PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 31, 2006
 

SOCIEDAD
Desafíos por la vida

Richard Roselló

LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Es difícil que el peligro no aceche a quienes se enrolan en la oscura aventura de tomar el mar como única vía al escapismo sólo porque no comulgan con la ideología del gobierno de La Habana.

Me refiero a los balseros. Esos que exponen sus vidas antes que vivir un futuro que los defrauda, según afirman, mientras viven en medio de la agonía y las desilusiones, y habitan en medio de las dificultades, matizadas por las carencias y las necesidades, bajo un deterioro espiritual que los ha marcado durante generaciones.

El número de balseros cubanos, aunque no conocemos las estadísticas oficiales, posiblemente sea más de dos mil por año. El retorno a Cuba de los detenidos en el mar parece resolver solamente la mitad del gran problema. No son pocos los compulsados por un evidente estado de desesperación o en cierta medida por la demora de sus trámites migratorios que repiten la peligrosa hazaña poniendo siempre en riesgo sus vidas.

La dramática historia de los balseros y la estela de muertos que continúa dejando ese inapropiado manejo del destino de la familia cubana ofrecen muchos pormenores.

Algunos se animan a dar algunos detalles sobre las trágicas experiencias que marcan los amargos días padecidos durante su trayectoria. Y ello va desde las vejaciones a que son sometidos en Cuba, fuera de las aguas de su territorio o en otras naciones donde finalmente arriban en busca de la libertad.

Noel F. Estévez, ex preso político, recuerda el entusiasmo con que 69 personas, entre ellos ancianos y niños, salieron desde el municipio de Batabanó por la costa sur la isla hacia los Estados Unidos en 1993.

A los dos días de navegación, recuerda, fueron sorprendidos por los guardacostas cubanos con otras embarcaciones de apoyo que los interceptaron con ráfagas de disparos para impedir su huida. La embarcación en que navegaba estuvo a punto de chocar con ellas y los abundantes disparos casi alcanzan a varios de sus tripulantes en medio de gritos y el miedo. Sin embargo, la prisión que tuvo que sufrir Estévez superó el recuerdo de un mal día que parecía ser el último de su existencia.

Doloroso es el testimonio de 14 balseros que a fines de noviembre de 2005 protagonizaron otra epopeya marítima. Ninguno quisiera repetir la hazaña sobre aquel bote casero impulsado por un motor de auto.

Uno de los cinco tripulantes, también del municipio de Batabanó, José Fidel Castillo, revela que en la medianoche del 27 zarparon por la costa de Cojímar, al este de la capital, rumbo a la Florida.

A la siguiente mañana, explica otro de los pasajeros, Barbarito García, que el motor se fundió. Y los ánimos comenzaron a decaer cuando habían recorrido unas treinta millas, quedando a la deriva. En las próximas horas se fueron internando en las corrientes de las oscuras aguas del golfo. Y sorpresa: la balsa comienza hacer agua, dice Jesús Álvarez Medero.

Como si fuera poco, un frente frió los sorprende casi sin abrigos. El viento helado paraliza sus cuerpos mojados en medio de una marea de hasta cinco metros de alto que advierte posible naufragio. La amenaza de hundirse exacerba la desesperación de los jóvenes.

La histeria cunde y el pánico se adueña de ellos en el anochecer. Pierden sus alimentos, arrojan accesorios del motor para evitar volcarse. Con un cordón de zapatos tratan bajo el bote de coser una ruptura del casco por donde penetraba agua. Para colmo, su reserva de agua potable, conservada en un tanque plástico, sufre un accidente y pierde todo el líquido.

Continúan entre alucinaciones, el hambre, frío, la oscuridad, gritos de ¡tiburones!, mareos, vómitos, algunos con muestras de querer suicidarse bajo aquélla tormenta invernal. Mientras la balsa zozobraba avistaron a dos millas del tercer día un crucero en el horizonte.

Un chaleco salvavidas, de lo poco que sobrevivió, se usó de señal de auxilio. Se animan. No es para menos. Luego el gigantesco navío los acompaña a cierta distancia por dos horas, tiempo en que tardaría el guardacostas norteamericano de poner felizmente a salvo sus vidas para luego deportarlos a Cuba, relata Pachuco, quien lleva cuatro intentos de salida ilegal.

Un verdadero furor desencadenó el destino de 18 personas que salieron por playa Cajío, al sur del país, el 28 de diciembre de 2005. Cuatro tripulantes de Batabanó viajaban en un bote de aluminio fabricado por ellos e impulsado por un motor de dos pistones. Los tres días de navegación pasaron sin contratiempos, dijo Nivio Olivera López, de 22 años, tras su tercer intento.

Subraya Olivera que fueron a parar al Estrecho de Yucatán, cerca de las Islas Mujeres, donde fueron recogidos por un catamarán que los arrimó a tierra. Pensaban que desde México podrían llegar mejor a los Estados Unidos. Pero se equivocaron.

De dicha isla fueron trasladados a Cancún. Luego hacia el estado de Puebla, donde permanecieron veinticinco días en una estación migratoria, en un sótano sin tomar el sol.

Al sentirse engañados por un supuesto viaje a Norteamérica, huyeron del recinto hacia el Distrito Federal, donde fueron capturados, llevándolos al centro migratorio del D.F.

Añade que allí permanecieron treinta y nueve días junto a unos cuatrocientos extranjeros, entre ellos africanos, franceses y unos cuarenta cubanos que allí encontraron recluidos. Inmigración les aseguró que en 90 días se les otorgaría un oficio de salida hacia los Estados Unidos, cuando realmente sus compatriotas habían sobrepasado los cien días de espera sin respuesta.

Por tanto un verdadero furor se desencadenó y el resquebrajamiento del orden puso alerta a las fuerzas antimotines, que dejaron una estela de lesionados en el lugar de los hechos.

Golpes de bastonazos y pateaduras recibieron aquellos balseros e indocumentados que se amotinaban para pedir libertad, paradójicamente en un país donde creían gozar de ese privilegio.

Al amanecer del 6 de marzo una veintena de cubanos balseros fueron deportados a Cuba por un acuerdo migratorio establecido con México.

Norberto Díaz Olivera, primo de Nivio, llegó al país con un trauma severo frontal, mientras Nivio se quejaba de las contusiones en su brazo y cabeza. Un segundo primo, Janoi Medero Olivera, se quejaba de dolencias en la espalda.

No menos angustiante fue la situación de Gerardo Gallardo Herrera, también de dicha localidad habanera, famosa por el alto número de balseros que allí residen.

Herrera tiene otra historia. El pasado 19 de agosto de 2005 un grupo de 22 personas salieron en una rústica balsa por el este de La Habana. Luego de desafiar a la guardacostas en la orilla, huyéndole a las bengalas y piedras que les lanzaban, consiguieron a la media noche adentrarse al mar. Fatales se pusieron. A pocas millas se rompe el motor y las corrientes lo lanzan hacia la costa.

Gallardo y su hijo, un menor de edad, fueron uno de los cuatro capturados, dándole tiempo al resto de escapar. Gerardo fue enviado al cuartel interrogatorio de Villa Marista.

Allí permaneció dos días bajo un intenso interrogatorio. "Los más tediosos de su vida", comenta. "Sin dormir. Apenas comer". Y un miedo abrasador. Aún así prefiere lanzarse nuevamente al mar antes de caer en manos de la policía política.

Lumberto González, joven balsero del municipio batabanoense nos mostró la cicatriz en su brazo que le dejó el poleador del motor al succionarlo cuando se quedó dormido por el cansancio de largas horas navegando sin dormir.

Sobre Rafael Felipe Reloba Hernández nos cuenta su esposa que tuvo siete intentos de salida del país. El joven pescador, con 12 personas en un bote, casi se hunde a pocas millas y tuvieron que regresar por el norte habanero. Reloba fue capturado varias veces por los guardacostas norteamericanos próximo a las costas de la Florida. En otras el motor fallaba. Una vez llegó a casa con el cuerpo quemado de la gasolina caliente. Hasta que por fin un día logró llegar a la Florida luego de pasar una furiosa tormenta en el mar al paso del huracán Katrina el 24 de septiembre. Lo peor es que su cónyuge ha sido expulsada del trabajo mientras trata de subsistir junto a sus dos hijos en el Surgidero de Batabanó.

Pero el drama del balsero repatriado a Cuba no tiene para cuando acabar. El castigo, la persecución y el hostigamiento, con la pérdida inmediata de su empleo los marca ante la sociedad, y con ese peso han de vivir hasta hallar una nueva solución. Pregúntaselo a Gallardo, Camilo Martínez, Sadiel Blanco, Bárbaro García, Fidel Castillo, Pedro Arturo, Javier Truiz, Jesús Álvarez. Ellos conservan pruebas de cómo sus familiares sufren también similares medidas en un interminable calvario.


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