto de presencia nuevamente
en el mundo del arte. Pero, ¿qué
podía hacer un bailarín después
de diez años de inactividad? ¿Cómo
había quedado su rica imaginación
después de tan contundente golpe?
Para sus espectáculos se había
nutrido de excelentes bailarines y coreógrafos,
como Lorna Burdsall, Elena Noriega, Luis Trápaga,
Federico Estenod, Manuel Hiram y Eduardo Arocha,
casi todos fuera de Cuba. Tanto para Ramiro como
para estos creadores establecer comunicación
entre el público y la obra danzaría
era lo fundamental ya que, según Ramiro,
los elementos que le brindaba la historia cubana
eran ricos en heroísmo y belleza. "Ahora
-expresó en aquella oportunidad- no es
el momento de ocuparse sólo de lo abstracto
en la danza. Con la danza también debemos
escribir nuestra historia".
Pero, ¿quién le había dado
permiso a Ramiro para escribir la historia de
nuestro país?
En l970 terminó la coreografía
de Decálogo del Apocalipsis, ensayada durante
un año. Las autoridades del régimen
decidieron que fuera suspendida. Se quedaron repartidas
las invitaciones y el escenario listo.
Las razones de esta prohibición nadie
las supo. ¿Acaso reflejaba esta obra una
visión de la realidad cubana? ¿Sugería
en algún sentido el último combate
entre el bien y el mal? ¿Cual sería
el cordero que, según la visión
del régimen, vestía piel de león?
Entre los años 1970 y 1984 Ramiro Guerra
estuvo condenado al más cruel de los castigos:
No podía bailar ni crear coreografías.
Ni siquiera visitar el Teatro Nacional, donde
había quedado su alma entera.
El celebre coreógrafo belga Maurice Bejar,
director del Ballet del Siglo XX, admiraba el
trabajo desplegado por Ramiro."Pero está
muy atado -expresó a la prensa cubana-,
necesita mucha más libertad".
Ramiro perdió la poca libertad que tenía.
En aquellos momentos escribía una obra
titulada Cuatro estados de ánimo, basada,
según me explicó, en una neurótica
que se suicida, un loco, una pareja de incomunicados
y la muerte de Che Guevara.
Cuando visité su casa, treinta y dos años
después, me interesé por esa obra
danzaría y me dijo que no la recordaba.
La había borrado de su mente.
El Conjunto de Danza Moderna fue fundado en 1959
por el propio Ramiro cuando se inauguró
el Teatro Nacional. A partir de 1961 realiza giras
a París, Moscú, Polonia, Alemania
y otros países, donde adquiere prestigio
universal, al extremo de que destacados críticos
reconocieron que "la danza moderna cubana,
aunque con elementos de otras culturas, era esencialmente
cubana". En su búsqueda por hallar
una forma de expresión genuina, Ramiro
ya seguía una ruta segura para su escuela
de danza.
Pero lo arrastraron al ostracismo. Ni siquiera
fue incluido en el Diccionario de la Literatura
Cubana, confeccionado en 1980 por la Editorial
"Letras Cubanas", a pesar de haber publicado
Apreciación de la danza, en 1968, y Metodología
para la enseñanza de la danza moderna,
en 1969.
Años después, cuando el gobierno
cubano puso en práctica la política
de "rectificación de errores",
se publican sus obras Teatralización del
folklore y otros ensayos, en 1988, y Calibán
danzante, en 1933.
A modo de resarcir tan terrible y veja deuda
con este gran maestro del arte, es nombrado presidente
del Centro de Desarrollo de la Danza en Cuba,
director de la publicación de este organismo.
Recibió, además, varios galardones
a partir de 1989, entre ellos el título
de Doctor Honoris Causa del Instituto Superior
de Arte, como si de esta forma pudiera recuperar
sus años perdidos.
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