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SOCIEDAD
Desafíos por la vida
Richard Roselló
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Es
difícil que el peligro no aceche a quienes
se enrolan en la oscura aventura de tomar el mar
como única vía al escapismo sólo
porque no comulgan con la ideología del
gobierno de La Habana.
Me refiero a los balseros. Esos que exponen sus
vidas antes que vivir un futuro que los defrauda,
según afirman, mientras viven en medio
de la agonía y las desilusiones, y habitan
en medio de las dificultades, matizadas por las
carencias y las necesidades, bajo un deterioro
espiritual que los ha marcado durante generaciones.
El número de balseros cubanos, aunque
no conocemos las estadísticas oficiales,
posiblemente sea más de dos mil por año.
El retorno a Cuba de los detenidos en el mar parece
resolver solamente la mitad del gran problema.
No son pocos los compulsados por un evidente estado
de desesperación o en cierta medida por
la demora de sus trámites migratorios que
repiten la peligrosa hazaña poniendo siempre
en riesgo sus vidas.
La dramática historia de los balseros
y la estela de muertos que continúa dejando
ese inapropiado manejo del destino de la familia
cubana ofrecen muchos pormenores.
Algunos se animan a dar algunos detalles sobre
las trágicas experiencias que marcan los
amargos días padecidos durante su trayectoria.
Y ello va desde las vejaciones a que son sometidos
en Cuba, fuera de las aguas de su territorio o
en otras naciones donde finalmente arriban en
busca de la libertad.
Noel F. Estévez, ex preso político,
recuerda el entusiasmo con que 69 personas, entre
ellos ancianos y niños, salieron desde
el municipio de Batabanó por la costa sur
la isla hacia los Estados Unidos en 1993.
A los dos días de navegación, recuerda,
fueron sorprendidos por los guardacostas cubanos
con otras embarcaciones de apoyo que los interceptaron
con ráfagas de disparos para impedir su
huida. La embarcación en que navegaba estuvo
a punto de chocar con ellas y los abundantes disparos
casi alcanzan a varios de sus tripulantes en medio
de gritos y el miedo. Sin embargo, la prisión
que tuvo que sufrir Estévez superó
el recuerdo de un mal día que parecía
ser el último de su existencia.
Doloroso es el testimonio de 14 balseros que
a fines de noviembre de 2005 protagonizaron otra
epopeya marítima. Ninguno quisiera repetir
la hazaña sobre aquel bote casero impulsado
por un motor de auto.
Uno de los cinco tripulantes, también
del municipio de Batabanó, José
Fidel Castillo, revela que en la medianoche del
27 zarparon por la costa de Cojímar, al
este de la capital, rumbo a la Florida.
A la siguiente mañana, explica otro de
los pasajeros, Barbarito García, que el
motor se fundió. Y los ánimos comenzaron
a decaer cuando habían recorrido unas treinta
millas, quedando a la deriva. En las próximas
horas se fueron internando en las corrientes de
las oscuras aguas del golfo. Y sorpresa: la balsa
comienza hacer agua, dice Jesús Álvarez
Medero.
Como si fuera poco, un frente frió los
sorprende casi sin abrigos. El viento helado paraliza
sus cuerpos mojados en medio de una marea de hasta
cinco metros de alto que advierte posible naufragio.
La amenaza de hundirse exacerba la desesperación
de los jóvenes.
La histeria cunde y el pánico se adueña
de ellos en el anochecer. Pierden sus alimentos,
arrojan accesorios del motor para evitar volcarse.
Con un cordón de zapatos tratan bajo el
bote de coser una ruptura del casco por donde
penetraba agua. Para colmo, su reserva de agua
potable, conservada en un tanque plástico,
sufre un accidente y pierde todo el líquido.
Continúan entre alucinaciones, el hambre,
frío, la oscuridad, gritos de ¡tiburones!,
mareos, vómitos, algunos con muestras de
querer suicidarse bajo aquélla tormenta
invernal. Mientras la balsa zozobraba avistaron
a dos millas del tercer día un crucero
en el horizonte.
Un chaleco salvavidas, de lo poco que sobrevivió,
se usó de señal de auxilio. Se animan.
No es para menos. Luego el gigantesco navío
los acompaña a cierta distancia por dos
horas, tiempo en que tardaría el guardacostas
norteamericano de poner felizmente a salvo sus
vidas para luego deportarlos a Cuba, relata Pachuco,
quien lleva cuatro intentos de salida ilegal.
Un verdadero furor desencadenó el destino
de 18 personas que salieron por playa Cajío,
al sur del país, el 28 de diciembre de
2005. Cuatro tripulantes de Batabanó viajaban
en un bote de aluminio fabricado por ellos e impulsado
por un motor de dos pistones. Los tres días
de navegación pasaron sin contratiempos,
dijo Nivio Olivera López, de 22 años,
tras su tercer intento.
Subraya Olivera que fueron a parar al Estrecho
de Yucatán, cerca de las Islas Mujeres,
donde fueron recogidos por un catamarán
que los arrimó a tierra. Pensaban que desde
México podrían llegar mejor a los
Estados Unidos. Pero se equivocaron.
De dicha isla fueron trasladados a Cancún.
Luego hacia el estado de Puebla, donde permanecieron
veinticinco días en una estación
migratoria, en un sótano sin tomar el sol.
Al sentirse engañados por un supuesto
viaje a Norteamérica, huyeron del recinto
hacia el Distrito Federal, donde fueron capturados,
llevándolos al centro migratorio del D.F.
Añade que allí permanecieron treinta
y nueve días junto a unos cuatrocientos
extranjeros, entre ellos africanos, franceses
y unos cuarenta cubanos que allí encontraron
recluidos. Inmigración les aseguró
que en 90 días se les otorgaría
un oficio de salida hacia los Estados Unidos,
cuando realmente sus compatriotas habían
sobrepasado los cien días de espera sin
respuesta.
Por tanto un verdadero furor se desencadenó
y el resquebrajamiento del orden puso alerta a
las fuerzas antimotines, que dejaron una estela
de lesionados en el lugar de los hechos.
Golpes de bastonazos y pateaduras recibieron
aquellos balseros e indocumentados que se amotinaban
para pedir libertad, paradójicamente en
un país donde creían gozar de ese
privilegio.
Al amanecer del 6 de marzo una veintena de cubanos
balseros fueron deportados a Cuba por un acuerdo
migratorio establecido con México.
Norberto Díaz Olivera, primo de Nivio,
llegó al país con un trauma severo
frontal, mientras Nivio se quejaba de las contusiones
en su brazo y cabeza. Un segundo primo, Janoi
Medero Olivera, se quejaba de dolencias en la
espalda.
No menos angustiante fue la situación
de Gerardo Gallardo Herrera, también de
dicha localidad habanera, famosa por el alto número
de balseros que allí residen.
Herrera tiene otra historia. El pasado 19 de
agosto de 2005 un grupo de 22 personas salieron
en una rústica balsa por el este de La
Habana. Luego de desafiar a la guardacostas en
la orilla, huyéndole a las bengalas y piedras
que les lanzaban, consiguieron a la media noche
adentrarse al mar. Fatales se pusieron. A pocas
millas se rompe el motor y las corrientes lo lanzan
hacia la costa.
Gallardo y su hijo, un menor de edad, fueron
uno de los cuatro capturados, dándole tiempo
al resto de escapar. Gerardo fue enviado al cuartel
interrogatorio de Villa Marista.
Allí permaneció dos días
bajo un intenso interrogatorio. "Los más
tediosos de su vida", comenta. "Sin
dormir. Apenas comer". Y un miedo abrasador.
Aún así prefiere lanzarse nuevamente
al mar antes de caer en manos de la policía
política.
Lumberto González, joven balsero del municipio
batabanoense nos mostró la cicatriz en
su brazo que le dejó el poleador del motor
al succionarlo cuando se quedó dormido
por el cansancio de largas horas navegando sin
dormir.
Sobre Rafael Felipe Reloba Hernández nos
cuenta su esposa que tuvo siete intentos de salida
del país. El joven pescador, con 12 personas
en un bote, casi se hunde a pocas millas y tuvieron
que regresar por el norte habanero. Reloba fue
capturado varias veces por los guardacostas norteamericanos
próximo a las costas de la Florida. En
otras el motor fallaba. Una vez llegó a
casa con el cuerpo quemado de la gasolina caliente.
Hasta que por fin un día logró llegar
a la Florida luego de pasar una furiosa tormenta
en el mar al paso del huracán Katrina el
24 de septiembre. Lo peor es que su cónyuge
ha sido expulsada del trabajo mientras trata de
subsistir junto a sus dos hijos en el Surgidero
de Batabanó.
Pero el drama del balsero repatriado a Cuba no
tiene para cuando acabar. El castigo, la persecución
y el hostigamiento, con la pérdida inmediata
de su empleo los marca ante la sociedad, y con
ese peso han de vivir hasta hallar una nueva solución.
Pregúntaselo a Gallardo, Camilo Martínez,
Sadiel Blanco, Bárbaro García, Fidel
Castillo, Pedro Arturo, Javier Truiz, Jesús
Álvarez. Ellos conservan pruebas de cómo
sus familiares sufren también similares
medidas en un interminable calvario.
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